OPINIÓN
Diario de un jubilata
28/12 · 21:31 · José Francisco Sánchez
Había un chiquito café con leche”… Así empezaban algunos chistes de aquella ‘Chistera’ guasona de cada mañana en las ondas populares. Dos cada día de lunes a sábado. Quince años y algo, o lo que es lo mismo: diez mil chistes contados -y sin repetirse- ¡De record Guinness! Érase una vez un hombre menudo, sencillo, afable y educado hasta donde quieran, que llevaba una cuádruple vida: Ejecutivo eficiente y serio; intérprete de teatro; realizador del programa de humor que tantas sonrisas nos procuraban y, desde siempre, payaso. El otro ‘yo’ era rellenito -últimamente gordo- hombre de banca, experto contable y aficionado hasta el calambrazo a los temas eléctricos. También está sobrado de afabilidad, siempre con una sonrisa en el rostro y, quizás por ello, es también payaso.
Bueno, lo de payasos habría que escribirlo con mayúsculas. Tranquilino es el nombre de batalla de Esteban que se transforma con su chaqueta, sombrero y, naturalmente, una roja nariz postiza. ‘alter ego’: Nolo, es decir Manolo, es pareja de hecho desde hace casi cuarenta años; el payaso listo que no ejerce mucho porque también le gustan las gansadas del augusto Tranquilino. Son nuestros payasos, los increíbles amigos de los niños, los que siempre han actuado por amor al arte. Porque arte tienen para dar y tomar. Y resulta que ellos se consideran pagados con la risa de un niño. A estas alturas diré que me refiero a Esteban Viaña y Manolo Román, aunque a lo mejor no era ni preciso; compañeros tantos años que ni me acuerdo, no de ellos -que desde luego sí- sino de los tacos de almanaque que han pasado, y además porque juegan con ventaja con su ropa multicolor, desternillante y desinhibida de clown, que con eso de las pinturas dejan de tener edad y si, encima, tienen ese espíritu jovial que traslucen, ya me diré.
Esteban celebró su santo el viernes y Manolo el 1, claro está, pero -cosas de la vida- ambos dos escoltan al día de los Inocentes. ¿Será esto acaso casualidad? Pienso que no. Predestinación se llama la figura. Con ellos coincidí hace unas noches en un acto. Allí estaban, juntos como siempre, cercanos, afables, cariñosos: Manolo la voz del ‘lorito amarillo’ y Esteban embargado por los recuerdos de un proyecto en el que participó de forma muy activa, cuando -un poner- por obra y gracia de los guiones de Ángel Maza era el sobrino industrialista de un sesudo y rotundo Pepe Marín. Casi nada.