El bullying que no lleva uniforme: violencia normalizada en una sociedad hipócrita

El bullying no empieza en el patio del colegio. Empieza en casa, cuando se menosprecia al vecino por su forma de vivir; cuando se ridiculiza a alguien por su cuerpo, por su orientación, por sus creencias, por su manera de expresarse o por no seguir las normas sociales impuestas...
Acoso escolar. -
Acoso escolar. -

Nos llenamos la boca condenando el bullying. Lo rechazamos en los colegios, en redes sociales, en campañas institucionales. Pero ¿qué pasa cuando el bullying no lleva uniforme ni hashtags? ¿Qué pasa cuando la violencia se disfraza de normalidad, de costumbre, de cultura?

Me resulta alarmante la facilidad con la que la sociedad se declara en contra de toda forma de violencia mientras, de puertas para adentro, la reproduce sin pudor. Porque mientras dices no a la violencia, murmuras sobre los demás a sus espaldas, enseñando que el juicio sin presencia es aceptable. Se transmite a los hijos que quien no tiene vale menos; que el éxito se mide en posesiones, no en valores. Se mira con desprecio a quien no encaja, a quien molesta, a quien simplemente es diferente. Se dice que para defenderse hay que pegar, que la violencia es una forma válida de hacerse respetar. Se permite que adolescentes tengan acceso ilimitado a redes sociales donde insultar es entretenimiento y a videojuegos donde matar es rutina, o se premia la competitividad por encima de la cooperación, la apariencia por encima de la autenticidad.

¿Eso no es bullying también?

Los gobiernos nos lanzan campañas contra el acoso escolar mientras permiten que se perpetúe la desigualdad, la exclusión y el desprecio desde sus propias políticas. Se habla de respeto, pero se legisla con indiferencia. Se promueve la empatía, pero se recorta en salud mental, en educación inclusiva, en atención social.

¿De qué sirve condenar el bullying si se tolera la violencia estructural que lo alimenta?

El bullying no empieza en el patio del colegio. Empieza en casa, cuando se menosprecia al vecino por su forma de vivir; cuando se ridiculiza a alguien por su cuerpo, por su orientación, por sus creencias, por su manera de expresarse o por no seguir las normas sociales impuestas. Empieza cuando se hace burla de quien no tiene acceso a lo mismo, cuando se ignora al que sufre, cuando se enseña que la diferencia es amenaza y no riqueza.

Y lo más grave: empieza en nosotros y nosotras. En cada uno. Porque antes de lanzar una pancarta, hay que mirar dentro de uno mismo para estar seguros —y seguras— de que no perpetuamos esa violencia sistémica y social que decimos combatir.

¿Queremos acabar con el bullying?

Entonces dejemos de practicarlo en sus formas más sutiles. Dejemos de mirar por encima del hombro. Dejemos de justificar la violencia cuando nos conviene. Dejemos de ser parte del problema mientras fingimos ser la solución.

Porque la falsedad social no solo es hipócrita. Es peligrosa. Y hasta que no la enfrentemos, el bullying seguirá siendo parte de nuestra cultura, aunque lo neguemos con pancartas y promesas.

NO AL BULLYING.