Un cuento de Nochebuena…

Ayudas. | Europa Press.

Aún era de noche y, entre la espesa niebla, el faro de la bicicleta intentaba iluminar la oscura carretera. Hasta que no se encontró muy cerca, no divisó la fachada principal del edificio. Unos tímidos adornos y un árbol de Navidad con mensajes anónimos colgados en sus ramas recordaban, a quienes accedían al vestíbulo, que eran unas fechas especiales. Con el rostro aún mojado por las gotas de bruma, aceleró la marcha a través del pasillo principal, con la verdadera intención de “entrar en calor”. Subió al ascensor y pulsó el botón de la quinta planta. Una vez allí, se vistió con el pijama reglamentario y se colgó del cuello la tarjeta identificativa. Tras una breve pausa en la máquina expendedora y con la compañía de un café espresso, se dispuso a revisar en la pantalla de la computadora todos los ingresos del día anterior.

Poco después, su compañero, que ya había completado la jornada, llegó a la sala. Con los ojos entornados por el sueño, esbozó un tímido saludo. A los pocos minutos, y tras comentar las incidencias del turno, se despidieron y el “recién estrenado” médico de guardia comenzó las visitas a los pacientes de la Unidad de Neurología. Su actividad allí solo se vio interrumpida por la necesidad de otras atenciones en la sala de Urgencias. En esos días, estar ocupado ayudaba a sentir que el tiempo pasaba mucho más rápido.

Tras la cena, en la que pudo disfrutar de una breve pero animada conversación con otros compañeros, acudió nuevamente a Urgencias. Su paciente se llamaba Elías y, aunque los síntomas habían mejorado considerablemente, fue necesario el ingreso para vigilar su evolución. Durante la exploración, en esas horas de “Nochebuena” en las que el silencio se apodera de las estancias del hospital, compartió vivencias íntimas sobre lo que había sido su vida. A sus casi noventa años, y después de una dura vida trabajando como carpintero, residía en una humilde casa de campo, lejos de la ciudad. Se encontraba muy solo, tras haber enviudado hacía ya casi un año.

Con profunda nostalgia rememoró recuerdos, y sus ojos se clavaban en las estrellas que veía desde la ventana, mientras se lamentaba profundamente. Vivir sin compañía era lo que sentía como una verdadera enfermedad… y poco a poco lo iba consumiendo. Sus hijos trabajaban lejos y, entre las cuatro paredes de su hogar, solo era capaz de romper el silencio al sintonizar su vieja “Philips Ibérica”. La voz de la radio se había convertido en su única compañera.

A las cinco de la madrugada, y tras completar todas las tareas médicas pendientes del día, se tumbó en la cama casi sin tiempo de retirar la colcha. Cansado y vencido por el sueño, recordó la tristeza de Elías y la de tantas personas que, como él, se sienten muy solas. Dos horas después sonó el despertador del teléfono; se aseó y regresó a la sala donde había comenzado la jornada el día anterior. Tras dar el relevo al nuevo compañero, se cambió de ropa y se dispuso a regresar a su casa, no sin antes despedirse de ese entrañable carpintero que había tenido la fortuna de conocer la noche anterior.

Para su sorpresa, sus hijos se encontraban allí, junto a él. Al conocer la noticia del ingreso, habían tomado el primer vuelo con la firme intención de llevarle a vivir con ellos y con sus nietos. No fue difícil percibir que los ojos de Elías ya no eran los de la noche anterior, porque rebosaban felicidad e ilusión. Y así, esa mañana de Navidad, casi como un milagro, se recuperó de la enfermedad más grave que padecía: la soledad.

Aunque hay males que precisan unas manos médicas expertas, otros sufrimientos solo necesitan algo que todos podemos regalar… nuestra compañía.