Palestina y el eco de nuestras propias heridas
Palestina no necesita compasión: necesita justicia. Necesita que el mundo deje de mirar hacia otro lado...
Lo que está ocurriendo en Palestina no es un conflicto ni una guerra convencional. Es un proceso sistemático de destrucción de un pueblo, de su identidad, de su derecho a existir. Es un genocidio. Y frente a eso, el silencio internacional se vuelve cómplice, la tibieza política se convierte en abandono y la indiferencia se transforma en una forma de violencia.
Miles de civiles palestinos han sido asesinados, desplazados, mutilados. Familias enteras han sido borradas del mapa. Hospitales, escuelas, refugios e incluso zonas designadas como “seguras” han sido bombardeadas. El acceso a agua, alimentos, electricidad y atención médica ha sido bloqueado. ¿Cómo puede justificarse esto en nombre de la seguridad? ¿Cómo puede el mundo mirar hacia otro lado?
Desde España, este horror debería resonar con una fuerza especial. Porque nosotros también conocemos el dolor de la represión, del exilio, del miedo institucionalizado. Durante la dictadura de Franco, miles de personas fueron perseguidas, encarceladas, torturadas o ejecutadas por pensar diferente, por defender la libertad, por querer un país más justo. Se prohibieron lenguas, se censuraron ideas, se asesinó, se destruyeron vidas. Y durante décadas, se impuso el silencio.
La diferencia es que Palestina lleva más de 75 años bajo ocupación, asedio y violencia estructural. Y mientras en España logramos transitar hacia una democracia (con todas sus imperfecciones), el pueblo palestino sigue atrapado en una jaula sin salida, donde cada intento de resistencia es criminalizado y cada gesto de humanidad es castigado.
Porque mirar hacia otro lado mientras se bombardea no es neutralidad: es complicidad. Cada vez que se silencia una masacre, se justifica una ocupación o se relativiza el sufrimiento de un pueblo, se está participando (aunque sea indirectamente) en su destrucción.
No se puede invocar la paz mientras se tolera el exterminio. No se puede hablar de derechos humanos mientras se permite que miles de niños mueran bajo los escombros. No se puede defender la democracia mientras se criminaliza la solidaridad con Palestina.
La historia nos ha enseñado que el silencio frente a la barbarie no salva vidas: las condena. Lo vimos en la dictadura franquista, cuando el miedo y la censura permitieron que se ejecutaran miles de personas sin juicio justo. Lo vemos hoy, cuando se bombardea Gaza y se bloquea la ayuda humanitaria, mientras algunos gobiernos se limitan a emitir comunicados tibios o a justificar lo injustificable.
Comparar no es trivializar. Es recordar que los derechos humanos no son negociables, que la dignidad no tiene fronteras y que el sufrimiento de un pueblo no puede ser relativizado por intereses geopolíticos. Así como hoy nadie se atrevería a justificar los fusilamientos del franquismo, tampoco deberíamos aceptar los bombardeos indiscriminados sobre Gaza ni el desplazamiento forzado de miles de palestinos.
Palestina no necesita compasión: necesita justicia. Necesita que el mundo deje de mirar hacia otro lado. Necesita que los gobiernos, las instituciones y las personas se posicionen con claridad. Porque la neutralidad frente al genocidio no es equilibrio: es abandono.
Palestina no pide privilegios. Pide lo que todo pueblo merece: vivir en paz, con dignidad, con derechos, sin miedo. Pide que se reconozca su humanidad, su historia, su derecho a existir.
¡Viva Palestina libre!