Deudas griegas, deudas alemanas
En mis tiempos de estudiante en la universidad, hace ya más años de los que a cualquiera nos gustaría admitir, tuve la sorpresa de conocer a una profesora que, en el desierto de mediocridad que abunda entre los docentes, me enseñó a pensar por mí mismo, en vez de a repetir como un papagayo lo que la academia oficial esperaba que supiésemos sobre Historia. Cristina -la catedrática García Bernal para el resto-, resultaba estar en mis antípodas ideológicas, pero aun así, supo mostrarme la enorme diferencia entre neutralidad -algo imposible en las ciencias sociales-, y objetividad, que es condición imprescindible en cualquier trabajo histórico.
En su asignatura, traté en profundidad la cuestión de la crisis de la deuda en Iberoamérica. Aprendí que los mismos prestamistas que enriquecieron a esos países, después exigieron el pago de sus préstamos, hundiendo a naciones enteras en las que los gobiernos socializaron las pérdidas entre todos sus ciudadanos, después de haber privatizado los beneficios en tiempos de bonanza.
Evidentemente, esta semana he recordado mucho a Cristina viendo lo que está ocurriendo en Grecia, y no he podido evitar pensar que, con todas sus diferencias, la historia se estaba repitiendo. Y es que, de nuevo un país, ahora europeo, estaba clamando contra los de siempre, porque los préstamos que recibía no estaban siendo destinados a pagar pensiones o a impedir que su sistema colapsase, sino a abonar los intereses de una deuda que se estaba retroalimentando haciendo imposible su final.
No es la primera vez que los acreedores -por motivos políticos, eso sí- han sido conscientes de que una deuda es impagable, y por eso, a veces, se han decidido a condonar parte de la misma, para poder así cobrar algo sin arruinar a nadie. Alemanes y griegos ya vivieron de hecho una circunstancia similar, aunque a la inversa, cuando en la posguerra, los helenos fueron flexibles con Alemania, conscientes de la necesidad que tenía Europa de que se recuperase su economía.
Hoy esa deuda, según algunas fuentes, podría alcanzar hasta 275.000 millones de euros entre préstamos impagados y obras de arte expoliadas. Sea exagerada o no esa cifra, lo cierto es que a Alemania le vendría bien recordar aquello, para que así dejasen a los griegos vivir en paz, en vez de satisfacer los deseos de especuladores y usureros sin escrúpulos. Lamentablemente me temo que eso no pasará, pues la historia de las relaciones internacionales rara vez ha tenido conciencia.