Donde Susana y Pedro dijeron digo y dicen Diego

Ahora que ellos han propuesto una medida similar, parece ser que el referéndum sí que es una práctica saludable y democrática -y es que hay que ver las vueltas que puede dar la vida en un año-, pero bueno… Así es la política, ¿no?

Una de las frases más recurridas para justificar la necesidad de conocer la Historia es aquella que refiere que los pueblos que la olvidan están condenados a repetirla. Esta hermosa reflexión, atribuida a Cicerón, no dice sin embargo que, a veces, algunos personajes han aprovechado también el desconocimiento general del pasado -incluso el más reciente-, para poder engañar a la gente sin temor alguno.

Y es que, si tuviésemos siempre presente la experiencia del pasado, indudablemente sería más difícil que el político de turno pudiera permitirse cambiar de discurso según el interés del momento, sin necesidad de justificar por qué lo que antes se defendía con pasión, ahora se puede atacar con fiereza o al contrario.

Nuestros políticos son muy hábiles en eso del cinismo, y como los españoles somos así de olvidadizos, no temen atacar duramente a los contrarios por asuntos que ellos mismo han podido justificar en otras ocasiones. ¡Qué le vamos a hacer! Si nos toman por tontos será porque se lo permitimos ¿no?

Estos días hemos vivido otro de estos cambios de discurso escandalosos. Esta vez el protagonista ha sido el cuestionado líder de los socialistas, Pedro Sánchez, que en una jugada maestra contra los que desde su partido están intentando acabar con él ha decidido someter a referéndum los posibles pactos postelectorales que podrían incluso hacerle llegar de carambola a la Presidencia del Gobierno.

Contar con las bases de su partido para tomar una decisión así es algo nuevo para el PSOE, pero desde luego ninguno de esos carroñeros que están esperando ver el cadáver de Sánchez para ocupar su puesto se ha atrevido a cuestionar la legitimidad del proceso. Susana Díaz tampoco, y eso me resulta curioso, habida cuenta de la que montó hace sólo un año, cuando Izquierda Unida decidió consultar a sus bases sobre la continuidad de la organización en el Gobierno andaluz.


Para entonces, las relaciones entre socialistas y comunistas se habían enrarecido. La llegada de Susana Díaz a la presidencia tras la salida de Griñán, y la sustitución del sumiso Valderas por el inflexible y honrado Antonio Maíllo al frente de la coalición de izquierdas, iban a provocar un choque de trenes que terminaría con la ruptura del pacto.

Izquierda Unida había llegado al Gobierno porque las bases así lo permitieron, pero al ver que -después de dos años- los socialistas no tenían previsto cumplir los acuerdos a los que se comprometieron, estas mismas bases exigieron en una asamblea volver a pasar por las urnas para confirmar o no el sostenimiento a un Gobierno que estaba incumpliendo prácticamente todo el programa diseñado.


Susana Díaz montó en cólera, y en vez de intentar explicar por qué el PSOE no estaba cumpliendo su parte del pacto, decidió contraatacar convocando elecciones. Dijo que unos miles de militantes no podían decidir el futuro de todos los andaluces, pero el argumento extrañaba, cuando fueron esos militantes los que habían dado el Gobierno a los socialistas después de haber perdido las elecciones.

En realidad, a muchos no se nos escapó que el problema no era el referéndum, sino que Susana Díaz no tenía intención alguna de cumplir con lo que su partido prometió a IU. Ni la Banca Pública, ni la renta básica, ni la reforma agraria iban a ponerse sobre la mesa, y así la convocatoria de una consulta a las bases por IU, fue utilizada como excusa para adelantar unas elecciones, que además sorprenderían a destiempo a Podemos. Todo a pedir de boca.


Pedro Sánchez entonces no dudó en defender a Susana, y anteponer los intereses de los andaluces a los de unos pocos militantes se convirtió en el argumentario oficial que se esgrimió hasta la saciedad desde los altavoces de Canal Sur. Ahora que ellos han propuesto una medida similar, parece ser que el referéndum sí que es una práctica saludable y democrática -y es que hay que ver las vueltas que puede dar la vida en un año-, pero bueno… ¿Así es la política no? Al menos la política mediocre a la que nos tienen acostumbrados en este país de pandereta, un país en el que se premia más el espectáculo que la escasa preparación de algunos dirigentes a los que sólo su maquiavelismo han colocado donde están.
Una pena.