Una vida de libro

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Mi trabajo soñado siempre fue el de bibliotecario. Me imaginaba feliz en una sala llena de libros y leyendo lo que me diera la gana

¿Cuándo podrías comenzar?—”Por mí, ahora mismo”. El entrevistador lo interpretó al pie de la letra y aquella misma mañana comencé a trabajar en logística, un gremio absolutamente desconocido para mí. Sin embargo, mi falta de experiencia quedó eclipsada por unas ganas inmensas de trabajar en la que se convirtió en mi segunda (y pensaba que ya definitiva) aventura en Madrid.

Tras unos primeros escarceos en el entonces joven universo de la telefonía móvil, cambié a un nuevo departamento del almacén. No fue fácil empezar en aquella editorial de medicina, pero me gustaba y con el tiempo logré adaptarme hasta el punto de saber en qué ubicación se encontraba cada título, a pesar de que se trataban de más de mil referencias.

Ya con el control total de la situación, mi jefe me eligió para una nueva misión. De vez en cuando llegaban pedidos de libros pertenecientes a escritores primerizos, pero no de temas médicos. Pero esos libros se encontraban amontonados en cajas de cartón llenas de polvo, con lo que encontrar los títulos que solicitaban se convertía en una labor más que dificultosa.

—¿Por qué no te encargas de colocar todos esos libros en las estanterías que ahora se han quedado vacías?

No tuve más remedio que cambiar, por unos días, la medicina por la narrativa.

Mi trabajo soñado siempre fue el de bibliotecario. Me imaginaba feliz en una sala llena de libros y leyendo lo que me diera la gana. Así pues, aquella nueva labor era lo más parecido a trabajar en una biblioteca, por lo que me dispuse a cumplirla sin ningún reparo, todo lo contrario.

Con toda la paciencia del mundo, limpié y clasifiqué cada uno de aquellos libros para sacarlos de las cajas donde habían estado recluidos un montón de tiempo. Los coloqué en sus respectivos estantes para que, al menos, pudiesen disfrutar de una nueva perspectiva que hasta entonces no habían tenido.

Unas semanas más tarde, los libros que antes había que rebuscar y desempolvar ya se encontraban perfectamente localizados facilitando la realización de cualquier pedido que llegase al almacén. Por mi parte, con la satisfacción del deber cumplido, volví a mis tomos de medicina para seguir enviándolos a todas las librerías especializadas, tanto españolas como sudamericanas.

Algunos años más adelante, me preguntaron si me veía capaz de asumir la jefatura de ese departamento. La respuesta fue tan firme como la reflejada al principio de este artículo. En esta ocasión, además de ganas, ya contaba con toda la experiencia necesaria para afrontar un reto de semejante envergadura.

Lo que no llegué a imaginar jamás es que el destino, siempre caprichoso, me concediese la bendita oportunidad de seguir ligado al maravilloso mundo de la literatura al convertirme en uno más de aquellos escritores cuyos libros liberé de su polvoriento y oscuro encierro para que cumpliesen con su verdadera función, que no era otra que la de pasar por las manos y los ojos de infinidad de lectores.