El gran mar que desapareció
E n los libros de texto de los años sesenta e incluso de los setenta aún era posible leer ancho y tendido acerca de la existencia del mar de Aral, en Asia Central, entre Kazajistán y Uzbekistán. El mar de Aral era uno de los cuatro lagos más grandes del mundo, con una superficie de más de 68.000 kilómetros cuadrados, es decir, más de dos veces la extensión de Cataluña. Su profundidad se estimaba en 15 metros. En sus orillas, de paradisíaca vegetación y saludable clima, se levantaban poblados de pescadores que habitualmente lograban capturar unas 20.000 toneladas de peces al año. Sus aguas eran permanentemente alimentadas por los caudalosos ríos Amu Daria y Sir Daria.
Hoy día apenas queda en la zona del norte un 20% de aquel inmenso mar. El resto ha desaparecido por completo y se considera una de las mayores catástrofes medioambientales de la Historia. El lugar es actualmente un enorme desierto en el que fondean grandes barcos que se corroen a la intemperie. Los camellos se refugian del sol a la sombra de estos monstruosos buques fantasma. Contemplar las tristes imágenes del seco mar de Aral hace que el alma se caiga a los pies. Este desierto que antes era mar ocupa hoy una extensión siete veces mayor que la provincia de Madrid, sin contar la parte del lago que aún mantiene su caudal, pero que finalmente desaparecerá en apenas dos décadas. ¿Qué ocurrió para que la mayor parte del mar de Aral, un verdadero océano de agua dulce, desapareciera sin más?
El mar de Aral se ubicaba entre dos naciones que pertenecían a la antigua Unión Soviética. Las autoridades soviéticas pretendían convertir poco menos que en vergeles los desiertos de Kazajistán y Uzbekistán situados no lejos del mar de Aral. Su pretensión principal era hacer de aquella extensa zona la mayor productora del mundo de algodón, además de arroz.
Para poder lograr tan colosal hazaña se precisaba gran cantidad de agua, agua que no había en las desérticas tierras que se pretendían convertir en zonas de regadío. A los ingenieros soviéticos no se les ocurrió otra cosa que desviar el curso de los ríos Amu Daria y Sir Daria, cuyas respectivas desembocaduras formaban el mar de Aral, un mar de interior que en la antigüedad enlazaba con el mar Negro. Para desviar los ríos se utilizó mano de obra como jamás se había visto.
Aunque ya en 1930 se habían abierto pequeños canales que desviaban a zonas áridas una pequeña parte del agua de los dos ríos, fue a partir de 1959 cuando se decidió hacerlo en plan masivo, para lo cual miles y miles de operarios abrieron con azadas las correspondientes anchas y largas zanjas que habían de acoger las aguas de ambos ríos, aguas que pronto regarían las áridas estepas donde se pensaba cultivar industrialmente el algodón y el arroz.
Debido al desvío de los ríos, que ya apenas suministraban agua al gran lago, a partir de 1961 y hasta 1970 el nivel del mar de Aral bajó a un ritmo de unos 20 centímetros por año. En 1968 un ingeniero soviético declaró que era inevitable que el mar de Aral se secara en beneficio de la cosecha de algodón que proporcionaría ingresos a miles de trabajadores y enriquecería las arcas de la Unión Soviética. En los años 70 el nivel de las aguas descendía unos 60 centímetros anualmente, y en los 80 alcanzaba una bajada hasta de 90 centímetros por año. Para 1980 las antiguas tierras desérticas, ahora espléndidamente irrigadas, producían tanto algodón que el precio del mismo se abarató considerablemente.
Los pescadores de la zona norte del mar de Aral cuentan con la suerte de vivir de la pesca, aunque disminuida a unas mil toneladas por año, producción que por lo general se exporta a Europa. Todo ello, gracias a que el mar creció algo debido en parte a que aún se conservan pequeños canales acuáticos procedentes de los dos ríos que se desviaron, y en parte debido también a los diques levantados para contener las aguas. A pesar de los diques de contención de las aguas y a pesar de que algunos productores del lugar tienen grandes esperanzas en el futuro del lago, con gran pesimismo muchos calculan que en pocas décadas el agua terminará por desaparecer y morirán los peces, a no ser que el gobierno se decida a trasvasar agua de alguno de los lejanos ríos de Siberia.
La ciudad de Aralsk florecía justamente a la orilla del lago, orilla que hoy se sitúa a 25 kilómetros de distancia de la urbe, aunque llegó a estar a 100 kilómetros, distancia que ser acortó gracias a los diques de contención que separan la parte norte de la del sur, zona esta última que jamás verá regresar las aguas del lago, a no ser que se derriben los diques y vuelva a encauzarse parte de las aguas de los dos ríos que fueron desviados.
Los pescadores de la zona sur, a causa de la sequía del lago, se han quedado sin trabajo y, aunque tiempo atrás el gobierno soviético les suministraba pescado traído de lejanas costas para que elaboraran conservas y salazones, en la actualidad los pocos habitantes que allí quedan, de edad avanzada, viven de los camellos y de lo poco que puede producir la tierra. Los más jóvenes hace tiempo que emigraron ante la falta de recursos para vivir. Cuando el mar cubría aquellos parajes, las lluvias solían ser frecuentes. Hoy día apenas llueve.
La desaparición del gran lago en la zona sur ha dejado al descubierto inmensas llanuras de arena. En los días de fuerte viento las arenas se esparcen por el aire y llegan hasta las remotas zonas de Pakistán e incluso del Ártico y ello hace que los inviernos sean más fríos y los veranos más cálidos. Ante la gravedad de la situación, se está estudiando la posibilidad de reforestar el antiguo fondo marítimo a fin de reducir en lo posible las nocivas tormentas de arena. Con todo, será difícil paliar el cúmulo de graves enfermedades que sufren los habitantes de la zona a raíz de la desaparición de su mar. Se descubrió que la Unión Soviética tenía un laboratorio secreto de armas biológicas en uno de los islotes del mar de Aral, lo cual supuso la contaminación del lago y una drástica elevación del índice de salinidad.
Al desaparecer la Unión Soviética, las zonas desérticas convertidas en campos de algodón y arroz gracias al desvío de los ríos Amu Daria y Sir Daria continuaron sus labores bajo los auspicios del nuevo gobierno ruso. La producción, aunque reducida, sigue su curso en detrimento de la inmensa producción pesquera que otrora brindaba el mar de Aral.
En el desierto producido por la desaparición del mar, yacen hoy varios centenares de barcos que dan una estampa realmente fantasmal a aquella región que en otro tiempo era realmente el paraíso terrenal.