Jaén se eleva con Santa Catalina en una romería que vuelve a unir tradición y devoción

Jiennenses arropan a Santa Catalina en su subida al Castillo. - Foto: Vera Cruz Jaén.
La imagen restaurada recorre los barrios del Sur rumbo a la fortaleza acompañada por autoridades, la Tuna Universitaria y numerosos jiennenses

Jaén despertó con un frío que anunciaba la llegada del invierno, pero aun así las calles se llenaron temprano de pasos decididos, bufandas levantadas hasta el rostro y ese bullicio emocionado que cada año acompaña a la romería de Santa Catalina. Desde la iglesia de la Inmaculada y San Pedro Pascual, en La Glorieta, la imagen inició su recorrido por los barrios del Sur camino del Castillo, siguiendo un ritual que la ciudad guarda desde el siglo XIII y que aún hoy se cumple con una mezcla de cariño, identidad y memoria colectiva.

El alcalde de Jaén, Julio Millán, junto a la segunda teniente de alcalde, África Colomo, y el concejal de Medio Ambiente y Patrimonio, José María Cano, acompañó a la Cofradía en esta mañana solemne. La reciente restauración realizada en Sevilla con el apoyo de la Diputación ha devuelto suavidad a la policromía y firmeza a la talla, un detalle que muchos jiennenses comentaban al verla pasar.

El ascenso hacia la fortaleza tomó forma entre vecinos que salían a las puertas, familias que seguían a la comitiva y niños que observaban la escena como quien descubre un fragmento vivo de la historia de su ciudad. La mañana fría no restó calidez a la romería. En lo alto del cerro, como dicta la costumbre, esperaban las sardinadas, las migas y las reuniones improvisadas, esa manera tan jiennense de convertir el viento cortante en una celebración compartida que sirve casi como bienvenida oficial al invierno.

En este ambiente, la música tuvo también su momento especial. Un año más, la Tuna Universitaria del Distrito de Jaén rindió homenaje a la Patrona con una ronda en el acceso del Camino del Bigotes. Las guitarras, las bandurrias y las voces de los tunos envolvieron a la imagen con una serenata que recordaba su papel como Santa protectora de los Estudiantes.

La procesión concluyó en el Castillo de Santa Catalina, ese faro emocional que corona la ciudad y que ha sido testigo silencioso de siglos de romerías. Allí terminaron los actos religiosos, rodeados por el viento del cerro y por las miradas de quienes, año tras año, mantienen viva esta tradición que une pasado y presente.