La rebelión silenciosa del olivar tradicional se convierte en pacto

Pacto entre Córdoba, Jaén y Granada por el olivar tradicional.
Unos 15.000 agricultores de Jaén, Córdoba y Granada se organizan para defender un modelo de vida que sienten amenazado por la intensificación y la falta de rentabilidad

Después de años de inquietud, conversaciones en cooperativas y reuniones improvisadas entre surcos, unos 15.000 agricultores de Jaén, Granada y Córdoba han decidido unir sus voces y fundar la Asociación de Olivar Tradicional. Dicen que no buscan confrontación, sino futuro. Que no necesitan grandes discursos, sino un precio justo que les permita seguir viviendo en sus pueblos y trabajando las tierras que heredaron.

La firma del acta constituyente, el 18 de noviembre de 2025, no ha sido para ellos un mero trámite administrativo. Ha sido un acto de afirmación colectiva: "existimos, importamos, queremos seguir aquí". El olivar tradicional representa cerca del 70% del millón y medio de hectáreas del cultivo andaluz. Pese a su magnitud, quienes lo trabajan sienten que su modelo está cada vez más arrinconado. La competencia con explotaciones intensivas, más mecanizadas y fáciles de cosechar, ha estrechado sus márgenes hasta poner en duda la continuidad de muchos pequeños y medianos agricultores.

Desde Granada, Rafael Almirón, uno de los impulsores del proyecto, explica que la asociación nace para responder a una preocupación que se ha vuelto cotidiana: la pérdida de valor de un cultivo que exige más manos de obra, más esfuerzo y más tiempo. Insiste en que la rentabilidad no puede depender solo de la voluntad del productor, sino también de una diferenciación real en el mercado y de ayudas que reconozcan el carácter social de este modelo agrícola. Lo que está en juego, afirma, no es únicamente una forma de cultivo, sino la supervivencia de los pueblos que lo rodean.

Por parte de Córdoba, Nuria Yáñez recuerda que el olivar tradicional no solo produce aceite, sino empleo, equilibrio ambiental y fijación de población. Habla de suelos bien cuidados, de flora que resiste gracias a la mínima intervención, de ecosistemas que desaparecerían si el campo se vacía. Pero también reconoce que el futuro exige cambios: modernizar maquinaria, garantizar relevo generacional, atraer a jóvenes que solo considerarán quedarse si el campo les ofrece oportunidades reales. Incluso algo tan simple como garantizar cobertura móvil en todas las explotaciones se vuelve, en este contexto, una condición para no quedarse atrás.

En Jaén, José Gilabert resume el malestar de muchos agricultores con una frase que se ha convertido en consigna: “Tenemos que dejar de competir en la miseria y colaborar para el éxito”. No se trata, explica, de negar la existencia de otras formas de producción, sino de defender que el olivar tradicional también tiene derecho a un futuro digno. La asociación trabajará para representar a quienes lo sostienen, para reclamar un reparto justo de recursos como el agua o las ayudas de la PAC, y para demostrar que este modelo es viable si se reconoce su valor real.

Los fundadores insisten en que no van contra nadie, que su objetivo no es frenar el progreso, sino evitar que un solo camino se imponga como inevitable. Su apuesta es otra: que la calidad y la diferenciación permitan poner en valor un aceite que no se puede producir deprisa, porque nace de árboles que crecieron sin prisas. Que la organización colectiva fortalezca lo que cada agricultor, por separado, no podía defender. Que la vida rural siga siendo vida, y no un recuerdo.

En un paisaje que ha marcado durante siglos la identidad de Andalucía, estos agricultores han decidido no resignarse. Su asociación no es un gesto nostálgico, sino una declaración de continuidad. Un intento de que, cuando se mire el olivar desde una carretera o desde la ventana de una casa de pueblo, el paisaje siga contando la historia de quienes lo hicieron posible. Y no la de quienes, por falta de apoyo, tuvieron que abandonarlo.