Spike Lee exhibe su compromiso militante con la cultura negra en una irregular película

Denzel Washington junto a Ilfenesh Hadera, sentados en el puente de Brooklyn, en una escena del filme. | Apple tv
'Del cielo al infierno' sustenta su atractivo en su retrato de Nueva York y en la siempre poderosa presencia de un magistral Denzel Washington

Hay un compromiso militante irrenunciable en la mayor parte de la obra de Spike Lee. Tiene que ver, por supuesto, con la defensa de la cultura negra, del peso de la comunidad afroamericana en el país más importante del mundo. Vuelve a ponerlo de manifiesto en Del cielo al infierno (Highest to lowest), un título que no responde con exactitud a lo que cuenta, tan desubicado como la película en sí misma, irregular y a ratos extraña, como si no tuviera muy claro qué es lo que quiere contarnos o en qué género decide habitar, si el drama familiar o el thriller policíaco.

Y a pesar de sus devaneos argumentales, el resultado final es  aceptable gracias a la presencia de un actor prodigioso, capaz de hacer creíble cualquier personaje, sea un policía corrupto, un vengador con buenas intenciones, un músico de jazz, un líder político, un boxeador humillado, un pistolero a sueldo, un marido despreciable, o un piloto adicto a las drogas...

Ese actor es Denzel Washington y siempre es un placer ver cómo se adueña de cada escena, de cómo llena la pantalla, de cómo trasciende con cada gesto y con cada mirada. Tiene películas mejores y peores, pero siempre es una garantía, como en este caso, en el que encarna al magnate y gurú de una compañía discográfica sobre la que pesa una suculenta oferta de compra que le hace replantearse su futuro en la industria musical. En pleno proceso de negociación, secuestran a su hijo adolescente y le reclaman una cantidad similar a la prevista en la operación, lo que le obliga a enfrentarse a un callejón sin salida que puede hacer tambalear el imperio construido hasta entonces.              

Basada en la novela King´s ramson, del célebre Ed McBain -firmó con su otro seudónimo, Evan Hunter, el guion de Los pájaros-, ya adaptada al cine por Akira Kurosawa en 1963 bajo el título de El infierno del odio, la versión de Spike Lee está plagada de aristas, incluso abierta a diferentes interpretaciones, como consecuencia de esa inconcreción narrativa.

Del cielo al infierno puede verse como un reverencial homenaje a la ciudad de Nueva York -los títulos de crédito bajo el son de Oh what a beautiful morning del musical Oklahoma, se convierten en una panorámica constante sobre el puente de Brooklyn, (un personaje más de la película), Manhattan y el espectacular edificio del barrio de Dumbo en el que reside el protagonista.

Más aún: la secuencia del pago del rescate -posiblemente, lo mejor de la película-, incluye el recorrido en metro desde el distrito financiero hasta el estadio de los Yankees en día de partido, que lo es a su vez sobre la diversidad racial y cultural de la ciudad.

Pero puede verse, asimismo, como una película sobre el poder de la cultura negra en la sociedad estadounidense como elemento unificador, y a su protagonista como un protector de los valores que la sostienen, rendido en este caso a la evidencia del coste que ha supuesto comprobar que uno de sus lemas empresariales -“la atención es la mejor de las divisas”- se ha convertido en una de las máximas de la industria musical actual: de ahí ese reconciliador final con una joven promesa.