El sesgo de confirmación
Este pasado viernes fue uno de esos días en los que la lectura de la prensa resulta apasionante, sobre todo desde el punto de vista editorial: ¿qué opinan los diferentes periódicos sobre la condena al fiscal general del Estado? Es, por lo visto, una afición en desuso. Lo expresaba de esta forma Leyre Iglesias en su columna de El Mundo: “Si uno lee periódicos amigos y sólo ve TVE, la sorpresa ha sido mayúscula”.
Y es así porque la polarización y la crispación política reinante parecen haber empujado a la propia sociedad a tomar partido sin tener en consideración la opinión o los argumentos de los demás. Hasta hemos normalizado que haya que diferenciar entre jueces conservadores y progresistas, que es como ponerle a un árbitro la camiseta del equipo al que está pitando y, peor aún, negar la independencia judicial, convertida en mera retórica.
Por eso era tan importante leer los periódicos de este viernes, cuantos más mejor, para poder extraer conclusiones por nosotros mismos, sin que nadie venga a convencernos de lo que tenemos que pensar, ni exigirnos que haya que estar a favor o en contra del fiscal general del Estado, como si se tratase de algo trascendental en nuestras vidas.
Todo lo demás pasa por entregarse a un fenómeno predominante en nuestros días: el “sesgo de confirmación”; es decir, leemos o escuchamos y aceptamos sólo aquello que confirma lo que pensamos o nos motiva sobre un asunto determinado, de ahí las reacciones a uno -celebraciones- y otro lado -cabreo- tras conocerse el fallo judicial, que habría sido inversamente proporcional con un fallo en sentido contrario, puesto que a uno y otro lado, y a falta de la sentencia aclaratoria, siguen repitiendo los mismos argumentos que días atrás.
En cierto sentido, envidio a todos aquellos que estaban convencidos de que el fiscal era culpable y a los que siguen considerando que es inocente. Incluso después de leer diferentes periódicos y repasar las distintas líneas editoriales, soy incapaz de alcanzar conclusiones tan precisas sobre uno y otro parecer, entre otros motivos porque nos sigue faltando la sentencia; todo lo demás -y por seguir el símil futbolístico- es el griterío en las gradas entre dos aficiones después de que uno de los equipos haya marcado un gol.
Donde unos ven “falta de pruebas, una instrucción dudosa” y la ausencia de unanimidad entre los magistrados, otros encuentran razones para destacar la “ejemplaridad del juicio” y señalar al fiscal como “peón del sanchismo” y autor de un delito en el que lo que estaba en juego no era “la defensa de la verdad ni la victoria de un relato político, sino que se revelara información de la que tenía constancia por su cargo y no debió divulgar”.
En mi caso persisten las dudas. Para empezar, con la propia sentencia, o mejor dicho, con el fallo judicial, por la rapidez con que los jueces han alcanzado una resolución y con la que se ha comunicado a la opinión pública, lo que va a alimentar las especulaciones y la trifulca política durante las próximas semanas. Pero dudas, también, en torno al comportamiento del fiscal, por el borrado de su teléfono móvil y por tomar decisiones de calado político que han terminado por convertirlo en un instrumento en manos de los intereses del Gobierno.
Lo peor es que será difícil salir de dudas durante los próximos días, a medida que se acrecienten las posiciones a ambos lados del graderío. Qué tiempos aquéllos en los que no sabíamos de qué equipo era José María García, frente a estos de ahora en los que en las televisiones nacionales y en las redes sociales prolifera el periodismo militante y la agitación propagandística bajo la premisa de seguir vendiendo sesgo al por mayor.