Byung-Chul Han
Este filósofo coreano hizo una interesante reflexión sobre la sociedad actual y cómo hemos ido evolucionando sin controlar, paradójicamente, esa evolución
Hace unos días tuvieron lugar los premios Princesa de Asturias, unos galardones que reconocen la labor de personas a lo largo de su trayectoria profesional. Aunque la mayoría nos quedamos siempre con aquel que se alza con el premio del Deporte —este año, la tenista estadounidense Serena Williams— al ser la más conocida a nivel general, estos premios nos permiten conocer otros nombres menos populares, pero de gran trascendencia para la sociedad por sus trabajos y pensamientos.
Una de estas personas que han despertado mi interés por su intervención, leída en las redes sociales, ha sido Byung-Chul Han, premio a la Comunicación y las Humanidades. Este filósofo coreano hizo una interesante reflexión sobre la sociedad actual y cómo hemos ido evolucionando sin controlar, paradójicamente, esa evolución. Hablaba de las nuevas tecnologías, donde los smartphones o teléfonos inteligentes habían dejado de ser el instrumento útil del hombre o la mujer para superponerse al creador, que cada vez más se estaba convirtiendo en el instrumento de la creación. También me gustaría destacar cómo el filósofo coreano habló de las redes sociales, a las que consideró una herramienta para acercar pensamientos, ideas y relaciones personales, pero que, en cambio, se habían convertido en el vehículo de afirmación del pensamiento propio, de la rivalidad y del enfrentamiento entre unos y otros.
Desgraciadamente, un reducido número de personas conocerán a Byung-Chul Han; de hecho, ni siquiera yo, cuando cierre esta columna de opinión, seré capaz de identificarlo cuando oiga su nombre. Pero este mínimo y residual extracto de su pensamiento ha captado mi atención por la coherencia ofrecida sobre un aspecto tan común y generalizado que cada vez hemos normalizado más, sin darnos cuenta de que se está apoderando de nuestras facetas más humanas.
Por supuesto que no hay que caer en el pesimismo, pero sí es necesario generar la alerta entre todos para paralizar la mala vertebración de la sociedad digital y redirigirla para que sea un elemento constructivo, como estoy seguro de que fue el origen de su creación. Es el momento de alertar de que la inteligencia artificial no es tan inteligente, que también conlleva errores, que la invención de una máquina que realice las funciones que han diferenciado al ser humano de otros seres vivos no debe suplir las capacidades propias del hombre o la mujer. Pero la inteligencia, el conocimiento y el saber son el músculo que menos estamos cultivando con la aparición de estas nuevas tecnologías, o al menos no se cuidan de la forma en que se hacía antes de esta irrupción brutal de la IA, en una sociedad donde los más preparados huyen de la responsabilidad gubernativa —posiblemente cuando más los necesitamos—, y quienes pueden llegar a ser referencia con sus conocimientos el día de mañana se dejan arrastrar por la comodidad que ofrece una pantalla con un teclado.
Pensar, leer, reflexionar y discrepar, siempre con respeto y espíritu crítico, han sido directrices fundamentales para seguir creciendo y mejorando. Pero hay un pensamiento generalizado que prefiere consultar al ChatGPT antes que pensar, ver la película antes que leer, insultar e intentar menospreciar antes que debatir. En mi última columna afirmaba que debo prepararme para asumir la equivocación cuando llegue y reconocer el error, pero también hay que saber pasear con los aciertos, porque vivir en sociedad nos hace grandes, pero vivir sin convivir nos hace indeseables.