Carnaval

Las imágenes del pregón de Manu Sánchez en San Antonio. / Raúl Albera
Las imágenes del pregón de Manu Sánchez en San Antonio. / Raúl Albera

Dicen que el origen del Carnaval se remonta a la Antigüedad, cuando los sumerios realizaban determinados ritos para ahuyentar a los malos espíritus. Siglos después, el Imperio romano, en su afán por conquistar territorios y asimilar culturas, creó las Saturnales: fiestas en honor al dios Saturno que coincidían con la recogida de la cosecha y consistían en grandes banquetes donde, durante unas horas, se invertían los roles sociales: los esclavos se vestían de señores y estos pasaban a servirles.

Hoy, el Carnaval es una de las fiestas más representativas del mundo, aunque cada país lo celebra con particularidades muy distintas. Si hablamos del carnaval veneciano, la imagen que nos llega es la de una fiesta de lujo, caracterizada por la diversidad de máscaras y el colorido de sus trajes. Dentro de Europa, el carnaval belga, declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, tiene como rasgo más emblemático sus máscaras de cera. En América, hablar de Carnaval es pensar en Río de Janeiro y su interminable desfile, donde cuerpos esculturales se mueven al ritmo de la samba brasileña. Y en España destacan dos carnavales por encima del resto: el lujo y la pomposidad del carnaval tinerfeño y la ironía y el ingenio del carnaval gaditano. Dos carnavales muy distintos en su forma, pero pertenecientes a un mismo país.

El Carnaval gaditano no podía ser otra cosa que el reflejo de Cádiz y su gente: un alegato a la libertad de expresión que se ha ido imponiendo a las presiones de los distintos poderes de la sociedad —prensa, empresas, políticos o élites económicas—. Es la libertad del sector más vulnerable, el pueblo llano, para expresar sus críticas mediante la voz y la música; algo que, cuando se hace con calidad, se convierte en eso tan difícil de lograr y, a la vez, tan fácil de vender cuando no se posee: el arte.

El problema surge cuando esta forma de expresión se somete a la ordinariez y al insulto carente de ironía y buen gusto. Desgraciadamente, la libertad tiene ese efecto secundario tan peligroso para sí misma: abre la puerta a que alguien quiera cercenarla. No siempre hay que comulgar con lo que se dice en Carnaval. Ya lo expresó el gran Manu Sánchez en el pregón gaditano: «En un lado está el león Plus, que es liberal y de izquierdas, y en el otro, Ultra, que es de derechas». Ambas formas de pensar son legítimas en un mundo libre; lo que no es permisible es que Plus o Ultra intenten devorarse con malas artes.

La convivencia de ideas y el respeto entre ellas enriquecen a la sociedad y deberían servir para mantener alerta a quienes ostentan el poder, recordándoles que pueden perderlo si olvidan a quienes un día los sostuvieron con su trabajo y sus ideas. La intolerancia ideológica nos empobrece, nos vulgariza y nos convierte en autómatas al servicio del poder.

Cádiz avanza a través del Carnaval, una fiesta pagana que ha llegado incluso a superar en atractivo turístico a la Semana Santa, impulsando el precio de la vivienda hasta el punto de que ni el propio gaditano puede permitirse vivir en su ciudad. El Concurso se ha visto enriquecido por la calidad indiscutible de agrupaciones procedentes de otras provincias, especialmente de algunas localidades sevillanas. Ya ni el Libi podría cantar aquel estribillo que bromeaba sobre el tipo soso del hispalense.

Por todo ello, es necesario que el gaditano despierte y no perezca de éxito por el Carnaval y el turismo. Debe proteger el buen gusto y la esencia de estas fiestas, porque otros ya lo han hecho y porque muchos gaditanos, quizá sin darse cuenta, están empezando a olvidarlo.