Qué difícil lo hacemos
El hombre se diferencia de los animales por ser capaz de pensar. Tal vez esa facultad, que el ser humano tomó como una categoría de superioridad sobre el resto de seres vivos, sea en ocasiones la manifestación más palpable de su inferioridad frente a ellos. Usar esa capacidad de pensar y razonar para ver cómo se es capaz de engañar con el fin de aglutinar más poder, más dinero o más placer sexual, es una clara demostración de que no hemos superado la etapa de las cavernas.
Casi cuarenta años de dictadura y una modélica transición parecen haberse olvidado con bastante celeridad en una sociedad donde los líderes políticos descuidan lo más importante de cualquier administración, la sanidad, o reparten chistorras sin miedo alguno a que un día todo lo que se ha construido pueda derrumbarse. Justifican sus errores hablando de las miserias del de enfrente y se olvidan de lo más sensato: reconocer el fallo e irse.
El problema es que vivimos en un mundo en el que necesitamos alimentar nuestros egos a cada minuto. Las redes sociales son un claro ejemplo de ello: todos aceptamos prescindir de nuestra intimidad para airear a bombo y platillo dónde pasamos el fin de semana. Algo lícito, por supuesto, pero que antes se reservaba solo para aquellos familiares o amigos cómplices de vida.
Qué decir de los alegatos dogmáticos que, con perfiles falsos o personales, nos ofrecen a diario en nuestras pantallas móviles; nos dicen lo que hay que hacer, cómo hay que vivir y qué decir, o se permiten el lujo de usar su verborrea para poner etiquetas adaptadas a lo que se quiere entender y no a lo que realmente se está diciendo.
Vivimos en sociedad para respetar y convivir con gente de diferentes pensamientos o creencias. Discrepar y opinar de manera distinta sin agredir verbalmente, intentar ridiculizar o faltar al respeto por no compartir una opinión. Me comentaba un amigo hace unos meses que “algo pasaba en la sociedad”. Le pregunté el motivo de esa afirmación y me respondió: “Hay una agresividad en el ambiente que no había antes”. Y seguramente lleve toda la razón.
Recuerdo, siendo redactor de este medio de comunicación a principios de siglo, una sesión plenaria en un ayuntamiento de la comarca en la que el debate se hizo bastante agrio y desagradable, algo que yo no había presenciado hasta ese momento. Ahora ya es raro el pleno que no tenga una batalla dialéctica peor que aquella.
Al terminar la sesión, los portavoces que habían protagonizado la gresca estaban hablando y riendo en la calle mientras fumaban un cigarro. Me dirigí a ellos y les expresé mi agradable sorpresa por la buena relación que mantenían. Entonces, uno de ellos me dijo: “Somos amigos desde hace años, pero en el pleno tenemos que defender nuestras ideas. Luego seguimos siendo los amigos de siempre”.
Me recordó a esos partidos de fútbol en los que, después de darse patadas durante 90 minutos, los jugadores terminan dándose la mano. Y me pregunto por qué estamos perdiendo en tantos foros esta buena costumbre. No sé si será por la televisión, las plataformas digitales o la educación que recibimos, pero desde luego algo hacemos mal cuando volvemos a querer imponer nuestro criterio a toda costa.
Quiero terminar diciendo lo que hace unas semanas le comenté a un habitual participante de los foros digitales de nuestro pueblo: “Cuando estuve en segunda línea política, me gané los enemigos que nunca había tenido, pero ninguno de ellos tiene un argumento de peso contra mí”.
Hace unos días leí una frase del filósofo Bertrand Russell que decía: “Nunca moriría por mis creencias, porque podría estar equivocado”.
Sigo creyendo firmemente en mis pensamientos y mantengo mi ideología liberal, a pesar de discrepar con muchos ejecutores del liberalismo de este país. Pero sé que puedo equivocarme, y me preparo cada día para asumir el error, porque es la mejor forma de dormir feliz cada noche.