No a todas las guerras
Hace unos años, pensar que el mundo se iba a encontrar sumergido en una serie de conflictos bélicos entre países considerados desarrollados nos habría parecido poco menos que una historia de locos. Y, en cierto modo, algo de razón tendríamos, porque es difícil comprender que el único animal supuestamente racional sobre la Tierra continúe dirimiendo sus intereses estatales a base de bombas, amenazas y miedo. La historia nos demuestra una y otra vez que, pese al progreso tecnológico y científico, seguimos tropezando con la misma piedra: la incapacidad de resolver nuestras diferencias sin recurrir a la violencia.
Todos recordamos el gesto de José Luis Borau levantando sus manos blancas en la ceremonia de los Premios Goya, símbolo de repulsa frente a la violencia y recordatorio de que ninguna ideología puede justificar la muerte de un ser humano. O, por supuesto, el “No a la guerra” que inundó las calles durante la invasión de Irak, motivada por unas supuestas armas de destrucción masiva que, con el tiempo, se demostró que nunca existieron. Guerras que se presentan con unos objetivos declarados, pero que a menudo esconden intereses mucho más profundos y menos confesables.
Resulta, por tanto, muy sintomático que el autoproclamado “rey” de Occidente pretenda ahora imponer el civismo en Irán, cuando el régimen extremista lleva décadas siendo una realidad conocida por todos. Y más llamativo aún es que se pretenda comprometer a todo Occidente en una guerra que, probablemente, ni siquiera se plantearía si los Estados Unidos no hubieran consolidado su control sobre el Estado venezolano, otro de los grandes proveedores de petróleo del planeta. En política internacional, la moral suele ir acompañada de intereses, y no siempre sabemos cuál de las dos pesa más.
Occidente entra en la batalla porque no puede abandonar al aliado. España se revela contra esta guerra y sufre las amenazas del presidente estadounidense, pero, al mismo tiempo, Europa manifiesta su apoyo a España. ¿En qué quedamos entonces? ¿Estamos ante una alianza sólida o ante un tablero de ajedrez donde cada país mueve sus piezas según convenga a sus propios intereses?
El pasado sábado, el cine español, durante la gala de los Premios Goya, volvió a manifestarse con chapas en contra de la guerra en Irán y a favor de Palestina. Nuevamente, el mundo cinematográfico se posicionó a favor de la paz, algo que no deja de ser relevante, porque se trata de un sector con una enorme visibilidad social. No en vano, la ceremonia fue el programa más visto el pasado 28 de febrero, lo que demuestra la capacidad del cine para amplificar determinados mensajes y sensibilidades. Por cierto, qué bonita fecha habría sido para que el cine andaluz hubiese tenido una presencia más destacada entre las nominaciones.
Aunque todos sabéis que el objetivo de estas columnas es ayudarnos a reflexionar sobre algunas circunstancias de nuestro tiempo, quiero pensar que las noticias de mayor relevancia son, en realidad, muy efímeras. De otro modo no se entiende que esa masiva recriminación por la guerra en Oriente haya relegado al más absoluto silencio otro conflicto no menos importante: la invasión de parte del territorio ucraniano por parte de Rusia. Nadie citó —y si alguien lo hizo pido disculpas porque no lo recuerdo— la guerra que se desarrolla en el norte de nuestro continente. ¿Será que ya no es importante que un país invada a otro en el corazón de Europa? ¿O será que simplemente nos hemos acostumbrado a convivir con esa tragedia como si formara parte inevitable del paisaje informativo?
Adoro el mundo del cine y comulgo con la mayoría de los valores que se defienden desde este sector. Pero cuando hablamos de guerras, todas confluyen en un mismo problema: la inmadurez de nuestras sociedades para resolver los conflictos con la suficiente generosidad y altura moral. Cuando el odio, el miedo y el interés se imponen al diálogo, la consecuencia suele ser siempre la misma: la violencia. Y cada guerra, lejos de cerrar heridas, siembra el terreno para los conflictos del futuro.
La ley del más fuerte nunca ha sido la ley de un proyecto inteligente. Sin embargo, una y otra vez comprobamos cómo quien ostenta el poder es capaz de buscar soluciones a sus propias carencias a costa de poner en riesgo la vida de quienes no tienen ninguna responsabilidad en el origen del conflicto. Al final, como solían decir nuestros abuelos con una claridad que a veces olvidamos, el pobre siempre termina pagando los caprichos del rico.