Ya huele a pestiños
Es un gusto pasear por las calles de mi pueblo y que te llegue el olor a matalauva —o anís, para los más selectos en el idioma castellano— de las casas donde se preparan las tortas de Navidad, pestiños y demás variantes gastronómicas que anuncian la llegada de las fiestas más agridulces del año. Y sí, digo agridulces porque, en estas fechas, puedes encontrarte con que hasta el vecino más serio y arisco es capaz de abrazarte o felicitarte las fiestas; pero, en cambio, es triste cuando uno mira la mesa en la cena familiar y comprueba las ausencias de aquellos que ya no están. Pero nuestra vida está dibujada así, llena de entradas y salidas. Por eso debemos proteger nuestra salud, nuestras amistades y nuestra vida en general para no estar ausentes en la mesa de Navidad, a no ser que las circunstancias sean ineludibles.
Piensen en la mesa de Navidad de aquellos que creían ser los dueños del mundo y hoy tienen que celebrarla detrás de unos barrotes por menospreciar a la gente para la que trabajaban; o qué decir del que ha tenido que huir por vejar la vida de una persona; o de aquellos otros a quienes, en pleno siglo XXI, les han dejado sin hogar por una guerra destinada a controlar el poder económico mundial. Piensen en esos gazatíes y ucranianos que llevan años sufriendo el bombardeo de Estados controlados por descerebrados que se sienten intocables ante el poder militar y económico, propiciado por quienes hoy intentan frenar su expansión.
El mundo está lleno de personajes inmaduros y con un alcance mental enfocado única y exclusivamente al beneficio propio, a cualquier precio. La inteligencia de quienes piensan en la vida en comunidad ha pasado a ser residual, o al menos recae en personas sin la capacidad de decisión y de ejecución con la transcendencia suficiente como para frenar los despropósitos de quienes se encuentran al frente de los países. Supongo que debe de haber gobiernos ejemplares en algún lugar, pero lo que nos llega siempre son aquellos que más daño hacen a la convivencia. Y quizá, si algún medio de comunicación se hiciera eco solo de quienes gestionan bien, todo cambiaría; pero eso no vende y, me temo, hay poco que mostrar.
Tal vez Putin y Zelenski podrían compartir un plato de pestiños y paralizar las muertes que están ocasionando, o quién sabe si Netanyahu podría entretenerse amasando la masa de los rosquitos y dejar de ordenar que sigan bombardeando a las personas de la Franja de Gaza. Lo cierto es que nos encaminamos a una Navidad en la que dejaremos patente que somos una sociedad que ha regresado a aquellos años donde la ley imperante era la del más fuerte o la de aquel que sabía engañar mejor a su comunidad. Solo espero que esta circunstancia no siga extendiéndose, ni hacia Venezuela ni hacia ningún otro lugar. La guerra solo genera odio y dolor, y el dolor unido al odio genera más guerra. La Navidad es la época de la paz.
En España no estamos en un proceso de guerra belicista, pero sí estamos en un proceso donde, nuevamente, los presuntos casos de corrupción y de abuso de poder —de manera machista— copan los titulares de la prensa. Espero que estas fiestas sirvan para que todos los implicados en estos casos reflexionen, para evitar seguir alimentando la escalada del descontento social y la animadversión de la población hacia la clase política. El político necesita más que nunca devolver la confianza al ciudadano, y solo puede hacerlo con honradez, reconociendo errores y actuando con valentía. Y, por supuesto, dejando de escudarse en lo mal que lo hicieron los otros, porque para señalar primero hay que hacer las cosas bien en la casa propia. Tal vez así, en las mesas de la cena de Navidad de nuestros principales partidos políticos, olería más a pestiños y menos a chorizo.