Reorganización sin complejos

Nos hemos ido acostumbrando a unos retrasos que resultan ya inasumibles en determinados días
Jueves Santo en Sevilla. | Jorge Pizarraya
Jueves Santo en Sevilla. | Jorge Pizarraya

Si algo ha caracterizado a la Semana Santa que acaba de terminar ha sido la excelente temperatura que nos ha acompañado durante todos los días. Aparcada ha quedado este año la incertidumbre en la que las miradas al cielo y las consultas constantes a la AEMET marcaban el pulso de cada jornada. Esta vez, por fin, todo eso ha quedado orillado, para satisfacción general. El calor, incluso en algunos momentos donde el sol ha apretado con fuerza, no ha sido,ni hoy ni nunca,enemigo de las procesiones, por muchas que hayan sido las atenciones sanitarias en los cortejos.

Sin embargo, no todo ha sido positivo. Nos hemos ido acostumbrando, casi sin darnos cuenta, a unos retrasos que resultan ya inasumibles en determinados días. Hermandades que alcanzan su templo bien entrado el día siguiente, con la consiguiente pérdida de lucimiento, la merma de público y, lo que es más preocupante, el perjuicio directo para los nazarenos. No es difícil imaginar a quien, teniendo que trabajar al día siguiente, se replantee seriamente hacer estación de penitencia. Tampoco ayuda el ambiente de la madrugada avanzada, donde, pese a la ausencia de incidentes reseñables, el comportamiento del público dista en ocasiones de lo deseable.

¿Cuál es la solución? Quizás haya llegado el momento de hablar sin complejos de una nueva reorganización de la Semana Santa. Los datos son elocuentes: el Domingo de Ramos acumuló 79 minutos de retraso sobre el horario oficial; el Lunes Santo, 62 minutos; la Madrugada, 40. Son cifras que no pueden asumirse con normalidad. Y, sin embargo, lo estamos haciendo, como si estos retrasos formaran ya parte del paisaje. Frente a ello, jornadas históricamente problemáticas como el Miércoles Santo (apenas 7 minutos de demora) o el Viernes Santo (3 minutos) demuestran que, cuando se quiere, hay margen para la mejora. Pero no basta con seguir parcheando día por día un problema que es estructural y de conjunto que muchos prefieren no ver.

La historia de nuestras hermandades es, en realidad, una historia de cambios. Incluso de cambios de jornada, algo que no debería escandalizarnos. La estación de penitencia se realiza a la Santa Iglesia Catedral, sin que exista una necesidad intrínseca de hacerlo en un día concreto. En este debate suelen aparecer los llamados “derechos adquiridos”, a modo de escudo, o el recurso a una tradición entendida como inamovible. Pero si la Semana Santa ha llegado hasta hoy con la fuerza que tiene es precisamente porque, en otros momentos siglos atrás, se tomaron decisiones valientes, quizás por motivos distintos, pero igualmente necesarias. Y no olvidemos que fueron decisiones de la jerarquía eclesiástica, tiempos en los que no existía un organismo regulador como el Consejo de Cofradías.

Si cada día más se reclama autogestión en cuestiones como la seguridad, con más razón debemos asumir que la Semana Santa, en su conjunto, necesita también una reflexión interna y valiente… antes de que otros la hagan por nosotros. El propio Arzobispo de Sevilla ha advertido que “si la situación de los nazarenos se vuelve imposible, tendremos que tomar una determinación”. Sería deseable, por tanto, que esa determinación naciera del propio seno de las cofradías. Nos iría mejor. Porque, como ya se ha señalado en algunos medios de comunicación no faltos de razón, hay jornadas donde las costuras no solo empiezan a ceder, sino que están al límite de estallar si no lo han hecho ya.

¿Quién debe asumir este reto? Sin duda, el próximo Consejo de Hermandades y Cofradías que resulte elegido en las elecciones del cercano mes de junio. A este organismo le corresponderá afrontar este debate -y otros de menor calado- con determinación y sin complejos. No caben más diagnósticos: es tiempo de actuar. No caben más parches: es hora de cerrar los pinchazos. Y actuar implica asumir que habrá que tomar decisiones incómodas. Entre ellas, si es necesario, el cambio de día de algunas hermandades. Nadie debería rasgarse las vestiduras por ello. No pasaría nada. Ya ha ocurrido antes a lo largo de la historia y la Semana Santa no solo ha sobrevivido, sino que ha salido reforzada. Por poner un botón de muestra, una decisión arriesgada puede ser limitar el número de músicos en la Carrera Oficial: bandas y agrupaciones musicales que sobrepasan sobradamente el centenar de componentes ocupan un tiempo y un espacio que puede generar un importante ahorro en metros y minutos. Pero esto sería un parche más. Y que nadie abogue por algo como “ser hermano músico”, que los veo venir…

Por eso, para dar el paso de la regulación completa de la Semana Santa hace falta algo más que voluntad: hace falta conocimiento real. Y valentía ante la cantidad de argumentos peregrinos que podrían inventarse, como este que les traigo sobre los músicos. Quienes estén al frente deben conocer a fondo los entresijos de las hermandades, haber vivido desde dentro la responsabilidad de organizar una cofradía, de gestionar un cortejo, de tomar decisiones, a veces difíciles, en momentos complejos (vara dorada en mano). Solo desde esa experiencia se pueden abordar soluciones eficaces y duraderas. Y ese tipo de personas son los llamados a la gestión integral de la Semana Santa. E insisto: antes de que lleguen otros a hacerla, con menos (o nulo) conocimiento y experiencia. Y lo que es peor: ajenos al universo interior de cada cofradía o de cada día de la semana.

Una organización de cada día, un reparto de minutos y de orden de paso, como reinos de Taifa, con independencia del conjunto general de la Semana Santa, ya no sirve. Porque el reparto de minutos ha quedado obsoleto: está demostrado que girar en torno a eso es girar en torno a un problema que seguirá existiendo. Podrá camuflarse tentando a la suerte, pero a poco que exista un incidente ajeno o particular, las soluciones adoptadas caerán como un castillo de naipes. O como fichas de dominó, que es aún peor: unas empujando a otras. El conteo de nazarenos también se ha visto que sirve de poco o nada. Es necesaria, por tanto, una visión global y de conjunto.

Abordar el problema en toda su dimensión, que abarque los días y las noches, es la necesidad.  Está en juego mucho más que una reorganización de horarios día a día. Está en juego la continuidad de una forma de vivir la Semana Santa y, con ella, la propia esencia de nuestras cofradías.