Cositas barbateñas “ZAFA Y ARRÍA”

Cada uno con su jerga, aquellos ‘llamaores’ de luna, viento y chaparrones, cumplían con su misión

Río Barbate
Río Barbate
El sol terminaba de describir su órbita luminaria y se posaba sobre el acantilado  para perderse en el verdor de sus colinas. El velo crepuscular todo lo iba convirtiendo en gris hasta que el pueblo quedaba adormecido. En cada puerta, como tristes sudarios colgabas cortinas de red, que,  ‘los llamaores’ –normalmente marineros que sufrían largas enfermedades o jóvenes conocidos como ‘el niño el barco’– tenían que levantar para amplificar sus gritos a golpes de nudillos en las puertas de madera. No todos los marineros tenían reloj y menos despertadores:

   –¡Varo, a la tré  en la tienda del `Pilín´ pa zalí a la zai!

–¡Malia, a la cuatro en la Pava pa zalí  a lamá´!

Cada uno con su jerga, aquellos ‘llamaores’ de luna, viento y chaparrones, cumplían con su misión. El pueblo no era muy grande, pero los marineros vivían por todas partes. Las tenues bombillas ilesas al asedio de los niños, intentaban alumbrar con sus luces de azafrán tan desigual desfile, alargando sus sombras hasta que eran engullidas por la oscuridad y solo se percibía la lumbre de sus cigarros. 

El frágil suministro de 125 w. proporcionado por un motor instalado e las calle Agustín Varo, luego en las Casas Baratas (antigua Vías y Obras), y sustituido por Electra Villariezo desde Santa Lucía, cortaba el servicio domiciliario antes de las 12 horas. Por lo que  en las tiendas de bebidas: el ‘quinqués’, carburo’ o vela cerca del mostrador, despintaba las caras de los marineros, que cabizbajos tomaban las ‘mañanas’ antes de partir al muelle; donde les esperaba el bamboleo de las traiñas, para ellos, su segunda vivienda desde que salían por la barra.

¡’Zafa y arria’!, grita el patrón desde el puente, para que el marinero que estaba junto al noray, recogiera el cabo del atraque: –¡Una palita atrá!, ¡Embraga!, ¡Una palaita a delante!–. Eran las órdenes que gritaba el timonel.  El segundo motorista, atento en la escotilla, repetía las órdenes. Cuando liberaban el entramado de cabos y embarcaciones y perfilaban la ‘barra’ decía el patrón: –”¡Avante toa!”–, para ir aminorando conforme se acercaba al ‘chispito’. Con marea baja no era fácil pasar el recodo de piedra y  banco de arena. Salvo malos tiempos o bajo coeficiente de marea, nunca supuso problema salir o entrar por la barra, porque su caudal y ‘jondura’ lo garantizaba.

Los que tuvimos la suerte de conocer el Río Barbate como refugio de tan inmensa flota, no logramos entender que tan bella historia quede cegada por la arena y  la profunda dejadez de esos llamados “desmarcadores de costa”. A ver cuando mi pueblo despierta de tan dilatado letargo y lucha por conseguir, por los menos, las antigua entrada del  Río Barbate.