Carnaval permanente
Mañana, miércoles de Ceniza, se acaba el Carnaval y comienza la Cuaresma. El Carnaval se define como un periodo de permisividad y descontrol, donde se usan disfraces y máscaras. Cualquiera diría que solo dura unos pocos días y que se acaba, porque la permisividad, el descontrol y la simulación son el leit motiv en muchos ámbitos. Vivimos en un Carnaval permanente, rodeados de relatos sobre la realidad que contradicen la evidencia; de personas que aparentan lo que no son, de muchas que no dicen lo que piensan y de otras que no piensan; de quienes dicen que harán lo que no van a hacer, y de otras que aseguran que no harán lo que realmente acabarán haciendo. Como mucho, se permite la crítica y la ironía, pero se necesita un disfraz. Como decía Oscar Wilde, dale una máscara al hombre y te dirá la verdad. Decirla a la cara puede tener un coste demasiado alto.
Vivimos dentro de una simulación y, a cada momento se nos plantea, como a Neo en Matrix, la posibilidad de tomar la pastilla azul o la roja. La azul representa mantenernos en la seguridad de lo conocido, en la ignorancia cómoda de la realidad. Mejor no arriesgarse a saber, investigar o profundizar en un problema para no perder la paz mental. Muchas personas eligen la pastilla azul cada día, prefieren un engaño placentero a una realidad cruda, y viven aceptando sin cuestionar el relato que nos venden.
Quienes eligen la pastilla roja es porque sienten que algo no encaja, cuestionan los relatos interesados, eligen informarse más allá de los algoritmos, y creen que la verdad suele ser más compleja y menos cómoda que las verdades absolutas que nos venden. Salir de la simulación es atreverse a salir de la caverna de Platón, y es un proceso irreversible. Cuando sabemos cómo funcionan la simulación, la manipulación mediática y los sesgos, todo tiene una perspectiva diferente.
Es muy complicado gestionar algo cuando las cosas no son realmente lo que aparentan y las personas no son lo que dicen ser. Dentro de cualquier organización hay intereses que pueden ser divergentes, pero necesitan explicitarse desde la sinceridad para intentar armonizarlos. Cuando se simula un interés común que no es cierto, antes o después, las máscaras sonrientes o de apariencia bienintencionada se acaban cayendo. Es fácil caer en el engaño de los disfraces que pueden usar quienes nos rodean, pero sin duda, como decía Carl Jung, el disfraz más peligroso es el que nos ponemos para engañarnos a nosotros mismos.