Ana Isabel Espinosa

Tal cómo éramos

Es una inmensa suerte el sentirte querida desde siempre hasta siempre y si bien es verdad que hay parejas que no son lo que aparentan,  al menos yo, envidio a los que sí lo son y encadenan juntos un chaquetón -a medias-
'Mátate, amor'. | Belén Poviña.

El ambulatorio del Sur es encontradero de viejos por las mañanas. Es curioso, porque las parejitas cebollonas hasta los chaquetones se los encadenan a juego. Ni Chary Arjonilla -ni yo- que ya hace mucho que pintamos canas , tendremos nunca la suerte de encadenar nada a manos arrugadas y queridas , ni a ojos que nos miren con veneración y arrobo. Se nos fueron en la vida (por distintas causas) los que nos velaban y ungían desde que reíamos con la juventud corriendo ufana por nuestras venas. Es una inmensa suerte el sentirte querida desde siempre hasta siempre y si bien es verdad que hay parejas que no son lo que aparentan,  al menos yo, envidio a los que sí lo son y encadenan juntos un chaquetón -a medias- a las puertas de un consultorio de medicina de familia.                                                                                                                                         

 Quizás sea porque lo echo de menos cada día más o porque el amor no se muere sí no lo matas, o tal vez es que llega este jodido mayo -una vez más- para enturbiar penas y corroer alegrías. Soporto mi amor callado, enrabiado y pleno de recuerdos- y olores- en idas y venidas de hijos e hija que se me hacen mayores y se me van, dejándome- como arena de reloj- un poco más sola, un mucho más vacía. La soledad que antaño fue tan querida que ni invocarla querías,  no fuera que a su solo nombre se te partiera o torciera, en cambio ahora, que nos hacemos tiempo, la soledad transmuta en deseos nuevos, en afanes que reverdecen porque nunca te fue más dolorida la soledad que pegada a una fogata con todos tus huesos reclamando clemencia.                            

Es sorpresivo ser sólo vieja, y aun así seguir enamorada hasta las trancas y desearle, quererle y dolerte después de más de ocho años muerto, como si el paso de los meses, los minutos o los segundos no pudieran con él que no se rinde a ninguno de ellos. Extraño cada día sus labios cálidos, su amor callado y profundo y esa sonrisa perenne en los ojos que lo decía todo tan claro como en el lenguaje de los perros. Las parejas que se hacen a ritmo de café de calcetín y parten almas en mitades iguales, no se acaban. Lo más se mueren, pero no de desamor o hastío, sino de tiempo encapotado en la espalda de las estaciones. La muerte- si lo pensáis bien- no es más que un papel del Registro civil con un finiquito impreso; Un acta que se convierte en acto pero que no significa absolutamente nada porque el amor se enroca y retuerce como parra de moscatel para traerte cada primavera retoños nuevos y cada otoño, sabrosos recuerdos que endulzarte los labios.               

El ambulatorio del Sur, que es el mío, se puebla mucho antes de las 9 de colas de afanados extractores de su propia sangre para analíticas veniales. Hay muchas parejas de ancianos doblados sobre el otro para ninguneo de ojos que los miran pero no los ven. Yo sí los veo y les envidio la suerte de tenerse, de pelearse a diario, de no hablarse, de dormir juntos y levantarse y que lo primero que vean sea la cara del otro,  que es lo mismo que verán- cada noche- al acostarse. Y les envidio, porque aún siento huérfana la huella de su cabeza en mi almohada, perdido el suave susurro de su respiración al lado mío o huido el tenue calor de su cuerpo arropando toda mi cama. Recuerdo cuando éramos, supongo que porque ahora tengo muy claro que solo soy yo, sin circunstancias, ni atenuantes filosóficas.