Los juegos del hambre

El jardín de Bomarzo.
Cuando uno hace de la política oficio y, de hecho, es el único que tiene, su única manera de ganarse la vida, se produce un notable deterioro porque sabe que ha de acertar y tragar más de lo que por gusto quisiera

El ruido interno que se originan en las formaciones políticas con respecto a las candidaturas, tanto sobre los que las lideran como quienes les acompañan, tiene diferente sonoridad en función de qué partido, pero  idéntica tensión. Los políticos, al margen de ese velo bajo el que intentan ocultar sus debilidades y que cara a la opinión pública colorean con ideología y, siempre, con un férreo compromiso en la lucha hacia el bienestar de la sociedad votante, son ante todo seres humanos con miedos, hijos, hipotecas y, también, vicios, algunos confesables y otros no tanto, que además sostienen su oficio gracias a dos cuestiones vitales: que sus partidos les pongan allí donde pueden conseguir un puesto de salida, que los ciudadanos les voten para conseguirlo. Lo primero no siempre depende de la capacidad o del mérito, es sabido que en política es muchas veces más fácil medrar acertando a quién te arrimes que siendo un verso suelto por mucho que se rime con métrica sabia y, lo segundo, es un brindis al sol. El ciudadano votante está tan pasado de rosca que una vez superada la vinculación ideológica que caracterizó las votaciones democráticas tras la dictadura de Franco, hoy un porcentaje elevado del voto es volátil, apoya formaciones que vienen de la nada y las derrumba con idéntica soltura. El militante con carné que está al día en sus cuotas y se emociona recordando cánticos de otras épocas, de la tonalidad que sean, es un espécimen al borde de la extinción cual ibérico lince.

Cuando uno hace de la política oficio y, de hecho, es el único que tiene, su única manera de ganarse la vida, se produce un notable deterioro porque sabe que ha de acertar y tragar más de lo que por gusto quisiera, no es solo cuestión de mérito y capacidad. Éste lo tiene el candidato capaz de arrasar en las urnas porque ha logrado una conexión divina con la gente y la gente le quiere. ¿Y por qué le quiere? Porque la gente es así. A Juanma Moreno el electorado andaluz, en general, le adora, les cae muy bien, ha hecho suyas todas las señas de identidad de Andalucía y es toda una marca, como las galletas Oreo. Y aunque haya manchas en sanidad, en educación o en vivienda, la gente quiere a Juanma y le va a votar en masa hasta el punto de que rodea una mayoría absoluta que para el PP en esta comunidad es todo un hito. Pero le quiere a él, no tanto al PP, bastante más que a Feijóo, quieren a Juanma. Cuando se tiene eso es el nirvana político, es como vivir en el harén del Sultán, son los siete niveles en el paraíso del Islam. Hay alcaldes que también lo tienen, no a ese nivel, pero lo tienen, la gente les vota, hacen bien un trabajo que por desgracia tienen más de manejarse bien en temas de comunicación y marketing que en gestión. Que la no gestión desgasta y termina por pasar factura, sin duda, pero decía una destacada dirigente socialista de esta nuestra comunidad que la gestión en sí no te hace ganar las elecciones y, aunque sea muy bestia la aseveración, tiene una base de verdad. La decisión en el voto del ciudadano está basada de una parte ideológica, otra en cuestiones internacionales, política en inmigración, sanidad, educación, economía y empleo, liderazgo del candidato, si hace un día de sol y en la playa se está mejor que votando, si cae peor el de enfrente, si el parque de al lado luce verde o dorado, si…

A la hora de confeccionar las listas la derecha y la izquierda se manejan con estéticas diferentes y, esto es así, con parecido sentido democrático, que es casi ninguno. Mientras que la izquierda lo reviste todo con un ficticio sentido asambleario, la derecha, y cuanto más a la derecha peor, no se molesta lo más mínimo y es el poder establecido quien pone, quita y ordena la lista. En el PSOE, por ejemplo, es sabido que es el César Pedro Sánchez quien en último caso lo decide todo, al menos aquello sobre lo que quiere decidir: fue quien puso a Pilar Alegría en Aragón y quien obligó a Montero a bajarse a Andalucía, a pesar de lo cual en ambos casos hubo congresos y asambleas y bla bla bla para hacer ver que era la militancia quien tomó la decisión.

Cádiz siempre ha sido para el PSOE una provincia al margen. Sevilla tiene sus cosas, entre ellas que todas las familias actuales, la del entorno de Dos Hermanas, la del presidente de la Diputación Javier Fernández, la cercana a Gómez de Celis -que también ha sufrido un varapalo en las listas al Parlamento- o la de Susana Díaz suelen agruparse ante el acoso externo; Jaén siempre tuvo un poder piramidal desde Zarrías que se ha roto ahora tras el congreso cuando Ángeles Férriz, que está estos día ferriz tras cómo se ha desarrollado la confección de listas en su provincia, decidió presentarse pese a que casi todos le pidieron lo contrario, pero Cádiz tuvo siempre un aroma especial.

Cuna del pizarrismo, del clan de Alcalá, del de la Janda, es, tal vez por su particular situación geográfica, la provincia con más carácter de Andalucía y no es por nada en especial, es por el poder de sus grandes territorios. Campo de Gibraltar, Bahía de Cádiz, Sierra y camp¡ña de Jerez. Cuando el PSOE tiene huecos para repartir viandas todo fluye con controlada estética, con sus roces, claro está, pero si hay materia prima al final los acuerdos llegan. Cuando escasea el condumio, los juegos del hambre toman fuerza y es entonces cuando aparece lo peor de la condición humana, tan humana en los humanos como en estos políticos que tiene hijos, hipotecas, sueños y, también, vicios. Y no hay que olvidar que cuando uno consigue un cargo electo tipo Parlamento o, mejor aún, Senado -se gana el doble-, cuatro años por delante, con un trabajo bien remunerado, cierta distinción social, escasa presión laboral y horarios muy muy flexibles -también obligaciones fuera de horarios-, nula presión referente a productividad, viajes y dietas y más si se logra entrar presidiendo algún tipo de comisión, la paz interior se expande y va acomodándose por cada poro y célula hasta que, dícese, se alcanza un orgasmo interior o taoísta basado en la plenitud y conexión corporal completa. Hay orgasmos hacia afuera, que vienen siendo los habituales entre humanos de genética más pastosa, y estos otros hacia adentro, sutiles y livianos. Entre la zurrapa de lomo y el pudding de chía.

El espectáculo ha sido dantesco, no es necesario profundizar en él. Los que han participado del mismo lo saben, sienten bochorno o, igual, ni eso. Pero a esto ha virado la política actual, desde el payaso de Trump haciendo el memo a diario con el peligro que lo suyo representa, a espectáculos públicos en los que unos pocos pierden el decoro y toda conciencia para el disimulo ante el temor de pasar hambre. Lo peor serán las lecciones inminentes sobre las bondades de la dieta sana cuando aún humea el aroma a panceta.