La cuota extra

El jardín de Bomarzo.
Poco se habla de la muerte, esa cabrona que nos va rondando toda la vida cobrándose piezas por aquí y por allá sin permiso

“Qué injusta, qué maldita y qué cabrona es la muerte”Carlos Fuentes.

Poco se habla de la muerte, esa cabrona que nos va rondando toda la vida cobrándose piezas por aquí y por allá sin permiso, muchas veces sin avisar porque le debe gustar el pánico que genera la sorpresa y con ello multiplica la macabra sensación de que ronda cerca y un día cualquiera de un futuro incierto vendrá flechada a por uno. No sabe que a uno le atormenta más la de un familiar o amigo que la propia, que en parte es el tránsito hacia la nada y el descanso y el silencio, que es hasta de agradecer ante tanto ruido estéril.

No nos gusta hablar de la muerte, citarla es como llamarla, seducir a la ruina y que se fije en ti como cuando el profesor siendo chicos alzaba la cabeza a ver a quién sacaba a la pizarra y uno se escondía tras el cuerpo del de delante para hacerse invisible. A sabiendas de que tarde o temprano la forzada invisibilidad sería inútil y el viaje a la pizarra inevitable, como lo es este otro. La muerte también tiene sus cosas menos malas: saca lo mejor del humano que llevas dentro porque, de pronto, valoras lo importante, sabes lo imbécil que eres alimentando la rencilla, no haciendo esa llamada que debes hacer, al tiempo que te pone en el sitio en cuanto a lo frágil que es esta vida de la que disfrutas y lo maravillosa que resulta cuando todo fluye, con mucho o poco, el abismo de siete mil galaxias que separa el caminar disfrutando del sol sobre el rostro en buena compañía a estar inmóvil bajo un amasijo de hierros porque la muerte, cabrona, te vino a buscar.

Un pueblo volcado con las víctimas, Adamuz, que se tiró al monte de noche a ayudar y esto nos recuerda lo grande que es la gente buena, que son mayoría; unas administraciones trabajando de manera conjunta y con lealtad demostrando que el interés general puede estar por encima del otro; una familia entera de Punta Umbría fallecida, padres, hijo, sobrino, pero la del velo negro no venía por la hija menor, Cristina, seis años, perdida por las vías camino a un futuro desde esa noche torcido; como Ana, con su hermana en la UCI y en busca de Boro, su perrito perdido y asustado tras el impacto y aunque perder una mascota en una tragedia como esta parezca un asunto menor, el que tiene perro entiende y llora con Ana y con todos aquellos que el destino puso en los vagones elegidos por ella. Como a todos aquellos que la vida les regaló otro tramo sentándoles en vagones vivos, en trenes con horarios para vivir.

Todos tenemos nuestros muertos, esos a los que no soltamos quizás porque dice el dicho que uno permanece vivo mientras su recuerdo aguante en una mente viva y solo se muere de verdad cuando el último vivo que te recuerda también muere. Quizás solo sea una manera de creer que nuestros muertos son algo más que ceniza y polvo: “Mi padre era jardinero, ahora es jardín”. Los humanos nos creemos especiales y seguramente lo seamos menos de lo que pensamos y de eso viene a ocuparse la muerte, nos nivela: no entiende de ricos o pobres, guapos o feos, altos o bajos, de derechas o izquierdas, te rasga como lo hace con un elefante o una hormiga, un poderoso o un señor don nadie que disfruta de su feliz condición cada minuto. A la muerte le es igual, todos los seres vivos, desde la bacteria más microscópica hasta la ballena azul de 180 toneladas, pasando por la vaca austriaca Veronika que se rasca el lomo con un cepillo y es por tanto la primera en su especie en usar una herramienta: tal vez los descendientes de Veronika lean, en unos pocos millones de años, novelas de amor o a Proust o a Dostoyevski y los humanos hayan mutado a una especie donde la idiotez ególatra les aniquile o les convierta directamente en seres menores. A la muerte le va a dar lo mismo, se cobra piezas y su única condición es que estén vivas. No más.

Qué verdad es que en los momentos de verdadero delirio como el que nos ocupa cada cual queda retratado como lo que es, quizás porque la tragedia con mayúsculas no permite recovecos tras los que esconderse y la condición humana se muestra sin velos; la miseria también. El necio tiende a ser oportunista y envilecido por su ruin naturaleza intenta hacer negocio de la propaganda. Los políticos con luces más largas se agarran a la tragedia y aguardan al momento, que llegará, pero antes hay que restablecer la vida y celebrar funerales de Estado y comportarse ante una ciudadanía especialmente afectada porque cualquiera podía ir en esos vagones y más a unos días de celebrarse Fitur cuando Aves, Alvias e Iryos van cargados hacia arriba, llenos para abajo. Pocos pueden morir escalando el Himalaya, pero en accidente de tren de alta velocidad es otra cosa, está muy a mano, nos puede pasar a cualquiera. Por eso siento que un poco en esos trenes íbamos todos, que un poco todos hemos dejado vida sobre esas vías.

Siempre pensamos que la muerte está hecha para los demás, como el cáncer, el alzhéimer o todas aquellas enfermedades raras ligadas a la genética humana. Y no es así. Te ronda y te roza, te va quitando gente a modo de aviso, se muestra agresiva otras y barre a unos cientos o miles en tragedias del clima, de locos con pistolas o en accidentes donde la explicación no es otra que vino a por un incremento de cuota. Hallaremos otra más científica, mecánica, hidráulica, metódica, química o artificial, más inteligente tal vez, pero lo cierto es que la muy cabrona se asoma cada cierto tiempo para cobrarse cuota extra.