Chico Arriaza

Marineros II

Imagen aérea de Isla Cirstina. - VH
Imagen aérea de Isla Cirstina. - VH

La ley es clara.
Todo trabajador del mar está protegido por el Régimen Especial de la Seguridad Social de los Trabajadores del Mar, dependiente del Instituto Social de la Marina (ISM). Además, el Estatuto de los Trabajadores se aplica plenamente a los marineros asalariados.

Eso significa que los marineros tienen derecho a contrato, a salario mínimo, a vacaciones pagadas y a dos pagas extraordinarias al año (una en verano y otra en Navidad).

Pero la realidad en los muelles de Isla Cristina es muy distinta.
Muchos marineros siguen saliendo sin contrato, sin saber si están dados de alta, cobrando “a la parte”, dependiendo de lo que se venda en la lonja, sin saber siquiera cuánto se ha vendido ni a qué precio.

Y eso, aunque esté normalizado, es ilegal.

El sistema “a la parte” nació hace generaciones. Era una forma justa de repartir el fruto del mar entre todos los que trabajaban a bordo.
Pero con los años se pervirtió.
Hoy, muchos marineros cobran “a la parte” sin saber ni cómo se calcula, ni qué porcentaje se lleva el patrón, ni cuánto se paga realmente por el pescado.

La ley dice que, aunque trabajes a la parte, el armador debe garantizarte como mínimo el Salario Mínimo Interprofesional (SMI).
En 2025, ese salario es de 1.184 euros brutos al mes en 14 pagas, es decir, 16.576 euros al año.

Eso es lo mínimo que debe cobrar cualquier trabajador a jornada completa.
Pero pregunta en el muelle… Y verás cuántos llegan a esa cifra. Muy pocos.
Porque aquí, si la pesca va bien, cobras algo decente. Pero si el mar está malo, si hay temporal, si baja el precio en lonja, te quedas sin nada.

Y eso no es un riesgo natural: es una injusticia humana.


Otro problema enorme es el contrato.
El marinero muchas veces ni lo ve.
Sale a faenar confiando en la palabra del patrón o en la costumbre, sin tener en la mano el papel que garantiza sus derechos.

Pero la ley es clarísima: Nadie puede embarcar sin contrato firmado. El contrato debe indicar el sistema de retribución (a la parte o fijo). Debe constar si las pagas están prorrateadas. Y el marinero debe tener una copia.


¿Se cumple? En la mayoría de los casos, no.
Y cuando llega el problema —una baja, un accidente, una jubilación—, todo son excusas y papeles perdidos.

Muchos compañeros descubren años después que no cotizaron lo que trabajaron.
Que el barco estaba en otro grupo, que faltan meses, que el patrón nunca declaró parte de la actividad.
Y lo que se ha perdido en cotización, ya no vuelve.

Por ley, todos los trabajadores tienen derecho a dos pagas extraordinarias al año: una en Navidad y otra en verano.
Solo pueden dejar de pagarse aparte si están prorrateadas en la nómina.

Pero en la mar esto se difumina.
Al marinero se le dice:
— “Las pagas van dentro del porcentaje”.
Y así, desaparecen.
Nadie sabe cuánto se prorratea, ni cuánto se paga, ni si realmente existe ese complemento.

Y así, se borra otro derecho más.
Las pagas extraordinarias son parte del salario, no un regalo. Y sin embargo, para muchos marineros, son un mito.


Todo trabajador tiene derecho a 30 días naturales de vacaciones retribuidas al año. Eso dice el artículo 38 del Estatuto de los Trabajadores.

Pero en la pesca, la respuesta habitual es:
— “Aquí, si no sales, no cobras.”

Y así se normaliza que el marinero no descanse, que viva entre mareas sin tiempo para sí, sin ver crecer a sus hijos, sin poder enfermar.
El mar no da tregua, pero el derecho debería darla.


Muchos marineros descubren demasiado tarde que no cotizaron todo lo que trabajaron.
Cuando llega la hora de jubilarse, faltan años.
El Régimen Especial del Mar permite jubilarse antes —a los 60 o 61 años, dependiendo del tipo de embarcación—, pero solo si se ha cotizado correctamente.

Por eso es tan importante que cada marinero pida su “vida laboral del mar” en el ISM. Ahí se ve si todo está al día, si el barco ha cotizado, si los días embarcados cuentan. Si no lo haces tú, nadie lo hará por ti.


El marinero es noble, trabajador y orgulloso.
No le gusta protestar.
Prefiere callar y seguir.
“Total —piensa—, todos estamos igual”.

Y ese es el error.
Porque mientras se calla, el sistema sigue igual.
Los patrones y empresas que cumplen son los primeros perjudicados por los que no lo hacen.
Y los marineros que reclaman son vistos como conflictivos, cuando en realidad solo piden justicia.

Hace falta romper el miedo.
Decir basta.
Un marinero no puede seguir saliendo a faenar sin contrato, sin sueldo fijo, sin pagas, sin derechos.


Voy a resumir lo que todo marinero de Isla Cristina debería tener grabado en su mente y colgado en el espejo del barco:

  1. Debes tener contrato y alta en el ISM antes de embarcar.
  2. Tienes derecho a dos pagas extraordinarias al año (o prorrateadas).
  3. Nadie puede pagarte menos del SMI anual (16.576 € en 2025).
  4. Tienes derecho a 30 días de vacaciones retribuidas al año.
  5. Tu trabajo cotiza para la jubilación anticipada.
  6. Si no te pagan o no te dan contrato, puedes denunciar ante Inspección de Trabajo o el ISM.
  7. Guarda todas tus nóminas y roles de embarque.
  8. No embarques sin alta ni seguro.
  9. Únete a otros marineros. La unión hace la fuerza.

Porque los derechos no se mendigan, se reclaman.


Cada día, cuando los barcos entran al puerto y las cajas de pescado se descargan, comienza la subasta.
Los compradores pujan, los precios suben y bajan, y el dinero se mueve.
Pero pocas veces el marinero sabe cuánto se ha vendido, cuánto se ha descontado o cuánto le corresponde realmente.

En muchos casos, no hay transparencia.
No se entregan hojas de reparto.
No hay contabilidad abierta.
Y el marinero se limita a confiar.

Eso debe cambiar.
La lonja, los patrones y las cofradías tienen la obligación moral —y legal— de dar claridad.
El marinero no pide más dinero, pide saber la verdad.


Las instituciones hablan de ayudas: de paradas biológicas, de fondos europeos, de programas FEMPA. Pero en la práctica, esas ayudas casi nunca alcanzan a quien más las necesita: el tripulante. El dinero se queda por el camino, en trámites, intermediarios o manos que ya estaban llenas. Mientras tanto, el marinero sigue pagando el gasoil de su bolsillo, sigue sin cobrar el mes flojo, sigue dependiendo del precio de un pescado que no controla.

Si el mar tiene vedas, debería haber ayudas justas.
Si el mar se para, la vida del marinero no debería pararse también.


Pocas cosas hay más duras que la soledad del mar.
Horas y horas en cubierta, el cuerpo helado, el sol pegando, el silencio roto por el motor y el vaivén de las olas.
Pero hay otra soledad más triste: la del marinero que vuelve a puerto y se siente invisible.

En el bar se habla de fútbol, de política, de todo… Menos de ellos.
Y sin embargo, sin ellos no habría ni mercado ni historia ni orgullo isleño.

Por eso, desde aquí, desde esta columna, quiero decirlo alto: basta de silencio.
El marinero tiene que recuperar su voz.

Yo lo viví.
No me lo contaron.
Sé lo que es salir sin dormir, con el frío metido en los huesos, con el miedo en el cuerpo y la esperanza en el bolsillo.
Sé lo que es volver vacío y que te digan:
— “Este semana 100 euros o no hay nada.”
Y aún así, sonreír y decir: “Ya vendrán tiempos mejores”.

Pero los tiempos mejores no vienen solos.
Hay que pelearlos.
Hay que exigirlos.
Y para eso hace falta unión, información y valor.


Nuestros abuelos y padres levantaron este pueblo con esfuerzo, con callos en las manos y sin derechos.
Pero ellos lo hicieron porque no había otra opción.
Hoy sí la hay.
Tenemos leyes, sindicatos, medios, información.
No hay excusa para que un marinero siga viviendo como en 1950.

Ellos trabajaron por necesidad.
Nosotros debemos trabajar por dignidad.


Si de verdad queremos cambiar las cosas, necesitamos una Asociación de Marineros de Isla Cristina, libre, sin colores ni intereses.
Una entidad que defienda a la tripulación, que se siente a negociar, que forme, que asesore, que acompañe.
Una organización que diga:

> “No queremos privilegios, solo justicia”.

El mar es de todos, pero el trabajo lo hacen unos pocos.
Y esos pocos merecen respeto, protección y reconocimiento.


Sueño con el día en que un joven isleño pueda decir:
— “Quiero ser marinero”,
sin miedo a la precariedad, sin temor a no cobrar, sin pensar que se jugará la vida por un sueldo incierto.

Un día en que el marinero tenga nómina, contrato, seguridad, cotización.
Un día en que el nombre de Isla Cristina no sea solo sinónimo de mar, sino también de justicia social.

Porque el mar da vida, pero también exige dignidad.


Yo fui marinero, y a mí también me engañaron.
Lo digo sin rencor, pero con verdad.
Y lo cuento no por mí, sino por todos los que siguen ahí, remendando redes, confiando en un sistema que a veces se olvida de ellos.

Si algo aprendí en el mar, es que nadie te regala nada.
Cada ola se gana, cada pez se pelea, cada marea se sufre.
Por eso, los derechos del marinero también hay que pelearlos.

El mar nos dio vida.
Pero ahora nos toca a nosotros darle justicia.
Porque si Isla Cristina ha vivido siempre del mar, ha llegado la hora de que el mar viva también de la justicia que sus hijos merecen.


💙 El Mar de Isla Cristina ⚓️ 💛 💙 
“Del mar venimos, y por él seguimos luchando”.