El envés del día después
Tras la ‘party despedida’ del hospital de campaña de Ifema, protagonizada desinhibidamente por gobernantes políticos de la comunidad autónoma más afectada por la pandemia, en el envés de tan inimaginable trapisonda, hallamos un sinfín de sanitarios (no sólo en Madrid) que se ha jugado literalmente la vida y que, ahora, pasado el peor momento de saturación/colapso del sistema público de salud (la suerte, como la propagación del Covid-19, va por barrios) vuelve al paro al acabarse su contrato laboral. Ha pasado lo peor, o al menos eso sostiene la estadística oficial, y en el proceso hacia la ‘nueva normalidad’, durante el largo y caluroso fin de semana del puente del 1º de Mayo, después de trotar una hora alrededor de la manzana o de pasear con los niños sin alejarte de casa, llegas a la cruda conclusión de que, a pesar de la conmoción, el drama y el estado de alarma, en la escala social de valores nada ha cambiado sustancialmente. Los aplausos repetidos de las 8 de la tarde, abreviados por intempestivos aspavientos de hojalata, terminan olvidando la lección más importante que cabe extraer de esta hecatombe: el agradecimiento no puede reducirse al gesto obligado del confinado aburrido que sale a hacer palmas como a tirar la basura un rato más tarde, sino al convencimiento generalizado por parte de la población de que una sanidad pública y gratuita de calidad, de la que nos enorgullecíamos hasta hace bien poco y que, al albur de la crisis del ladrillo, en la última década, se ha visto diezmada por recortes y privatizaciones, es una seña irrenunciable de identidad de la sociedad del bienestar que perseguimos los que todavía creemos vigente el tenor igualitarista y solidario de la Carta Magna de 1978. O dicho de otro modo. No hemos superado aún la emergencia, agravada por la falta de medios, ¿y ya nos sobran ángeles de la guarda?
Se llamaba Pedro Marín, tenía 47 años y raíces jiennenses paternas, aunque había nacido en la caribeña isla Margarita y era un médico vocacional (neurocirujano procedente de Puerto La Cruz, estado de Anzoátegui, Venezuela) al que ninguna penalidad en el ejercicio de su profesión (desde 2017 urgenciólogo en el hospital San Juan de la Cruz de Úbeda) le arrebató la sonrisa y las ganas de tararear su canción favorita: “Como buen guerrero que me importa un bledo todo lo que no sea luchar contra el enemigo que vive conmigo hasta hacerle claudicar”. Nunca le faltó el ánimo, pero cayó infectado y, pese a su lucha denodada por sobrevivir durante más de un mes en la UCI, acabó claudicando él, en la medianoche del miércoles al jueves pasado. Otro facultativo, con plaza en Jaén y residencia en Baeza, asimismo, se debate entre la vida y la muerte, desde hace más de cuarenta días, en el mismo centro hospitalario. ¿Tan frágil es la memoria?
Este lunes estrenamos una reapertura, gradual y asimétrica, en la que no nos podremos fiar/confiar. Se activa la fase 0 de la desescalada. Va costarnos reaparecer, volver a ser, acostumbrarse a quedarse con ganas. Desde hoy se retoma la actividad bajo cita en ciertos locales –véanse peluquerías y centros de estética, entre otros- y en restauración a través del servicio para llevar. La maravillosa gente de los bares y las cafeterías de Jaén se desvive por abrir, maquinando desde el telechurro, con chocolate caliente en función a la distancia, a los caracoles más veloces de la temporada. Las limitaciones de aforo contempladas a partir de la fase 1, un 30 por ciento de la capacidad total, no obstante, sume al colectivo en cábalas a propósito de la falta de rentabilidad inmediata. Subir la persiana para perder dinero desde el minuto 0. Urgen ideas innovadoras y respaldos públicos imprescindibles. En Baeza, por algo se empieza, hasta nueva orden, las terrazas hosteleras no pagarán impuestos locales hasta que puedan utilizarse en la extensión primigenia autorizada. Hacen falta ayudas, exenciones, financiación, pero más cornás da el hambre si uno no aguza el ingenio, se pone de medio lado y afronta el primer envite de la incierta desescalada a pecho descubierto. Nadie dijo que fuera fácil reencontrarse con el negado placer de la farra.