Federico Pérez

La verdad, esa especie en extinción

Lo terrible no es sólo que vivamos rodeados de ruidos constantes, sino que hemos perdido el oído para el sonido real de las cosas
Redes sociales. | Arroyo.
Redes sociales. | Arroyo.

El otro día leía en la prensa varias conversaciones de artistas onubenses que se habían enfrascado en una disputa en redes sociales con opiniones absurdas, que no les debería importar a nadie y que podrían haberse aclarado como antaño, con una charla y un café, sin las miradas justicieras de siempre, que entran a saco para alimentar de nuevo a la fiera: el odio. Este tipo de hechos es parte de nuestra forma actual de comportarnos, el enfrentamiento social, creando batallas campales entre bandos claramente diferenciados, que siendo honestos, acaban alejándose de la realidad y, con ello, de la verdad, que es lo que menos importa.

No hablo de la verdad como razón que, particularmente, “me la trae al pairo”, hablo de la verdad por la que se entra en este tipo de disputas abiertas con licencia generalizada para ofender, agravar y dañar. Este tipo de incidentes te hace desconfiar de las intenciones, dejando un claro “tufillo” confuso. Hace años que aquello que se dice en las RRSS pasó de ser “la verdad” a ser “lo que yo digo es así y punto”, costando mucho diferenciar las buenas intenciones, pagando justos por “opinadores”.

Está claro, que hacer daño es tarea fácil, sólo basta con teclear en una pantalla y esperar que los demás hagan su trabajo. Nos hemos acostumbrado tanto a las versiones maquilladas, a los filtros de la realidad, que cuando alguien dice algo auténtico lo tildan de raro, de bruto o de peligroso. La mentira ya no necesita disfrazarse, se suelta; la gente sólo debe apuntarse a dicha narrativa, la que más le guste o interese, como si la verdad fuese una marca de yogures. Lo terrible no es sólo que vivamos rodeados de ruidos constantes, sino que hemos perdido el oído para el sonido real de las cosas. Nuestra esencia dialéctica, cultural y verdadera se está diluyendo en un océano de superficialidades: “Ya no importa que no tengas para comer, importa más lo que comas”. Ya no impacta que un niño sufra, importa de dónde es el niño. Antes, discutir era un arte: se debatía con argumentos, con ironía, con respeto. Hoy, en cambio, la gente confunde el pensamiento con la opinión, y la opinión con el grito, los insultos y las vejaciones. Las palabras se muere porque ya no hay deseo de entender, sólo ganas de imponer, de ganar, de quedar bien ante otros, de sentirnos como el toro de una manada. Y lo autentico, lo razonable, se ha convertido en un eslogan. Mientras la verdad, la que huele, la que duele, la que te pone frente al espejo y nos hace crecer, se diluye entre post y tuits, quedando en el olvido.

Tal vez haya que volver a la mesa de madera, al café con alguien que te contradiga, al libro (siempre de Pábilo Editorial) que te incomoda, al silencio que te obliga a pensar. Tal vez ahí esté el cambio: en recuperar el pulso de lo vivo, de lo honesto, de lo imperfecto… y dejemos de ser una ficción mal contada.