El odio
Hay una constante silenciosa que atraviesa toda la historia humana. No es el progreso, ni la inteligencia, ni siquiera la cultura. Hablo del odio. El odio ha estado siempre ahí, cambiando de disfraz según la época. Antes se vestía de cruzadas, de inquisiciones, de verde o de guerras santas e imperios que creían tener derecho a conquistar el mundo. Hoy se disfraza de ideología, de identidad, de patriotismo o de moral superior. Pero la sustancia es exactamente la misma. A veces nos gusta pensar que vivimos en una época más civilizada, que la humanidad ha aprendido de sus errores tras genocidios, campos de exterminio, de guerras mundiales y de tantas barbaridades. Pero basta con rascar un poco la superficie para comprobar que no.
El odio sigue siendo una energía poderosa. Quizá la más fácil de activar. No requiere inteligencia, ni reflexión, ni matices. Solo necesita un enemigo, un culpable; alguien a quien señalar con el dedo para simplificar un mundo que es demasiado complejo para nuestro orgullo. Las redes sociales han multiplicado ese fenómeno hasta convertirlo en una industria emocional. Se premia el insulto, se amplifica el desprecio y se viraliza la indignación. El odio se convierte en espectáculo, en identidad y, en muchos casos, en negocio.
Lo preocupante no es solo que exista, dado que siempre ha existido. Lo inquietante es la naturalidad con la que lo consumimos dicho odio. La facilidad con la que nos alineamos en trincheras imaginarias, la rapidez con la que dejamos de ver personas y empezamos a ver etiquetas, la frialdad con la que condenamos o abocamos al fracaso a otros solo por no ser como nosotros.
La historia demuestra que cuando el odio se normaliza, el desastre es mucho más impactante. Quizá el mayor error de nuestra época sea creer que estamos inmunizados contra esa deriva. Pensar que la barbarie pertenece al pasado y que nosotros, por alguna razón misteriosa, somos más lúcidos que quienes nos precedieron. La verdad es mucho más incómoda; el odio nunca ha desaparecido, solo está esperando el momento adecuado para volver a organizar el caos. Y, por lo visto, siempre encuentra voluntarios que asuman dicho rol, eso sí, con objetivos claros que dan para que otros más débiles sean los que lo ejecuten.