Con estrella o sin ella
Hay una frase que siempre me ha resultado absurda: "Hay gente que nace con estrella y otros que nacen estrellados”. Y debo reconocer que suena bien, que entra suave, que hasta consuela… pero desde mi perspectiva, es una enorme trampa que debemos evitar. En mi dilatada experiencia, he oído infinidad de veces esta expresión u otras con la misma esencia, siendo una estafa emocional que nos contamos para quedarnos quietos sin sentirnos tan culpables o para justificar el fracaso, si lo hubiese.
Está claro que no todos partimos desde el mismo punto, negar eso no tendría sentido, pero utilizar este hecho como excusa permanente es otro tema. Particularmente me cuesta aceptar esa especie de rendición disfrazada de filosofía barata. Ese discurso del “yo es que no tuve suerte” dicho desde el sillón de su casa, esperando que la suerte le llame a la puerta como si fuera el cartero, que por cierto, no siempre llama dos veces. Y no. La suerte, si aparece, te tiene que pillar trabajando, o al menos intentándolo. Porque no se puede evitar donde naces, ni las cualidades con las que naces, ni los valores en los que te crías, pero hay algo que solo depende de uno mismo, lo que hacemos después. En esta vida, no se puede controlar lo que se tienes, pero sí se puede utilizar bien.
Es cierto que no podemos garantizar el éxito, eso no lo garantiza nadie, pero sí aumentar las probabilidades de no quedarte en el mismo sitio: formarte, currar, insistir, fallar y volver. Eso no da titulares, no luce en Instagram, pero es lo único que, a la larga, mueve la balanza de las opciones. Lo otro, jugar con el refranero popular a nuestro beneficio, es más cómodo. Es instalarse en la queja, convertirse en víctima crónica. Llorar mucho, pero moverse poco. Y lo peor no es eso, lo peor es que uno termina creyéndose su propia excusa. Se convence de que el mundo le debe algo, mientras él no se debe ni el intento; y ahí es donde está el problema.
Cuando renuncias a hacer lo que está en tu mano, le estás regalando tu vida a las circunstancias. Te conviertes en espectador de la tuya propia. Y eso sí que es estrellarse. Yo jamás he compartido ese relato; no comparto dicha actitud. Prefiero pensar que, con estrella o sin ella, lo único imperdonable es no levantarse, no intentarlo, no pelear en aquello que depende de nosotros mismos. Porque puede que no llegues donde querías, pero al menos no te quedarás donde empezaste por pura dejadez, comodidad o cobardía, y eso, para mí, ya marca toda la diferencia.