Jóvenes deshumanizados
En estos tiempos tan controvertidos que estamos viviendo, empiezo a observar ciertas carencias personales y particulares en los jóvenes que rompen los esquemas establecidos e interfieren negativamente en el sentir más humano. Mientras leo en las redes sociales a dichos jóvenes, me sorprenden con la facilidad que hieren gratuitamente, apostillando con insultos, con aspectos personales o con una verborrea agresiva y barata, que apunta más al enfrentamiento que a lograr puntos en común. Es sorprendente cómo expresan ideas y pensamientos sin sentido, que generalmente desconocen, enfrascados en batallas campales y con el único objetivo de derrotar a sus contrincantes sin ningún tipo de pudor. Ante este sin sentido, me asalta la duda sobre el tipo de educación que están recibiendo, de la formación que están asumiendo y sobre todo, de la clase de ciudadanos en los que se están convirtiendo.
No, no hablo de formación académica, hablo de valores, de emociones y sentimientos, de control y empatía, de educación y respeto, etc. Está claro, que las nuevas generaciones aprenden con más rapidez que mi generación a sumar, restar, programar, hablar inglés... pero no aprenden a sentir, no reconocen sentimientos, no saben identificar las emociones y no toleran la frustración, y desde dicha premisa, tienen una visión muy simplista de la vida, sin más miras que uno mismo y “mis propias circunstancias”. El valor escolar acaba marcado por premios cuantificables, obviando aspectos importantes que nos convierten en personas sociales, tolerantes y comprensivas, que para nada rivaliza con la competitividad, pero desde otros parámetros más humanitarios.
Desde mi perspectiva, creo en la necesidad de invertir en una educación más social, más introspectiva-reflexiva y más rica en valores. Aprender no es sólo cuestión de datos, de números y letras, es cultivar el conocimiento en todos los aspectos, que nos transforme en una civilización más humana, más cercana y mucho más empática.