La venganza

La venganza se vende como justicia poética. | Pixabay.
El sufrimiento ajeno no cura el propio, solo lo anestesia un rato. Es como rascar una herida: alivia durante segundos y luego escuece el doble

Alguna vez habréis leído u oído cómo la venganza se vende como justicia poética, como equilibrio del universo, como “te devuelvo lo que me hiciste”. Pues, siento deciros que nada de eso se asemeja a la realidad. La venganza no equilibra nada: desplaza el desastre unos metros más allá y casi siempre lo amplifica. Es un acto que nace del dolor, se alimenta del odio y acaba cobrándose intereses con sangre fría; sí, es calculadora, y tiene ese sentido malicioso que nada tiene que ver con lo épico del dicho.      

Cuando uno piensa en vengarse, suele hacerlo desde una lógica infantil pero seductora: si el otro sufre, yo calmo mi alma. Qué nos gusta disfrazar la maldad para sentirnos más dignos. El sufrimiento ajeno no cura el propio, solo lo anestesia un rato. Es como rascar una herida: alivia durante segundos y luego escuece el doble. La realidad es que la venganza no sana, entretiene al dolor mientras se reproduce. Y el problema, queridos ‘poetas’, no es solo lo que le haces al otro. El verdadero daño, el más profundo, es el que te haces a ti mismo. Porque vengarse exige una transformación. Hay que cruzar una línea moral que luego cuesta borrar. Y una vez cruzada, ya no puedes fingir que no sabes dónde está.

Además, la venganza nunca viaja sola. Llega acompañada de daños colaterales, que debemos sopesar. Dicha actitud no es quirúrgica; es una granada. Y como toda granada, explota sin pedir permiso y salpica a quien esté cerca. A veces incluso a quien la lanzó. A nivel personal, satisfacer el odio y la ira tiene algo de adicción y de eso entiendo yo un poco. La primera vez parece liberador. La segunda, necesario. La tercera, inevitable. El odio pide dosis cada vez más grandes para producir el mismo efecto y la ira acaba ocupando espacios que antes eran tuyos: tu calma, tu humor, tu capacidad de confiar. Te conviertes en rehén de aquello que alguna vez te pudo hacer sufrir.

Hay otro detalle incómodo del que casi nadie habla: la venganza te ata al pasado. Te obliga a seguir mirando el golpe, la traición, la humillación. Mientras, el otro o los otros ya han pasado página y tú sigues viviendo en el día exacto en que te hirieron, como marmota dolorida. Con esto no quiero hablar del perdón barato, ni de tragarse injusticias con una sonrisa zen, pero hay dignidades que se conservan precisamente cuando uno decide no jugar en la misma liga.  Pero no deberíamos dejarnos arrastrar por ello: la venganza promete alivio pero entrega desgaste. Promete cierre pero abre ciclos. Promete justicia pero suele dejar solo ruido y ceniza. Y cuando todo pasa, cuando la ira baja y el odio se queda sin gasolina, mejor empañar los espejos. Está claro que permitir que el daño ajeno dicte quién eres es perder el equilibrio y la propia identidad, y eso, no crea bonitos despertares.