El miedo, un inquilino fijo

“Tengo miedo”. - PIXABAY
El problema empieza cuando el miedo se profesionaliza y empieza a opinar de todo: de nuestras decisiones, de nuestras relaciones, de nuestros sueños... incluso de lo que aún no ha pasado

Hay un momento, casi imperceptible, en el que el miedo deja de ser una alarma útil y se convierte en un inquilino fijo. No entra dando portazos, se cuela, se acomoda, y cuando te quieres dar cuenta, ya no te protege: te manda y te dirige. El miedo tiene muy buena prensa cuando cumple su función original: evitar que hagas el imbécil (no metiendo la mano en el fuego, no cruzar sin mirar o no acelerar más de lo debido por la carretera que cruza el Conquero de Huelva, pero sobre todo, no confiar en quien huele a dudas; es nuestro detector más eficaz).

Pero el problema empieza cuando el miedo se profesionaliza y empieza a opinar de todo: de nuestras decisiones, de nuestras relaciones, de nuestros sueños... incluso de lo que aún no ha pasado; algo que me ocurrió con Podemos en sus inicios y actualmente con Vox, un dato curioso pero significativo. Lo que está claro es que vivimos en una época donde el miedo se ha vuelto sofisticado. Ya no es solo a lo evidente: enfermar, perder, morir, sino a cosas más sutiles: a no estar a la altura, a no gustar, a equivocarse, a quedarse atrás. Es un miedo más silencioso, pero también más persistente. No grita, susurra, y eso lo hace más peligroso.

Hace unos días daba una charla sobre el miedo y sus posibles consecuencias cuando lo dejas dominar tu vida, y observas que en general, estamos condicionados más de lo que deberíamos y desearíamos. Los miedos han ido evolucionando a través del tiempo, y este miedo moderno no te paraliza de golpe, te va recortando. Un poco menos de riesgo, un poco menos de verdad, un poco menos de ti. Te convence de que es prudencia cuando en realidad es renuncia. Miedo al qué dirán, y con ello a callar, a guardar silencio. Lo curioso es que algún que otro lo disfraza de sensatez, como si rendirse antes de empezar fuera una forma elegante de inteligencia, como si exigir aquello que te corresponde fuese otro error más, y así, aquellos que han entendido ese miedo, les pasa por encima.

Pero el miedo también tiene una virtud, te guía y señala. Donde hay miedo, suele haber algo importante, algo que merece la pena. Nadie siente miedo por lo irrelevante, por lo tanto, el verdadero problema no es el miedo en sí, es obedecerlo sin cuestionarlo. No quiero que nadie elimine el miedo, sería algo absurdo, pero debemos ponerlo en su sitio, dejándolo que hable, pero sin tomar las decisiones. Que nos advierta, pero que no mande. Porque cuando el miedo se sienta en la cabecera de la mesa, se acaba comiendo poco y mal. Que no nos paralice el miedo y aprendamos a usarlo en nuestro beneficio.