A ver si...

Manifestación del 8 de Marzo en Málga./Pablo Ruiz.
Si ves a las mujeres como productos, si no te gustan tatuadas, con piercings, empoderadas, autónomas e independientes, si te incomoda que hagan uso de su libertad, a ver si es que, en realidad, lo que te pasa es que no te gustan las mujeres

Queridos tasadores de mujeres, queridos expertos en pureza ajena, queridos machitos de saldo:

Con motivo del Día Internacional de la Mujer, quería dedicaros unas líneas. No por afecto, claro, sino por curiosidad antropológica. Porque hay que reconocer que tenéis algo fascinante: en pleno siglo XXI habéis conseguido reciclar ideas del medievo, darles un barniz de podcast rancio y salir a repartirlas por internet como si fuerais filósofos, cuando en realidad sois el equivalente intelectual a un cenicero lleno en un coche tuneado.

Os preocupa muchísimo “el valor” de las mujeres. Que si ha tenido muchas parejas, pierde valor. Que si lleva tatuajes, pierde valor. Que si tiene piercings, pierde valor. Que si no quiere tener hijos, no cumple su misión. Una escucha eso y no sabe si está oyendo a un opinador de TikTok o a un ganadero revisando una res.

La obsesión es enternecedora. Ahí estáis, hablando del “valor” femenino como si las mujeres fueran yogures con fecha de caducidad o coches de segunda mano. Y siempre con ese aire solemne de quien cree estar diciendo una verdad incómoda, cuando lo único incómodo aquí es vuestro pánico a las mujeres que viven como les da la gana.

Porque en el fondo no os molestan los tatuajes. Ni las parejas. Ni que una mujer no quiera hijos. Lo que os molesta es no ser el centro. Lo que os irrita es la mujer que decide, que elige, que prueba, que se equivoca, que disfruta, que no pide permiso y, peor aún, que no os necesita para validarse. Esa os desmonta el chiringuito mental.

Lo de la “misión” merece capítulo aparte. Qué entusiasmo os entra de pronto con las grandes palabras cuando se trata del útero de otra persona. La misión. El deber. La naturaleza. Curioso, porque esa épica desaparece en cuanto hay que repartir cuidados, renunciar a privilegios o asumir tareas domésticas. Para exigir sacrificios ajenos sois gladiadores; para poner una lavadora, ya tal.

Luego está esa fantasía vuestra de que una mujer “vale menos” por vivir. Por experimentar. Por tener historia. Como si el premio gordo fuera conservarse intacta para un señor con opiniones de bar de gasolinera y autoestima de cristal. Francamente, no es la mujer la que pierde valor en esa comparación.

Así que, en este Día Internacional de la Mujer, quería dejar un pensamiento: si ves a las mujeres como productos, si no te gustan tatuadas, con piercings, empoderadas, autónomas e independientes, si te incomoda que hagan uso de su libertad, a ver si es que, en realidad, lo que te pasa es que no te gustan las mujeres.

Háztelo mirar.