Amor geométrico
Cuando la geometría consiguió hacerse propietaria de la línea recta, comenzó a surgir en la vida una mayor esperanza en el existir perenne. Se habían acortado las distancias entre los lugares más recónditos. La recta era el camino más corto conocido, la menor distancia. La línea curva, quizás al ver disminuida su importancia, se curvó aún más hasta unir sus extremos y, cerrando la superficie, vino a ser circunferencia en sus límites y círculo en su área o superficie interior. La creatividad e invención del ser humano, se sirvió de este icono para construir la rueda y línea y círculo unieron, aún más, los lugares más remotos. Se vive el “paraíso de la unión” un amor geométrico, que mostraba la esperanza en que los pueblos no querían vivir separados. Hay una diferencia, la rectitud de la línea no muestra recovecos y a uno y otro lado de ella presenta espacio libre donde andar sin tener que pensar en el retroceso curvo. Es la superficie por dónde camina el progreso. La curva cerrada no podía -ni quería- dar paso hacía esa libertad a su encapsulada área y solo iba y volvía una vez y otra a su punto de salida inicial. Así se construyó el “círculo vicioso”.
El círculo vicioso no es un estallido degenerativo, sino una paz irreflexiva que pretende eternizar la tradición, evitando mezclar su aroma con vientos exteriores siempre contaminados de aires partidistas. La historia de los molinos de viento, muy unida quijotescamente a la de España tiene en las aspas que tornan y retornan continuamente, su centro álgido, útil y capaz de conseguir que la energía cinética del aire, pase a energía mecánica que bombeará agua o molerá el grano. En la actualidad los aerogeneradores que invaden nuestros campos consiguen la transformación de este mismo movimiento del aire en limpia energía eléctrica, un ejemplo claro de lo conseguido con movimiento solamente alrededor de un eje o punto central, En la esfera y subesferas del reloj, las manecillas vuelven y vuelven al punto inicial, cada una a su ritmo, indicándonos con su monotonía matemática el momento en que el tiempo se encuentra, sin conocer su existencia. Diríamos ahora que más que un círculo vicioso, la esfera del reloj es una superficie disciplinada e inconsciente.
La línea recta no es solo un filo de navaja difícil de deambular, sino que además hay que someterse a las leyes del equilibrio estable para impedir la herida o la caída al vacío. La acracia está tan unida al ser humano,que parece formar parte de su genética. Somos ácratas quizás por naturaleza, no nos gusta que nadie nos mande, queremos una libertad absoluta rechazando toda autoridad o jerarquía impuesta o manifiesta mediante valía personal. Nos pesa el Estado y nos atrae una organización social, sin su presencia. Aquello de que el ignorante debe rendirse ante la presencia de la cultura y está ante una cultura superior, es un imperativo insostenible. El dar a cada uno lo que es suyo y respetar el derecho de los demás, es poner límites judiciales al hecho “indiscutible” de que todos los bienes son comunes, aunque no se haya puesto ni una brizna de esfuerzo en conseguir lo que se quiere adjudicar con el beneplácito de la beneficencia interesada de los poderes públicos. Estamos enamorados de la línea quebrada donde a cualquier trazo se le da valía, con tal de que no quiera sobresalir hacía las formas cuadradas o rectangulares de una vida responsable. La línea quebrada carece de huella ante un espíritu noble. La línea curva contiene y guarda tradición. La línea recta si no nos apasionamos por ella, acabará siendo una abstracta utopía. El modernismo es de pie quebrado. El círculo vicioso es clásico, conservador, rentable y fiable, manteniendo además la capacidad serena de unión tangencial con otros de igual naturaleza. La rectitud es inseparable de la disciplina y ésta tiene su ídolo más sublime en las Constituciones de los Estados. Cumplir es progresar. Su cáncer, los mítines callejeros, los fraudes dialécticos, las leyes partidistas. Ello hace degenerar el vocablo progresismo, que tiende fácilmente a ser una carpa de subvenciones y pobreza bajo la cual cada vez se cobijan más seres humanos.
Cuántas veces hemos deseado estar dentro de uno de estos círculos viciosos, en el que fuera posible el retorno al inicio de la vida, que hubiera posibilidad de al menos dar una nueva vuelta. Pero no sé si en realidad tenemos los argumentos suficientes para ser merecedores de ello. Como tampoco se sabe, porque nadie lo ha vivido, si volveríamos a caer en los mismos errores. Volver a vivir los mismos riesgos, los hace insuperables. De nuevo vivir la ausencia de los seres queridos nos haría reos de depresiones y tristezas que ninguna primavera mejoraría. Y unas veces afortunada y otras tristemente tendríamos que valorar palabras como amor, fidelidad, fraternidad, amistad, aprecio y respeto. Decepciones o sorpresas, nos podrían hacer renegar de haber vuelto.
No es deseable la vuelta, aunque nadie quiere ver con los ojos de la vida el “The end”, el fin de la película. Una película que comenzó siendo una comedia romántica de dos personas, hombre y mujer, habitando un edén, un paraíso encantador, transformado a día de doy en una jauría de negras entrañas, donde hay un trato superficial lamioso/ripioso, donde palabras como cariño, guapa, simpática, empatía, amistad y compañerismo valen lo que el plástico que envuelve al pan que todos los días tomamos, que una vez que necesitamos comerlo la basura es su destino. La navaja, ahora lengua, la espada, ahora consignas de los que mandan, no corta cabezas, sino creatividad, capacidad, dedicación y profesionalidad, pero sobre todo cercena la evolución de todo disidente. Los profetas políticos organizan enfrentamientos ideológicos o guerreros. El dolor de la muerte lo pone la madre que ve como por el camino polvoriento marcha su hijo hacia el campo de batalla. Ver caer a un solo niño sin vida, debía ser argumento suficiente para exterminar toda posibilidad de guerra, pero comienza a no ser noticia importante o inquietante para quienes mantienen tales mortíferos armamentos. Se habla en estos casos más de la cuenta o se guarda un minuto de silencio, que moneda tan escasa para tan terrible situación, pero siempre que damos un euro de limosna nos creemos ser un espíritu excelso y damnificador.
La geometría se ha quedado sin recta, aquí como en los encierros taurinos, cada uno corre y quiebra, sin pensar en los demás. El progreso tiene más parches que la fachada de la antigua Casa de Socorro de mí pueblo. Comenzamos a pensar en imitar al caracol, salir los días de calma y sol y enroscarse en los de tinieblas y rayos destructores. Sin amor geométrico.
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