José Chamorro López

Cambios y eufemismos

La Constitución del 78 muere de indignidad, lenta pero progresivamente y sin pausa. Cada día se vulnera un nuevo articulado y no es porque sea papel mojado, sino porque es texto vulnerado, carente de hombros recios, fuertes y fieles en que descansar

No hay nada más fácil que comprender con exactitud lo que una persona siente según su modo de expresión y su empecinamiento por los eufemismos. En España se ha podido ser político liberal y misógino. Darle importancia al adjetivo calificativo (misógino en este caso) en vez de a la acción que se juzga que es el detestar a la mujer o infringirle actos violentos o crueles, establecer por ello un debate, es propio de aquellos que quieren ocultar su imperativo más soberbio con la máscara de los eufemismos de moda. La palabra “cambio”, harta de rodar por las alfombras de todo tipo de despachos y volar con alas artificiales por los espacios en que se mueven mítines y parlamentos, ha perdido su encanto y su naturaleza, dejando de ser sinónimo de transformación de una cosa por otra semejante, pero de valor y calidad muy superiores.

Los que cuentan los años de vida por décadas han convivido de modo exhaustivo con múltiples modificaciones o cambios. Creyeron de niño en el concepto de “patria”, pero han tenido que sustituirlo - cambiarlo - por el de “país” para no ser señalado como “facha”, es decir, como persona de instintos no muy halagüeños y pasado criminalizado. La bandera era el símbolo de esa patria y su respeto, ratificado posteriormente durante el servicio militar obligatorio, era ilimitado. El cambio en este concepto nos ha llevado a mirar hacia otro lado cuando la vemos que la ultrajan, la queman, la silban o la pisan y llevar sus colores en algún icono particular o lucirla en una fachada, es suficiente para ser tachado nuevamente de facha, retrogrado, insolidario y radical. La infancia de aquellos que nacieron con anterioridad al año 1975 no puede relatarse sin poner a cambio las palabras gris y triste, hambre y cautiverio.

Hablar de si hubo cambios en la España de 1939 a 1978 es solamente recordar el acoso y derribo a que los tenía sometido la religión y el seguimiento policial del régimen dictatorial. Las escuelas eran cuarteles, aunque sin distintivos ni graduaciones en hombreras o mangas en sus componentes. Todos los cambios eran restrictivos y la máquina del progreso tenía una amplia tecla de retroceso y un escaso tabulador para pasar de un espacio a otro mejor. Negro sobre negro ha sido el único color admitido por los historiadores progresistas. La falsedad existe y la exageración persiste, son como el picudo rojo, escarabajo de la palmera, que no lo ves hasta que ha destruido toda la planta. Nuestra intrahistoria reciente es falsa y exagerada y las nuevas generaciones no lo ven, porque voces insectívoras desde dentro se encargan de destruir lo verdaderamente acontecido. La verdadera y completa historia de España si sigue el camino del cambio que ya no solo se vislumbra, sino que tiene clara presencia, no la van a conocer los naturales del país , olvidando su origen biológico, se han doblegado ante los padres adoptivos.

Pero en nuestra “salada ínsula” se jugaba en aquellas calles de “chinos pelúos” y aceras de pizarras, en plazas de suelo de arenas y piedras, en las grandes superficies libres de toda construcción y en zonas de arbolado y playa. Se amaba a los profesores, la prueba de ello es que se continúa hablando de ellos a pesar de haber pasado bastantes años. El respeto a los padres tenía un carácter casi divino, se pensaba en ser de mayor como aquellos adultos de nuestro entorno más considerados y los que sacrificaron su tiempo al estudio, consiguieron su propósito independiente de su mayor o menor condición económica. No faltó la risa, ni la canción, el deporte o el enamoramiento. Blanco sobre negro y de él a los colores del espectro se hizo realidad. ¿Cuál ha sido el cambio? Niños y jóvenes indiferentes a todo lo exterior, inmersos en la pantalla de una “maquinita” que proyecta juegos absurdos o violentos, que los tiene ensimismados y no levantan la vista ni para ingerir alimentos. La felicidad sigue siendo un concepto demasiado personal, sometido a múltiples influencias, algunas de ellas burdas o infames.

La Isla desde hace ya unos años, tiene una nueva efeméride que recuerda al 24 de septiembre de 1810, inicio de la Constitución de Cádiz y ejemplo supremo del cambio que España necesitaba en aquel tiempo - aunque antes había que echar de nuestro territorio al francés - y que debía ser definitivo, aunque con la evolución que los tiempos exigen. No fue así y se sucedieron un determinado número de constituciones. Un día acabó el considerado “mal de España”, la dictadura, y sin una preparación educacional para ello a la sociedad se le indicó que habría un cambio radical en su vida. Volvería la alegría, la libertad, la elección o no de la creencia que se decida, dialogar sin ningún tipo de imposiciones restrictivas, ser el individuo el pilar básico de donde emana el poder gubernativo y tener cada uno de ellos, sin ningún tipo de exigencia, la posibilidad de ocupar uno de los mandos de su nación. Todo estaba en votar “sí”, a la existencia de una nueva constitución.

Nos lo creímos totalmente. La Constitución de 1978 era el compendio, el libro con carácter inviolable y casi de tipo sagrado que regiría la vida del pueblo español, que lo aceptaba con verdadero júbilo y algún que otro jolgorio. La vida media de las personas ha crecido a cifras que el ser humano no podía creer y va con los descubrimientos que casi a diario se producen, en vías de aumentar exponencialmente. Pero los textos van por camino inverso y lo que hoy es realidad y devoción, mañana y según los intereses de los que tiene poder para realizarlo pasan a ser objetos obsoletos e impíos. La Constitución del 78 muere de indignidad, lenta pero progresivamente y sin pausa. Cada día se vulnera un nuevo articulado y no es porque sea papel mojado, sino porque es texto vulnerado, carente de hombros recios, fuertes y fieles en que descansar. Los incansables “decretos/leyes”  han sido los eufemismos que han dejado fuera de lid su directorio institucional. Se habla de ella como del ser humano que ha perdido poder cognitivo por mor de su patología involutiva cerebral.

El gobierno actual o los venideros no quieren protuberancias. Para ello cuentan con el rodillo que su poder representa y que puede aplastar. Una sociedad estructurada piramidalmente y constituida por elites con gran capacidad intelectual o moral, es mas un delito que un pecado. La mediocridad se ha implantado como forma normal de vida. Ser mediocre, vulgar, falto de valores y sin bagaje cultural de aprecio es condición que más bien abre, que cierra puertas para aparecer en una lista electoral. Pero si te votan entonces hay un eufemismo físico que te transforma en un ser inteligente y de excelsa profesionalidad. Se crean estados torpes, sin ideas de administración o dirección, pero sobresalientes en engaños, insultos o falsos testimonios. La ignorancia gubernativa es el asfalto que se pisa bastantes veces en el camino hacia los enfrentamientos armados.

Luego aparecen los crímenes que la locura humana permite y justifica, que son las guerras y solamente los inocentes y sus madres, sobre todo, sufren y siente de modo perdurable e irreversible, mientras los que debían de exterminar tales hechos, entretienen su tiempo pensando en que si lo que se produce en estos conflictos armados es o no un genocidio, como si esta palabra tuviera la facultad de devolver la vida a los caídos impunemente. Nunca nos libraremos de este modo de los genocidas y siempre habrá poetas que los ensalce, como hemos visto y vivido en nuestro suelo patrio. Y siempre habrá un pleno constitucional que le asigne a estos juglares, que su nombre lo lleve una calle, una plaza, un estadio o una universidad. Eufemismos incluidos.