Cosas de La Isla
Si el pasado fue, pero no volverá a ser. Si el futuro no es hasta que se hace presente y el presente es un instante que quiere ser la realidad concluyente y fugaz de ambas expresiones, la duda siempre será en qué lugar ubicarse. El presente es amor de un día, el futuro es platónico amor, el pasado es el amor romántico. Si los tres son amores, los tres son dignos de ser guía de nuestra existencia. El inconveniente siempre es el mismo, el querer sobresalir individualmente a costa de la ausencia o nulidad de los otros. No es la ilusión del español el ser jugador de equipo, sino perla de océano, habitando en moderna concha y con progresista embalaje. Pero la modernidad y el progresismo no es amor, sino deseo, y el deseo siempre tiene los días contados, siendo precisa su constante renovación.
Esta obsesiva necesidad de renovación es la que nos hace creer que vivimos una etapa, un tiempo muy superior a todo lo acontecido, que nuestro siglo actual desvaloriza todo tiempo pasado, que lo moderno comienza hoy y el ayer sucumbe a diario, decrépito. No sé hasta dónde llegará esto que expongo en los animales, porque ahora la hipérbole está en las mascotas, pero lo cierto, lo real, es que el recuerdo y su recinto residencial, la memoria, es la única huella imborrable de que el pasado ha existido y que además tiene la facultad de regresar al presente virtualmente, que también es forma de vida, cada vez que nuestra conciencia lo repasa. No es solo que se considere que precisamente “todo tiempo pasado fue mejor”, como dijera Jorge Manrique, sino que existió algo que no puede retener el presente y considerar como suyo el futuro. De ahí la importancia de “lo clásico”.
A veces se aúnan sentimientos pasados que dan evidencia a lo que estoy comentando. Por razones de la profesión subía con frecuencia la calle Vicario (Requetés de España en mi juventud) y pude vivir “paso a paso” la decadencia y demolición de aquel cine construido sobre un solar rectangular conocido como la Plazoleta de la Privadilla., inaugurado en 1928 y donde primeramente se había proyectado una película sonora en toda la provincia, que finalmente fue conocido con el nombre de “Cine Salón”. Hoy he evocado su trágico fin porque su recuerdo se ha unido al de un cantante que siempre ha sido y será - indefinidamente - mi ídolo. El malagueño Antonio Molina de Oses. Fue un día de mi juventud y en esta sala de proyección donde lo vi por primera vez en un cortometraje cuyo título era “el macetero”.
Aquella voz de afinación impecable, enorme agudeza y lo verdaderamente excepcional, un falsete prodigioso, me cautivó para siempre. Voz única e inimitable. Viví sus triunfos y lloré su decadencia, de la que pude ser testigo en dos ocasiones, una de ellas en un teatro instalado en plena Feria de Abril de Sevilla allá por los últimos años de su deambular por los escenarios, donde el disimulo que el arte le podía ofrecer no era suficiente para enmascarar las deficiencias enormes de su voz. Sus alvéolos e intersticios pulmonares fueron víctimas de la fibrosis que arruinó su aparato respiratorio. En otra ocasión y en el último tramo de su vida, ya unida definitivamente a la oxigenoterapia mecánica de la que le era imposible desprenderse, se le hizo una entrevista en TV y el presentador, con gran cariño, le pidió: “Antonio cántame algo, aunque sea muy corto”. No pudo y no olvidaré nunca la tristeza con que dijo la frase “que yo no pueda cantar, con lo que he cantado”.
Hoy quiero decirle a Antonio que seguirá teniendo un oído tan fino como su voz, allá donde esté en el infinito Reino de Dios, gracias, gracias por todos los sublimes sonidos por ti emitidos, pero sobre todo por haber paseado con tu voz por todo el territorio nacional y por los países extranjeros a los que tu arte ha llegado y se han proyectado tus películas, el nombre de mi Isla, de San Fernando, con aquella letrilla: “las murallitas de Cái/ya las están derribando/se ve desde Puerta Tierra/la isla de San Fernando/la Isla de San Fernando/ que es lo más bonito que tiene el mar”. Juana de Ibarbourou con su poema “La higuera” le dio a este árbol la ilusión y la belleza que creía no tenía ante los demás.
Con esta canción el malagueño le comunicó a todos estos lugares que he citado, la belleza y alegría que nuestra isla posee y que a veces los isleños por una “racanería” que roza un escepticismo estúpido no sabemos comunicar, porque o lo hacemos como un pregonero que oculta con su grito una deficiente mercancía o. como ahora nos estamos acostumbrando a nivel nacional, pedimos perdón por haber realizado hazañas que otros todavía sueñan con conseguir. Viví igualmente la progresiva caída hasta su demolición en 1995, del “Salón de Cine”, nombre original del Cine Salón. Cómo sufrió al igual que “la falsa monea”, el ir pasando de mano en mano, hasta tener que soportar el ultraje de ser convertida en almacén de muebles, aquella sala tan singular, tan familiar, tan cálida y tan cariñosa, cuya renovación continuada habría sido el deseo de todos los isleños y la tendríamos a día de hoy entre nosotros, pero se pensó en futuro, desde el presente y sin tener en cuenta el pasado y además se fue con ello una de las más bellas historias de La Isla, porque esa sala de proyección fue además un verdadero “templo romántico”.
En ella por primera vez se entrelazaron mis manos con las de aquella niña de ojos de ensueño y trenzas de seda que caían sobre un busto que iniciaba su camino hacia la belleza. Fue una de las múltiples manifestaciones de amor que aquellas paredes observaban función tras función y que fueron testigos de tantos susurros amorosos y de uniones que perduraron y perduran hasta la actualidad. Cómo olvidar ese cine, como tampoco podré olvidar aquel beso en la mejilla bajo el plafón de cerámica y la triste luz de bayoneta de las esquinas isleñas, saturadas de “salitre de amor” que el levante incrusta en su cal.
Lo único que me alegró de su demolición fue el considerar que es mejor perder la vida que arrastrar la dignidad por mantener el aliento, hecho al que el progreso está muy acostumbrado. Si, quizás haya que darle la razón a Jorge Manrique, no porque cualquier tiempo pasado siempre sea mejor, sino por considerar que el pasado tiene raíces de hiedra capaces de escalar muros, fachadas, pedestales, claustros y torres de palacios. El presente es verdad que tiene color verde, de esperanza, pero se trata de un césped de débiles raíces y tallos que para lucir, precisan del corte continuado de su vida, de sus hojas, lo que le anula libertad y creatividad, que no es precisamente el abono que el imaginativo “suelo del futuro” precisa. Y quizás ser y vivir por y para La Isla sea la elevada promesa que haga que nuestro futuro deseable, sea un día presente y pasado real de nuestra historia íntima.