¿Para cuándo el cambio?
El porcentaje de personas de este país que está de acuerdo con que la sociedad precisa de cambio quizás sea abrumador, pero las condiciones en que este cambio debe realizarse ya no reúnen una mayoría, sino que se desliza por planos, las más de las veces inclinados en sentido descendente y con caracteres claramente diferenciales.
Lo primero de todo es considerar que el cambio, por el mero hecho de cambiar, puede fácilmente dar paso a la injusticia y esta se sumerge de buen agrado en el mar de la tiranía, mostrándose como mutaciones patológicas que agitan y desordenan una nación. Nos hemos acostumbrado a discernir y debatir los problemas respondiendo con gritos, insultos y aspavientos al opositor, con argumentos que recuerdan nimiedades o auténticas majaderías. Estamos en época en la que actuar despiadadamente, de modo atroz, es la norma y el actuar (o no actuar) de forma inútil o ignorante puede colocarte en un pedestal o rótulo de calle o alameda de modo indefinido. Es la expresión de una pobreza que, al contrario de la penuria económica, no se arregla limitando los gastos, sino enriqueciendo todos los medios socioculturales disponibles.
Hay diez años fundamentales en el existir de todo ser viviente, los que van desde los seis a los dieciséis, tiempo de obligatoriedad en enseñanza y educación. Educación Primaria de los seis a los doce años y Secundaria Obligatoria de los doce a los dieciséis. Años decisivos en que todos los adultos, sobre todo los que ostentan cargos socioculturales/políticos, se ponen muy serios para indicar lo fundamental que es la Ley General de los Derechos de niños y niñas y adolescentes. El derecho a la vida, a la supervivencia, al desarrollo, a la prioridad, a vivir en familia, a no ser discriminado, a vivir en condiciones de bienestar y desarrollo, a la integridad personal libre de violencia, a la protección de la salud, a la educación y al ocio. Pero se contrarrestan todos estos “privilegios” con los deberes que llevan consigo y que son imprescindibles para una auténtica formación, porque si bien tenemos derecho a la vida, a la supervivencia, etc., etc., hemos de ser conscientes de que la vida se nos da, pero luego hay que hacerla y eso es esfuerzo personal, que la buena guía de la educación muestra la vereda cierta para llegar a conseguirlo, porque a partir de los dieciséis años o seguimos los estudios de bachillerato o seguimos la Formación Profesional, o más tarde continuamos los estudios en Educación de Adultos o sacamos el título de graduado en ESO.
El absentismo tras la edad citada ya no penaliza, y una libertad mal interpretada nos puede llevar a la falta de titulación y aunque es cierto que sin títulos también se vive y se triunfa, no es menos cierto que en la mayor parte de las ocasiones arrastramos con depresiva nostalgia esta deficiencia que nos puede llevar, a no ser que concurran habilidades especiales físicas bien retribuidas, a no poder conseguir más que empleos precarios, no cualificados y mal retribuidos y seremos envidiosos, pero no envidiados, aunque ninguna de las dos cosas son recomendables.
Este que he descrito es el cambio esencial que la sociedad precisa, el “cambio educacional”; con él la personalidad siempre caminará por terreno firme y bien asfaltado, evitando andar sobre el terruño suelto, porque en él es muy fácil la caída, que siempre produce risa y satisfacción en aquellos que intentan impedir que se den pasos hacia adelante y martillean toda emergencia sobresaliente.
La actualidad exige el despertar de las conciencias. Es preciso saber que la pértiga o “vara larga” es narcisista y soberbia, que el cirio esclaviza y que la indumentaria o cargo se utiliza para cubrir deficiencias o falta de transparencia, sinónimo de engaño. Nunca hubo tal profusión de ignorantes, es decir, de aquellos que creen saber de todo o, mejor dicho, lo que no saben es como si no existiera y además no les genera dudas. Permanecer callado a día de hoy, con lo que hay y lo que se avecina, es silenciar los ecos de la verdad y germen de la injusticia.
Pasaron las elecciones andaluzas. Ocurrió prácticamente lo que se esperaba. Las encuestas estuvieron muy cerca del acierto total. Como siempre, ni se sabe ganar y mucho menos perder. Sin mayoría, el sabor agrio de la decepción se impone en el paladar de los que solo tienen sabor para implantar su santa voluntad. Gobernar no es imperar, sino administrar, pero las cabezas siguen embistiendo en vez de pensar, no hay paso adelante. Perdedores nunca hay. El que menos riqueza votante tiene o ha conseguido el nivel más bajo de participación a su favor cubre su deceso con el manto del fracaso de los demás y siempre encuentra un lugar para herir al adversario que le ha sobrepasado. El votante nos interesó hasta el día de la votación. Tras ella es de nuevo un bulto colocado en la estantería adecuada.
La composición del nuevo gobierno solo interesa a los que luchan por conseguir un cargo. Los demás bípedos soportan sobre sus hombros el peso de hacer funcionar la maquinaria del Estado. Obediencia y silencio. Para escándalo ya están los parlamentos y la vida política donde cada semana sorprende un nuevo episodio de corrupción, de intento de desacreditar los cimientos del Estado o de violencia que se intenta "dulcificar" con minuto de silencio y aplauso, porque la presunción de inocencia, el derecho al silencio o al engaño en las declaraciones judiciales y la falta de escrúpulo o reconocimiento del mal realizado deben estar por encima de lo que marca el fiel para definir lo justo.