Detalles de gran país
Albert Einstein no necesita presentación. Ni él, ni su teoría de la relatividad, pero no hay que olvidar que Emmy Noether, quizás la matemática más destacada del orbe, que ideó lo que se conoce como "teorema de Noether", con sus conocimientos, validó la teoría de Einstein, demostrando que las leyes físicas fundamentales son sólo una consecuencia de simetrías simples. Se cuenta, no hay evidencia clara de ello, pudiendo ser un mito, que Marilyn Monroe dijo a Einstein. “podríamos tener un hijo juntos, sería tan guapo como yo y tan inteligente como tú”. Albert le respondió : “Sí, pero si heredaba mi belleza y tu inteligencia”, dejando entrever que no sería lo mismo. Fue una especie de sarcasmo del sabio, que desconocía sin embargo que el coeficiente intelectual de Marilyn era de 165, frente a los 160 suyos. Es decir, era superior al de Einstein.
Las “horas bajas de Cristo” no fueron ni en el “litóstrotos” patio donde le azotaron, ni en el Gólgota, donde le crucificaron. Al menos, en este país, es ahora donde vive sus momentos más abandonados. Ser laico, ateo, agnóstico o rechazar adoctrinamiento --excepto para ideales políticos- se ha puesto de moda. Ser progresista es estar en las antípodas de las creencias. Relativizar con argumentos bodrios y frívolos es la forma de debatir de filisteos, personas materialistas y hostiles, frente al verdadero discurso cultural de los fieles de creencias determinadas La ignorancia es el duende -el halloween diríamos ahora- de los sentimientos, la verdadera cerradura de la celda de la mediocridad. En la actualidad no se discute cómo podía tenerse un hijo con mejores características intelectuales y físicas, porque el narcisismo existente considera que no puede haber un ser que lo supere. La sociedad y sus dirigentes empiezan a mostrarse ignorantes en el sentido volteriano, que indicaba “son tan ignorantes que creen saber de todo”. Son los expuestos dos ejemplos contradictorios de generaciones separadas por el caudal del río de la vida que deja una orilla de gran frondosidad, frente a otra de juncos tan altivos como estériles.
¿Qué lodos arrastra la corriente -vida- actual? Son tan varios, tan diferentes y tan absurdos, a veces incluso peligrosos, que ya no se sabe cuál de ellos tiene prioridad. Si nos atenemos a los últimos días o semanas, derribo de verdades religiosas, perdón o circo, son los términos más manoseados.
Ya lleva un tiempo conociéndose el problema que sufre el sacramento de la “confesión” y que su decadencia no tiene especial relación de comienzo con el Concilio Vaticano II, aunque en la época de los setenta fue muy intensa. Las estadísticas son demoledoras. Solo el 5 por ciento de los católicos se confiesa regularmente. Un 77 por ciento admite no hacerlo nunca o casi nunca. Entre los que acuden habitualmente a misa la mayoría no se confiesan ni una vez al año. La confesión se presenta con algo irrelevante, rutinario e incómodo, pero su desaparición afectaría a la esencia de la vida sacramental católica. Se ha pasado de rito habitual, cotidiano a costumbre que se está abandonando. Lo peor es que parece que no interesa el problema o no se quiere afrontar. Sin embargo, el ataque a la libertad religiosa es en el 85 por ciento de los casos a cristianos y de ellos el 75 por ciento a católicos. Se intenta romper la inviolabilidad del secreto de confesión que es perpetuo y existe siempre, aunque el sacerdote renuncie a su compromiso con la iglesia. Las mujeres piden el sacerdocio. Los políticos quieren que se denuncien los crímenes y abusos sexuales, expuestos al confesor para proteger a las víctimas y hacer justicia. En síntesis, se precisa con prontitud un esfuerzo coordinado entre jerarquía eclesiástica y fieles, cuyo ejemplo es fundamental para que la confianza en los ministros de la iglesia vuelva a ser inviolable.
No soy amigo del perdón continuado que hoy tanto se valora. Hay tanto cinismo en el mismo como malicia en el insulto o agresión, sea verbal o física. La recidiva en los hechos que vulneran la libertad e integridad de los individuos tiene la misma morbilidad -y a veces mortalidad- que la repetición de los brotes tumorales malignos. Para pedir perdón hay que estar totalmente seguro, que el agraviado no puso también sus armas provocadoras o hirientes pero que, al ser vencido, cree que tiene que ser reconocido como el justo y honrado frente al malvado agresor. No podemos ir por la historia de rodillas. No hemos hecho nada diferente a otras naciones que se pasean sin haberse propuesto nunca genuflexionarse. No se trata de “mal de muchos, consuelo de tontos”, sino consuelo de tontos el perdonar los males que otros deliberadamente nos achacan. Más que medir hay que estudiar la historia en el contexto de la época en que ocurrió y como, al que creen con más poder, los traidores le incitan a atacar a los que consideran sus enemigos, pero que jamás se atreven a enfrentarse solos, ante ellos. Somos una gran nación, aunque sometida continuamente a “radio quimioterapia”, porque hay zonas tumorales que ponen en peligro la integridad. Alguna vez iremos juntos defendiéndonos, y seremos una patria sana, más feliz y verdaderamente progresista, sin necesidad de pedir perdón, ni limosnas, para constituir un fuerte Estado.
Desde que los leones por la Ley de Protección de los derechos y bienestar de los animales han dejado de actuar en los circos, el mejor espectáculo del mundo que se ofrecía bajo su carpa, tiene un vacío de valor, coraje y riesgo imposible de sustituir. Ahora los leones son de frío componente orgánico o de material inerte, faltos de vida, inútiles de expresión y sin el rugido que estremecía, pasando a ocupar los bioparques -porque llamarles parques de fieras sería insultante- o como figuras inanimadas en los portales de edificios oficiales. Estos últimos se han librado del circo, pero no de escuchar enfrentamientos circenses, ni observar diariamente el paso de los protagonistas de los mismos. Y no hay ley que les proteja de estas aberraciones sonoras. En el circo, al menos, escuchaban los aplausos a una labor muy profesionalmente realizada. Hemos arreglado la situación circense, ya no hay espectáculos denigrantes o estresantes, pero nos sigue faltando el “pan ilusionante” cuyo “mana” sea capaz de alimentar nuestras esperanzas de que algún día seremos una nación, adulta y razonable, serena y verdaderamente progresista -como antes he citado- que sepa discernir entre lo que son payasos -profesionales de la sonrisa, dignos de admiración- y esperpentos - hechos de características absurdas, grotescas y ridículas, como los vividos en nuestro país días atrás. Einstein y Marilyn eran únicos en lo suyo y deben sernos ejemplares.