La doble muerte de Dios
El tumulto ha comenzado. Se trabaja intensamente en los almacenes de las cofradías. La llama iluminadora busca en el cirio y las rizadas velas al mártir que consume su vida para que ella luzca. El tambor es el estruendo organizativo de la marcha cofrade y el aire sufre una mágica transformación y se hace sonido y melodía al pasar por los estrechos canales metálicos de las trompetas. Las pértigas recobran su imperativo lujo e importancia. Las imágenes que han hibernado en el silencio de los templos aceleran su corazón virtual ante el traslado que le hará abandonar su hornacina. El capirote antifaz cónico que apunta al firmamento cubre rostros de sentimientos diversos y sentimientos diversos que no debieran cubrirse. Cogerse el paso para evitar pisotones indeseables obliga a los que dan vida a los amorfos y "sólidos pasos cofrades" a entrenar en estos días de pródromos pascuales. El pueblo está de compras. La semana cofrade pide estreno de indumentaria para lucir desde el Domingo de Palmas. La parafernalia se siente importante "influencer" y los badajos de las campanas esperan tener libertad para producir sus bronceados cánticos. La efeméride prepara su comienzo.
El púlpito o bien ha desaparecido de la nave central de los templos o ha quedado como recuerdo arquitectónico porque no se soporta la barrera física que condiciona, ni la elevada altura que el predicador consigue al utilizarlo. Lo ha sustituido el atril, en espacio totalmente abierto y sin (o con escaso) desnivel, para que la mediocridad no sufra de "mal de altura intelectual", sino que se quede en su acomodada acondroplasia ignorante. Pero ni el púlpito ni el atril han sido suficientes ni capaces de evitar la fuga del "pregón pascual" a los teatros, atraído por la oficialidad representativa socio-política y por el marco que el escenario representa para la pintura colorista de exagerados trazos de realismo que la disertación en tal lugar impone. Para los fieles el lugar para recordar lo ocurrido a Cristo en esa "Semana de Pasión" - que no precisan llamarle pregón - debe estar en los templos y oficiado por religiosos vocacionales. Es decir, debe haber dos pregones, el de los templos y el de los teatros. Fe y fiesta.
Los pueblos o ideas que manosean tanto la palabra "progresista" no parece que crean que es el trabajo el medio más propicio para conseguir ese progreso, porque recorren calles y plazas exigiendo que la jornada laboral se acorte cada vez más. Ya el quinto día de la semana -viernes- después de mediodía, sólo se piensa en encontrar lo más rápidamente posible el escaqueo de la puerta de salida. Los puentes cada vez son más largos y sólidos, nos hemos hecho hábiles arquitectos. El mes veraniego de asueto es infalible e intocable. Pero además añadimos dos periodos que dan lugar a tres semanas más de vacaciones relacionados con hechos religioso cristianos, Semana Santa y Navidad. He aquí lo curioso, o somos todos íntegros y pulcros de conciencia y unos, los laicos, indiferentes o ateos, renunciarían a estas últimas vacaciones religiosas y otra, los cristianos rehusarían a tener privilegios laborales en relación con su tendencia espiritual. Pero el cinismo es el martillo que golpea al yunque y que además quiere que su ruido lo percibamos como canción.
Cada año se nos muere Dios en una semana primaveral. Repetición de la original, que fue modelo de traición, cambio de humor en la turba, engaños, miedo a la pérdida de poder y ganancias de sacerdotes y pretor. Odio en las manos que flagelaban, ensañamiento entre maderos y el buscar en líquido noble y transparente, el agua, el elemento que lave y borre de las manos las huellas asesinas. ¡Pero si Dios había muerto! En Zaratustra y la Gaya Ciencia, Nietzche lo había metafóricamente anunciado a la vista del debilitamiento de la fe cristiana y de los valores trascendentes de la sociedad.
Se abren las puertas de los templos el Domingo de Ramos. La "misa de palmas" aglutina en las iglesias tal cantidad de "fieles" que las columnas temen el poder padecer una "lipotimia emocional". Calles, plazas y avenidas al atardecer saturadas de público esperan la salida del Hijo de Dios triunfante a su llegada a Jerusalén. Es la única ocasión en que se verá su cuerpo y su rostro libre de cruentas heridas o hematomas. El noble burrito soporta la divina carga. Comienza el largo camino de la tragedia. Al pueblo le encanta toda la parafernalia que rodea a este criminal drama. El laicismo se oculta en su resentida madriguera. ¿Quién diría que el pueblo y su gobierno no son creyentes? De la alegría a la cruz en cinco días. Hebreos (judíos) y romanos cumplen lo sentenciado y con la crucifixión acaban con la naturaleza humana del Nazareno, pero no contaban con la "garganta del cantaor" que con su agudo y sensible quejido anunciaba que era hijo de Dios: "pueblo bárbaro, ¿qué pides?/¿qué voceas?/ ¿qué pretendes?/ la sangre del creador/ estará sobre ti siempre/ "y dos días después, el domingo, la naturaleza divina hizo el milagro de la resurrección.
Pasó la fiesta. Los templos siguen abriendo sus puertas, las visitas son escasas. En el interior un silencio de grave ausencia que deja oír el chisporroteo de alguna lámpara de cera. Se sucede rítmicamente el "ora pro nobis" de las Letanías Lauretanas en las ocho gargantas que asisten al rosario. El Nazareno tiene delante una madre de negra vestimenta que le reza por aquel hijo que un día vio marchar, uniformado, de la casa, para participar en una guerra de la que no volvió. El tumulto ha regresado a su hábitat natural. Ahora sí se va a la iglesia con frecuencia, se soportarán los vocablos, capillita, beato, facha o retrógrado. No habrá ningún icono religioso en sedes oficiales y seguirán las discusiones sobre cuándo deben recibir los sacramentos los jóvenes, cuando deben conocer la historia de las religiones y sobre todo acorralar el cristianismo en escuelas y aulas porque se considera insolidario con lo que hoy se llama "plena libertad".
De nuevo volvemos a ser ateos, laicos o indiferentes hasta la Navidad en que nos da por la fraternización, la amistad y la familiaridad durante unos quince días. El pensamiento razona: "Dios ha muerto". La existencia humana es realista, vive el presente, sin importarle el futuro. Los valores humanos están en los intereses particulares de cada uno y en el sueño de verse citado en alguna "lista Forbes" como millonario, aunque solo sea de la vecindad en que tiene su domicilio.
El medio de conseguirlo es lo menos importante. Se presume de nihilista, de tener clara visión de que la existencia humana carece de significado y de hacer de la negación el óptimo argumento para ser considerado progresista y persona muy acorde con el siglo en que vive. La irracionalidad es el lema y la doctrina. Pero el reverso de la moneda está en las cabeceras de la cama de los hospitales, cubiertas de estampas de santos, de los que se espera la curación que la ciencia y el ser humano en su libre albedrío no puede solucionar. Siempre hay algo peor y en este caso es el del individuo que presume de ser "creyente, pero no practico", es decir, creo en Dios mientras no me cite que hay unos mandamientos y sacramentos que es ineludible evitar si se quiere ser seguidor de Cristo. Palabras bonitas las que se quieran, pero obligaciones, ni una. Como decía el torero que llegó a gobernador civil "degenerando es como se llega a esto". Mientras tanto Dios espera, aunque hasta ahora solo recibe como dádiva desinteresada, noble y transparente, la saeta y el villancico. La religión no es del pueblo, las cofradías digamos que sí. El Dios que se da por muerto es el Dios que este pueblo ha moldeado, sin ningún vínculo con el que se crucificó en el Gólgota. Aquel dio su vida por salvar la nuestra. El que sacamos a la plaza quizás frunza el ceño ante la farsa existente.