José Chamorro López

El bastón de mando

El amor es la fotocopiadora que el Creador utiliza para que la estirpe humana se haga permanente

No nació el ser humano para vivir en soledad. Lo comprendió pronto y comenzó a organizar su vida y la de la sociedad que construyó en relación con los demás. Sin organización no se evoluciona, no se progresa, no se descubre, no se inventa, no se quiere, ni tenemos a nadie que nos quiera. Cuando hombre y mujer pensaron en la necesidad de organizarse, ya había anidado previamente en su conciencia la idea de que se precisaba un pedestal que sostuviera, dándole gran solidez a la pretendida institución. El orden fue un pensamiento previo a la organización. Ambos tienen la obligación de ser aliados inseparables, si se quiere conseguir la mayor eficacia en los proyectos que la inteligencia humana idea. Luego apareció un tercer elemento, el hábito, el “hacer diario”.

Ello nos define, somos lo que hacemos repetidamente, la excelencia no es un acto, es un hábito, decía Aristóteles. Organizar es un quehacer diario. Orden es poder. No estaban faltos de amor estos primeros seres humanos, ni de imaginación. Esta última les hizo crecer su conocimiento, pero sin perder nunca su protagonismo. Así nació la creatividad y el arte. La vida comenzó a presentar a más de sus paisajes y variedad de la existencia animal y vegetal, la abstracción y el éxtasis, Aparece la canción y los instrumentos musicales que la acompañan, flautas de hueso de ave o de marfil de mamut (elefantes), caracolas, cuernos o tambores de arcilla. La música empareja las palabras en un matrimonio rítmico y la poesía no se hace esperar. Reina el amor primitivo, sencillo, libre, sin ley que lo amarre, de retinas brillantes, guiños de deseo y mirada de encanto.

El amor es la fotocopiadora que el Creador utiliza para que la estirpe humana se haga permanente. La sociedad organizada dicta sus primeras órdenes (leyes), imprescindibles e inviolables, el respeto a la propiedad individual y a la vida del prójimo, a su completa seguridad. Su cumplimiento da luz a la aparición del “ejemplo”, una de las cualidades más sublimes que debe poseer un ser humano, que se tiene como tal. Salirse por la tangente, no cumplir estas normas hace crecer la mala hierba del caos, el desorden y la anarquía. Hubo que crear el martillo del juez y el libreto del primer código penal. La “Ley del Talión” fue su expresión definitiva. Hablamos de luces y sombras en los seres humanos. Si, la metáfora es atrayente, pero da más claridad al referirse a la presencia de maldad y bondad en las relaciones entre las personas.

La maldad existe, porque si no, no hablaríamos de bondad. En relación con que causa la definiríamos. La virtud es la semilla de la bondad, pero cada vez es más difícil saber en qué supermercado humano la expenden. La maldad tiene su semilla en la ignorancia algo más abundante que el jaramago en primavera. El idioma que es la delicia más noble que une a las personas, cuando se convierte en obsesión u obcecación, destruye. Tener presente este  aserto, es fundamental. Los siglos pasan. Descubrimientos, desarrollos y evolución han sobrepasado lo imaginable por el ser humano. Las relaciones entre estos últimos, sin embargo, no encuentran depuradora que purifique su hedor de envidia, enfrentamientos, resentimientos y odios. Nuestro país ha adquirido demasiadas entradas para participar en este espectáculo.

Nuestra Constitución (una monarquía parlamentaria) tiene en la actualidad menos fiabilidad que algunas estadísticas nacionales sobre la intención del voto. Estamos condenados a vivir bajo un mando único, personal, aunque esté proscrito hablar de dictaduras. Los ciudadanos - que todavía creen en el esfuerzo, la superación continuada en su profesión, la existencia de un hogar, de un amor familiar - de cónyuges e hijos - y la amistad y la solidaridad con los individuos de su comunidad o lugar, andan, más que desengañados, hartos de la situación actual. Hartos de que los parlamentos sean lo más parecido a un graderío de estadio futbolero. Nadie escucha a nadie y solo sobresalen los insultos y el gol consiste en encontrar la fase más hiriente y acusadora, que haga “eco de triunfo” en los medios de comunicación afines.

De esta forma se ha podido escuchar en estas sedes oficiales la frase “reventar a los oponentes”.  Reventar es romper violentamente. ¿Qué es en realidad lo que quiere hacerse con los de ideología o forma contraria de pensar? Debates - en cuantía superior a lo que un organismo puede ingerir y por ello tóxicos - plenos municipales, salones de exposiciones de conflictos laborales y la expresión callejera de los mismos, casi siempre de única dirección, ya se hacen inaguantables. Pero el ciudadano que piensa y cumple ha escogido el silencio como idioma. Resultado de lo expuesto es la situación en que actualmente nos encontramos, donde desde la corrupción, los avatares por los que cruza un gobierno que intenta mantenerse en medio de un terreno demasiado resbaladizo para poder equilibrarse, los problemas judiciales que al final a quien más lesionan es a la propia justicia y con una indigencia de porcentaje cada vez más deprimente e indignante, aparece en el firmamento político la peor de las nebulosas.

A los ciudadanos de este país nos consideran tontos, ahora hay que decir discapacitados y parece más bien que nos consideran descerebrados. Nos quieren hacer creer que vivimos en el mejor de los tiempos que jamás España soñó vivir. A pesar de que todos los días la “cesta de la compra” y la crecida de la pobreza se encargan de recordar lo contrario, pero, amigos, es que la macroeconomía está en marcha ascendente. Vaya argumento, sería como preguntarle a un “chabolista”, ¿de qué te quejas, si vive en una ciudad con grandes pisos de lujo, áticos de extensión inconmensurable, mansiones y palacetes?

Creo que su respuesta podría ser muy violenta. Mientras la integridad de los ciudadanos pueda ser agredida física o psíquicamente, su  propiedad conseguida con el trabajo y el ahorro continuado, pueda ser profanada voluntariamente, mientras nuestras creencias o ideologías no puedan apartarse del “es mejor guardar silencio, mantener cerrada la boca”, el miedo seguirá protagonizando el escenario de la vida, habrá que digerir con verdaderos dolores de “entuerto” toda la podrida vianda, que día a día se nos ofrece y seguiremos repitiendo las estrofas del genial Francisco de Quevedo: “siempre se ha de sentir lo que dice, nunca se ha de decir lo que se siente”. El progreso técnico y científico existe, crece ordenadamente, el progreso en las relaciones humanas, en la actualidad, no sabe salir del círculo que le marca “el bastón de mando”.