Futuro incierto
Demasiadas religiones. Dioses diferentes. La Fe por su lado, la ciencia por su vertiente ascendente, la razón cada vez más apasionada. La inteligencia es el acumulo de “talentos” que se nos han ofrecido y que puede llevarnos según su uso a ser un intelectual, un mediocre o un ignorante. La inteligencia artificial es un furtivo, “con armas de caza del saber” desconocidas y superiores a lo hasta ahora existente, que abre caminos nuevos e ilusionantes, en las mentes abiertas y ávidas de conocimiento y provoca pánico entre los “charlatanes” envueltos en indumentaria pseudointelectual. Si hay Dios - ponerlo en duda es beneficioso, porque demuestra que se piensa en él - será único.
Una amalgama de entes sobrenaturales nunca hubieran llegado a una conclusión tan hermosa como fue la creación del universo. La explosión (big-bang) y evolución posterior me parece un dios nimio, de flácida musculatura para llegar por sí solo a conseguir tarea de tan enorme envergadura como es el “cosmo”. Se pone de manifiesto que necesitamos ser muy ayudados si queremos ver lo que existe detrás de ese mundo oculto a la visión intelectual. Quizás estos adelantos técnicos actuales sean el principio de un fin que no somos capaces ni de imaginar. Inexorablemente la tierra sigue dando vueltas sobre sí misma y avanzando con su rodamiento en un ritmo y una secuencia que recuerda, aunque en tono menor, al mulo que daba vueltas, cubierta su visión alrededor de una noria. Estamos señalados los seres humanos por nuestro planeta a ser ciegos y obedientes y gobernados por amos que nos tienen asidos a la rueca y además lucen la fuerza de su vara golpeadora, al menor intento de querer parar la marcha que se nos impone. No se libra el ser humano del poder dictatorial y su sonrisa provocadora. La democracia nos hizo reír, irónicamente no al nacer, sino cuando se supo que su existencia era como el terrón de azúcar que nos daban de pequeño, tras habernos hecho ingerir previamente el amargo “purgante”.
No es época de sacramentos la que actualmente estamos viviendo. Es cierto que una parte, quizás cada vez más reducida, se acerca diariamente al altar con el propósito de comulgar, de tomar ese pequeño círculo de pan bendecido. Actitud que hoy día está más expuesta a crítica blasfema, que a una alabanza virtuosa. Sin embargo, esa ingente masa de ciudadanos que votan, simpatizan o se afilian a ideales que presumen de laicismo o ateísmo, conceptos con los que ahora se consigue notoriedad, comulgan diariamente, pero lo hacen de modo especial, porque utilizan el granito en forma de “ruedas de molino”, lo que deja entrever una garganta capaz de tragarse las fabulaciones más soeces.
En medio de todo está ese sector de la sociedad que se esfuerza en prepararse para conseguir ser un profesional digno, responsable, que cree en el amor, la familia, el hogar y que se supera día a día porque sabe que esa es la mejor credencial de educación que puede mostrar a sus hijos. No va a ninguna algarabía callejera con pancartas o lemas de finalidad electoral, su participación en la vida diaria, es muda pero útil. No es válida esta forma de obrar porque cuando uno no hace política, la política se hace sobre sus hombros. No hay, dada la enorme diversidad de los medios de comunicación, ningún hombre o mujer del país que no tenga conocimiento de los avatares por los que pasa la nación. Ni solidaridad, ni consenso. Insultos, odios, venganzas, corrupción. Un solo puzzle, España. Diecisiete piezas o comunidades autónomas, algunas de ellas no solo quieren el aislamiento, sino que además muestran desprecio y repudio a quien le mantiene la unidad. Lenguas diferentes que desconocen o quieren que ocurra en el país el mismo desastre que se organizó en Babel.
El cantonalismo está en el sueño de muchas de ellas. También la falacia, el engaño, el falso testimonio, la acusación depravada (España nos roba), la suprema soberbia, la idea de dividir las partes del puzle en las imprescindible e importantes y la subyugadas o criadas de aquellos. Dios ya no está en los templos, como siempre nos han dicho. Estamos solos abandonados de la mano creadora o de la naturaleza evolutiva. No nos va el término de ser hijos de un Dios bondadoso y justo, es más racional el creer que somos el punto más alto o vértice de la pirámide de los animales existentes y tener en nuestros genes, como ellos, la idea de que el instinto de conservación nos lleva a destruir a los demás, para poder mantenernos e incluso recurrir si es preciso a la carroñería, todo ello tomado en sentido metafórico, pero cierto. Despojados del infierno, cuya idea ya no gusta ni a los eclesiásticos, queda fuera de lugar aquel dicho de nuestras abuelas cuando alguien era claramente malvado: “ya lo pagará en la otra vida”. Seguimos equivocados, de ahí el miedo.
No somos el último eslabón de ninguna cadena y no sabemos el número de eslabones que esta pueda tener antes de llegar a sostener la luz de la lámpara de la verdad. La ciencia tiene un compromiso ineludible con el ser humano, que cree cada vez más severamente en ella. Pero la ciencia sólo hace descubrir lo que existe pero que guarda su misterio hasta que lo despojamos de su indumentaria. La fe desde un principio todo lo atribuye a un Dios. La ciencia al final, terminará admitiendo una mano creadora. Mientras tanto la vida nos va indicando que existen formas de conocimiento que pueden ser claramente superiores a las del ser humano y bien que lo demuestran actualmente con su capacidad para retener toda la erudición existente y deducir y razonar cuantos problemas le planteemos.
Por ahora llamada Inteligencia Artificial, con alegría debemos recibirla, porque muestra que, aunque abandonados a nuestro simple albedrío por el creador, sin embargo, no estamos olvidados, concepto muy diferente que eterniza la fe.