Mito, verdad y técnica
En la historia que conocemos de la humanidad se ha alzado casi siempre de modo prevalente el mito sobre la realidad. La mejor definición de la palabra verdad, su más auténtico significado, es que se trata de una mentira admitida o consentida universalmente. La mentira pasaría ahora a ser la verdad que creemos. Pasan los siglos sin ser capaces de erosionar el rocoso edificio de la mediocridad. Nos invade un enorme paisaje desértico y vulgar. El saber es un oasis que continuamente viene disminuyendo su perímetro. Este es su domicilio, en el que está arrestada la ciencia cuya única grandeza consiste en la búsqueda de la verdad. Así, con arresto domiciliario cuando no con la hoguera y la muerte, ha sido condenado el saber y el ejemplo claro fue Galileo condenado por “sospecha vehemente de herejía”, al expresar su teoría de que la tierra y demás planetas giraban alrededor del sol, frente a la idea estática de la tierra. Abjuró y salvó la vida quedando todo en el arresto ya referido y el mito, que no la verdad, dejó entrever que murmuró la frase eppur si muove (y sin embargo se mueve). Como siempre antes de informar se miente. La ciencia tiene que estar basada en hechos y pruebas, esta es su mayor dificultad porque requiere esfuerzo, responsabilidad, ética y legislación y son precisamente estos argumentos los que más se han deteriorado a lo largo de los tiempos y han llegado al siglo XXI en las más ínfimas condiciones.
La pereza es el regalo que el niño mimado exige y el adulto intenta de continuo elegir. Estudiar, conocer, crear, descubrir no solo exige esfuerzo, sino que tiene el grave inconveniente de nuestra limitación, que en realidad no es tal, porque desconocemos hasta qué punto puede evolucionar el cerebro humano en sus capacidades cognitivas. Pero el olvido hace que lo que vamos acumulando de saber a lo largo de los años vividos no seamos capaces de recordarlo, de hacerlo realidad en un momento determinado. Había que comenzar a buscar soluciones a esta deficiencia. La ciencia aspira a la objetividad y ha creído encontrarla -de hecho, así es- en la mecánica. La memoria ha encontrado un sustituto inconmensurable. Basta golpear el teclado de cualquiera de las “máquinas” existentes en la actualidad para tener todos los detalles de cualquier tema que tengamos que tratar o estamos tratando. El saber se ha colado en nuestros hogares de forma artificial, dejando la natural en el oasis antes referido. Alan Turing fue quien planteó en 1950 la disyuntiva de ¿pueden pensar las máquinas? Tres siglos antes René Descartes pronuncia su archiconocida afirmación Pienso, luego existo. Coinciden ambos en la utilización del verbo “pensar”, pero en aquel son las máquinas las que piensan y en este último es el ser humano. La realidad actual está clara. Se intenta y se consigue hacer que las máquinas utilicen el lenguaje, formen abstracciones y conceptos y lo más importante que resuelvan problemas hasta ahora reservados a los humanos, pero no se queden en este límite, sino que cada día, como estamos viviendo, se superen a sí mismas.
El giro que ha dado el saber es más que sorprendente, inaudito. Es cierto y esto debe tenerlo muy en cuenta el ser humano, que las máquinas han sido creadas por él y sus respuestas en parte dependen de los algoritmos por el introducidos con sus sesgos correspondientes, pero sin darnos cuenta o premeditadamente, lo construido se ha rebelado, faltando a la obediencia debida ante el constructor e inquieta severamente la velocidad con que crece la inteligencia artificial y aparece el miedo al ser totalmente sobrepasado por la misma, por la técnica, que amenaza con superarnos en acciones tan concretas como el razonamiento, la capacidad deductiva y de síntesis, la creatividad y el descubrimiento. La ciencia se estremece al creer que su intimidad está siendo arrasada por estos avances de incalculables posibilidades evolutivas. La ciencia médica es ejemplo de ello, ya que las “máquinas” compiten para superar en capacidad diagnóstica y terapéutica a los médicos, y lo que es aún más inquietante es que los pacientes comienzan a tener verdadera fe en ellas.
Estamos en el punto álgido de la evolución en la vida humana. Estos enormes avances conseguidos nos pueden llevar hacia una sociedad más deseable y con mayores perfecciones o hacia un futuro deshumanizado y totalitarista. Es muy necesario, por lo tanto, establecer normas para que tecnología y ciencia se usen con responsabilidad e inteligencia artificial, ética y legislación vayan unidas en su progreso, pero no es el ser humano precisamente un acumulo de virtudes.
Lo primero de todo es que el saber no puede debilitarse. El tener todo el conocimiento dependiente de una maquinita y del pulpejo de nuestros dedos, nos hará “saber sin pensar” que es el camino de la inutilidad. Seremos como los loros, que hablan pero solamente para decir las frases que han escuchado. Para qué estudiar si lo tengo todo en el móvil o en el ordenador es la frase que se empieza a abrir camino a pasos agigantados en la actualidad. El mal uso de las redes sociales se está consolidando.
Hay un hecho superior en importancia por lo que puede deteriorar a la sociedad civil de la nación. La vida actual, que estamos viendo diariamente en nuestro país, se siente amenazada por el poder sociopolítico. La que podíamos denominar “tecnopolítica”, es decir, los avances tecnológicos en manos políticas, ha dado lugar a que los regímenes sobre el papel democráticos -lo dice la Constitución- y en su tendencia íntima dictatorial -lo afirma el gobierno mediante decretos/ley - hayan encontrado en todos estos prodigiosos conocimientos su piedra filosofal para crispar, manipular o adoctrinar a los ciudadanos con continuas desinformaciones que hacen tambalearse los principios constitucionales, anteponiendo a ellos la intolerancia, el dogmatismo, la censura, el desprecio, el destierro y, cuando no, el castigo a todo el que discrepa de las normas que han establecido.
Frente al mal uso de las redes sociales e inteligencia artificial, es preciso defender con lo mejor de nuestras cualidades la libertad de pensamiento y expresión, que es la única arma para abolir el derecho a mentir y los mitos que radicales y la memoria histórica siguen imponiendo en nuestro país.
Tenemos que ser conscientes que, a pesar de tantos avances científicos y técnicos y de la presencia de una inteligencia artificial, digna de idolatrar, por los amplísimos caminos que abre al saber, seguimos sin saber desprendernos de nuestras miserias más permanentes: odio, envidia, venganza, desprecio, arrinconamiento y destierro a los opositores, libre pensadores e inteligentes. La corrupción no deja lugar respirable a la honradez y la responsabilidad. Interesa apropiarse y si no destruir, todo lo que indica ordenamiento y justicia o normas de convivencia. Hay que hacer creer, desgraciadamente apoyándose en estos medios técnicos, que todo es vulnerable y que el castigo o delito, sólo está en el oponente, nunca en el de “la misma cuerda”. La vida nacional está más inmersa que nunca en los juzgados y la justicia hace esfuerzos por mantener firme el poste de la justicia, frente a vientos de rasgos opresores. Formar parte de un jurado no es apetecible y siembra dudas de fiabilidad en un país en el que el rumor vale más que el secreto y la intimidación más que una necesaria protección, en este “viejo Estado” -por los siglos que cumple- acostumbrado al mito y a una verdad con cimientos siempre en una mentira admitida. Es verdad que todas las canciones son poemas, pero nos equivocamos cuando creemos que todos los poemas son canciones y, a pesar de ello, aplaudimos para que el mito prevalezca.