José Chamorro López

Sin nostalgia ni ansiedad

El Halloween ocupará la calle. Tres noches de máscaras, disfraces, velas, calabazas, espectáculos de terror y horror en los gestos indumentarios. ¿Su origen? Qué más da

Los chiquillos le esperaban hasta las nueve y las diez de la noche, hora a la que llegaba a su casa desde el trabajo, ni bien remunerado, ni mediado por un contrato, porque existía en el ambiente hogareño la ansiedad que el hambre crea frente al pan. Parecía emular al Piyayo, aunque sus alforjas no eran sus bolsillos sino unos paquetes con envoltura de papel de estraza, que albergaban el “pan y pescao frito” adquiridos con la nimiedad de su jornal o soldada variable y diaria.

Cómo se agrandaban los ojos de aquellos críos al ver tan primarias y simples viandas sobre el tablero de madera, con las que habían soñado durante todo lo largo del día, con sus estómagos sintiendo el dolor del hambre y del vacío.

Pero gracias a su padre la miseria no duró nunca más de veinticuatro horas. Era un trabajador digno e incansable.  A un amigo íntimo- si es que el pobre puede tener amigos - le contaba que un día le ofrecieron un empleo con un sueldo bastante holgado en relación con lo hasta entonces por el ganado y se negó a aceptarlo ya que la persona que le “contrataba” sin firma de por medio, tenía fama de nefasta, estafadora, aunque con negocios de pingües beneficios y bien relacionada debido a su importante cargo en el municipio de la ciudad. Le dije que prefería la estrechez de mi libertad en penuria, ante que una mejor situación bajo la tutela y el capricho de un corrupto sin límites. Parece más fábula que verdad, pero ha tenido vida.

A veces me oyen decir que, si volviera de nuevo a existir, no querría saber ni leer, ni escribir, limitar mi tarea a ser pastor de ganado vacuno, en medio de una sierra, sin más alimento que el pan, el chorizo y el tocino, una mesa, una cama, una silla y una choza. También me han oído decir cuando me preguntaron en alguna ocasión qué me llevaría a una isla desierta, que yo le respondía: “Solo me llevaría el billete de vuelta”. Dos situaciones diferentes, una que muestra decepción, sin rasgos depresivos, por la farsa que lleva adherida la vida en todo momento y la otra nostalgia, por volver a una vida que todavía uno cree, que puede ser mudable hacia la verdad. Ser digno, no debe ser una meta, sino el camino cuyo asfalto hemos de cuidar diariamente para evitar los hoyos y sus traumáticas caídas. El trayecto a veces se torna intransitable, sin dignidad, porque en la meta los que viven en sus casas/palacios no consienten que nadie conozca el lujo y derroche en ellas existentes.

Conocer, saber, pensar, ser responsables, anexionarse el mayor número de virtudes y valores, nos dicen es el mejor índice de un libro de la vida en libertad. Pero en las librerías oficiales no se vende, en parte porque está arrinconado en el ángulo más agudo y oscuro del escaparate de la existencia. El respeto es una golosina demasiado dulce para los pusilánimes dietistas políticos de la época. La pluma se ha dejado manosear por dedos tan diferentes y numerosos, que hay más escritos que granos de arena y más escritores que dunas. La barra que señala la altura de nivel ha tenido que descenderse a límites muy mediocres porque hay demasiada ignorancia incapacitada para dar el salto al arte. Ya no hay récord, o se teme que los haya, solo masa participativa e interesada.

Los premios deben ir acompañados de rostros conocidos y famosos, aunque la fama no desprenda precisamente aroma de originalidad o creatividad, porque se compra más la imagen que la idea. El saber es peligroso. Es crítico, no admite la necedad, huye de dependencias oficiales, su íntimo centro es insobornable ante la llamada de las subvenciones y su periferia siempre busca evolucionar en el conocimiento de la verdad añadiendo nuevas capas de descubrimiento y creación. Es el único plato que no ha podido recoger en su carta de gastronomía política el lujoso y rico restaurante del gobierno. La vivienda del saber es la academia. Conseguir un sillón en su cuarto de estar no depende de fortuna sino de esfuerzo y dedicación al dominio de las ciencias, las letras y las artes.

Es una plaza - la magna academia de la nación - que siente continuamente el asedio a que le somete el poder establecido, que no se atreve a utilizar armas de derribo - asalto por decreto - por mantener el barniz democrático y utiliza vías de descrédito o falso testimonio, para enrarecer y desgastar su excelsa cohesión. Últimamente de nuevo ha fracasado el intento de estatalizarla. Este mundo de decepciones es el que nos lleva a estar de acuerdo con Fray Luis de León sobre aquello de “retirarse de aqueste mundo malvado y conseguir no ser envidiado, ni envidioso”, pero pudo en él más la nostalgia universitaria y volvió a sus clases, haciendo famosa la frase “decíamos ayer”.

Hablar en cualquier corro de amigos mal de España, desgraciadamente es propio de españoles. De modo frecuente aparecen en medios de comunicación escritos donde se indica que nuestra nación debe estar pidiendo perdón al resto del planeta, casi continuamente. Las demás naciones, no, comparadas con la nuestra son ejemplares. Ser miopes y despreciar las lentes correctoras, es muy propio del español crítico, laico, abrazado a una democracia "sui generis", ajena a toda lectura de una historia imparcial y cierta. Nos encanta perder personalidad. Nos ridiculiza y degrada el portar o exponer en fachadas de entidades o hogares la bandera española. Disminuimos su altura para que otras la igualen o sobrepasen.

Las tradiciones cada vez son más focales, olvidando la globalidad anterior. El culto es facha y anciano. Pero eso sí, demostramos nuestro crecimiento cultural, civilizado y progresista incorporando costumbres y festejos de contenido y finalidades francamente grotescas. El enlace octubre/noviembre venía presidido por la fiesta de Todos los Santos, solemnidad cristiana, que desde sus primeras comunidades honraban a sus mártires. Enlazaba con el día siguiente de veneración, recuerdo y oración, por las queridas personas ausentes. Borrón y cuenta nueva. El Halloween ocupará la calle. Tres noches de máscaras, disfraces, velas, calabazas, espectáculos de terror y horror en los gestos indumentarios. ¿Su origen? Qué más da. A quien le interesa, lo importante es que es actualidad y quiere, al menos en nuestra ínsula, ser fiesta por la que destaquen los muros del pueblo cañaílla.

 El “trick or tread” - truco o trato, pero hay que decirlo en inglés que da más aire de progresista - es regalo o broma que queda de la mano de los menores. La finalidad de todo el festejo es el de infligir miedo. ¿Pero no dijimos que había que acabar con todo aquello que produjera miedo a los pequeños? Si, es cierto, pero conviene que haya fiestas en donde se conozca la existencia de fantasmas, calaveras y monstruos, para que a los jóvenes alumnos se les pueda explicar, sabiendo que lo entenderán, lo que es un gobierno Frankenstein. La ·décima espinela” de Fray Luis de León merece la pena releerla, sin ansiedad, ni nostalgia, solo porque es dogmática.