José Chamorro López

Pintar la esperanza

Era de fuerte complexión. No había abandonado nunca el deporte y no frecuentaba centros sanitarios
La esperanza.
La esperanza.

Era pintor. Aquella mañana recibió una llamada enormemente sorpresiva. Desde las oficinas “de designios” de la gloria (del cielo) le pedían que fuese a pintar las últimamente muy deterioradas paredes del infierno. El infierno es un “laberinto de llamas” al que Dios le cerró la puerta de salida. Fue este el motivo, una vez aceptada la oferta, que le llevó a pintar en la más frontal y extensa pared del averno una impresionante puerta con su cerradura, su cerrojo y un marginal manojo de llaves, donde una de ellas de fino color áureo, sería capaz de solventar la esperada apertura. Era lo pintado, lo más consecuente con lo que se vivía en aquella mansión de Lucifer. No era el calor, ni las quemaduras, ni las llagas, el dolor que afligía de modo irreversible a los allí congregados y condenados, la monotonía allana la costumbre y redondeaba las agudezas, haciéndolas soportables e incluso hábiles. Más allá del castigo físico el verdadero y cruel dolor era la ausencia de esperanza, el tener cerrada por siempre la abertura hacía una nueva visión de Dios y su obra. Quien no se ha enfrentado a una vida sin esperanzas, nunca podrá hablar de dolores supremos.

Era joven. Estudiante por obligación y ley hasta los dieciséis años. Por amor al saber, a la superación continuada y al especializarse en una profesión, prometió no dejar el estudio a lo largo de su existencia. En los primeros años se vive la esperanza de poder conseguir llegar a la universidad. Una vez en ella, la esperanza es poder conseguir el título que le acredita como profesional de la materia que se haya estudiado. Tras ello, la esperanza está en conseguir el sitio adecuado para que sus conocimientos sean útiles a la sociedad y no ceder a la monotonía de la quietud, al no avanzar, sino que lo primero que se haga cada día sea ponerse la indumentaria del esfuerzo y la profesionalidad. Este es uno de los múltiples caminos que la vida ofrece para que en ellos encontremos esa esperanza que nos haga llegar a ser dominadores de oficios y profesiones que tienen universidades muy distintas para su aprendizaje, pero del mismo valor social, porque lo importante es el carácter, la dedicación y la responsabilidad, duende, música y letra de la “canción del trabajo”. El joven que no comprenda o no le hayan hecho comprender que la esperanza de llegar a ser persona excelsa en su profesión, pasa por estas “estaciones” citadas, solo llegará a la meta de la mediocridad.

Era una persona que creía en el amor, aunque consciente de cómo la realidad lo presenta. Se le escuchaba decir: en pleno siglo XXI, todavía, consigue el amor -aunque sea nadando a contracorriente y con el peligro de ser absorbido por las olas o remolinos de las aguas del libertinaje- el existir, a pesar de ser a veces como brizna en el desmandado aire del deseo. Tiene el amor su esperanza en la caricia, que abre las rejas que aprisionaban a la abstracción no comunicada. El amor es ciego y precisa del tacto para consumarse, pero el tacto solo, aislado y como único fin en la atracción entre personas, se torna en deseo y el enamoramiento se diluye o permanece ausente. La esperanza es totalmente certera al decir que “la belleza (el cuerpo) que se desea no es la belleza, ni el cuerpo, ni la persona que enamora”. La fidelidad es el terreno donde plantamos nuestro árbol de enamorado. Su riego es la palabra, el gesto y los detalles agradables y continuados. La ausencia de ellos, la sequía que hace perder el color de la hoja que decora la primavera del amor. Cuando un día su amada le preguntó qué era en realidad el amor, él le respondió: el amor es la luz de la luna que alumbra la superficie de las aguas en las oscuras noches mediterráneas y nos deja ver las rizadas olas que indican que está cercana la tierra firme y sólida que nos salvará del naufragio en soledad. Vive cerca el amor del odio en nuestra corteza cerebral y casi dando pared con pared, con la infidelidad. Le tocó conocerla en toda su intensidad, fue como si le atravesase una hoja de acero su sensible miocardio, donde más que el dolor de la rotura de tejidos, es el frío del metal, cuya temperatura no se espera, quien paraliza la existencia y aniquila la esperanza. Siempre llega la onda sonora de este engaño de la voz de un amigo. La confusión es superior a la que hubo a pie de la Torre de Babel. Es el envés de la vida. El fruto maldecido del árbol de la inocencia. Aprendió que las heridas de la esperanza el frío del acero las conservan exangües, pero abiertas.

Era de fuerte complexión. No había abandonado nunca el deporte y no frecuentaba centros sanitarios. Le sorprendió el dolor y la presión torácica. Le señaló certeramente un trazado electrocardiográfico y escucho la temida palabra, infarto. En la red de vasos cardíacos había obstrucción y el área dependiente de ella, padecía sed de vida.

Rueda pendiente abajo, la esperanza que escalaba alegremente los peldaños del éxito. En el plano inclinado hacia el abismo, se pierde la confianza en encontrar un asidero que evite la total caída. La esperanza se hace ciencia. La confianza fármaco. Estar enfermo es colocarse tangencial al círculo de la vida. Solo el punto de la curación nos devolverá a la normal existencia. Se balbuceó una oración. Como deportista sabía que, tras perder, es imprescindible poner fe y esperanza para conseguir de nuevo la victoria, sabiendo que la preparación física del equipo y los conocimientos de los dirigentes del mismo siempre serán la parte fundamental y responsable de que esa victoria se consiga.

Era pobre, indigente. Dormía en el helado descansillo de mármol de la entrada a un edificio. Cáritas o El Pan Nuestro eran sus restaurantes preferidos. Gracias a la mediocridad que toda forma de arte en el vestir había alcanzado, iba a la moda pues su indumentaria tenía más rotos y descosidos que tela. Fumaba en cualquier lugar porque hablarle de una ley del humo de la hoja del tabaco, sin hablarle de los derechos del ciudadano, indignaba su carácter bonachón.  Hay un sentimiento despreciativo o de piedad encubierta de cinismo hacía estas personas. La creencia generalizada es que son ciudadanos que intentan vivir de subvenciones y diezmos, sin variar su mundo de pereza, pero la esperanza de este indigente jamás estuvo puesta en el acierto de un sorteo de loterías, ni era feliz con las escasas dádivas del gobierno. No quería ser rico, sino dejar de ser pobre. Fue noticia el día que dejó de existir. Nadie le abrió una puerta al laberinto miserable de su vida.

El “laberinto flameado” con que hemos comparado el infierno a principio del escrito debe de existir -si no le ocurre lo mismo que al “purgatorio”-, pero cada vez más, este mundo se asemeja al que allí debe soportarse, sin que además haya la esperanza de que alguien pinte una puerta con cerradura, llave y cerrojo que al menos virtualmente mantenga esa ilusión de una vida sin sufrimientos.