Que el preso salga a la calle
El arrullo cofrade de tambores y trompetas ha soltado sus notas al aire anunciando, como prologo ensayista, que la Semana Santa fiel a su tradición se organiza para ofrecer los mejores desfiles procesionales. Tardaron en organizarse hermandades y cofradías. Fue allá por los siglos XI al XIII. Las de Semana Santa y Penitencia tal como hoy se conocen no hicieron su aparición hasta los siglos XV y XVI a la sombra de la Contrarreforma.
Presumir es algo intrínseco dentro de las características del ser humano. Es hipérbole genética, ya que reconoce cualquier mérito de forma exagerada. Alcanza el ridículo tanto cuando se presume por exceso, como por defecto o “falsa modestia” que es la salida de aquellos que quieren tener virtudes y solo encuentran esta.
Los mayores del lugar recordarán fácilmente la “melodía del afilador callejero” anunciando su capacidad profesional para hacer fuertemente cortante el filo de los más diversos utensilios de acero. No era el único, panadero, ropavejero, vendedor de piruletas, caballas etc., promulgaban en voz alta por las calles la mercancía que vendían, hasta que con el crecimiento de las ciudades, civilización y progreso prácticamente han desaparecido. A este “llamar a gritos” a este anuncio, se le considera sinónimo de “pregón” y “pregonero” al que anuncia.
Siglo XXI. El presumir ahora está de moda. Es la carpa que cubre al circo ignorante. La coquetería, siempre buscando agradar e interés romántico, ahora es vicio. Lo ripioso es una desgracia literaria. La soberbia es una gastronomía agria y rencorosa. La capa (indumentaria) muestra su esplendor en los brazos del torero y es ridícula, en los hombros del que va por la vida sin cabeza. El inteligente tiene que ser humilde, virtuoso, dejando aparte la aptitud modesta. Analizarse conscientemente (autocrítica) y conocer y aceptar las críticas exteriores debe preceder a esa ansia sin límites de subirse a tarima o pedestal. Si se reconocieran los puntos débiles, quizás no existirían tantos fracasos y se ahuyentarían a los ignorantes de salón. Hay que dudar y poner en discusión nuestras convicciones más arraigadas, para demostrar que puede sobresalir su verdad, evitando sospechas o acusarlas de ser represivas. Nuestra isla de tanta tradición marinera, sabe que no hay viento favorable para el marino que no sabe a qué puerto se dirige.
Cinco siglos de cofradías dieron argumento suficiente para su divulgación pública y para alabar sus virtudes, su fe, sus fines y sus objetivos conseguidos. Surge “el pregón de Semana Santa” un joven del siglo XX -con ancestros románicos del siglo IV- moderno, que pronto alcanza gran auge. Un bando meramente organizativo, cultural y religioso como es lógico, que tiene su sede en los templos cristianos. Es un acto de exaltación a la fe y la tradición que anuncia el comienzo de los días de Pasión.
Fue el mismo Jesucristo quien mando a sus discípulos a conmemorar su muerte pascual, su eterno sacrificio y la misa, “pregón sublime” es la renovación incruenta del sacrificio del calvario, inalterable en su esencia, infalible en su enseñanza. Salvo excepciones que la honran, su lugar de celebración son los templos cristianos.
La autenticidad es la cualidad de ser real y verdadero. Está exenta de plagio o copia y compite en transparencia con el cristal de Murano. Su principal expresión virtuosa es su integridad, que hace creíble su finalidad. Fue un lujo en tiempos pasados. Los relojes del tiempo actual no marcan ahora, las horas de las virtudes y ser auténtico te puede originar más desencuentros que líos que existen en Oriente Medio y también miedo a que se turben los cimientos de tu existencia.
A todos nos encanta darle a nuestro actos una relevancia que condicione su importancia y trascendencia, pero para recorrer el camino que nos lleva al éxito es preciso tener un vehículo, la perseverancia y un depósito, el cerebro, lleno de combustible, inteligencia, única forma de alcanzar la meta propuesta dignamente.
Pero el ser humano tiene una tendencia, si no nefasta, si fraudulenta a utilizar objetos, utensilios o elementos ostentosos y ceremoniosos cuando carece o quiere cubrir la ausencia de creatividad. Nos falta desnudez, aparecer con nuestra propia piel como hace la poesía para librarse del ripio y la consecuencia es esa forma aparatosa y de extraordinaria pompa, que constituye la parafernalia. El pregón ha sido una víctima propiciatoria de ella. Las razones no pueden obviarse y una de ellas es que nunca debió abandonar el púlpito, para ir a parar a un escenario.
Se engalana el escenario de celebración. Las flores siempre fieles a su labor, ajenas al entorno, solo saben de belleza. Los cirios esperan las manos de los fieles, las pértigas las manos que se sentirán importantes con su tacto. Telares e imágenes cierran el círculo ornamental donde luce, adelantado el atril, siempre indiferente a cualquier disertación. Las butacas de la sala se cubren de seres humanos, las primeras filas específicas para mando y fama.
El pregón es del pueblo, dicen, pero es más lógico y cierto pensar que es de los fieles, porque a esa crecida masa de laicos, indiferentes o ateos, no creo que les interese asistir, ni que exista. Entre los asistentes también están los que se apresuraron a quitar crucifijos, imágenes o cerámicas de entidades oficiales y los que aceptan amilanadamente el arrinconamiento de la enseñanza cristiana en las aulas. Pero hay una mayoría que es fiel, sin mácula, a Dios. Se presenta al anunciante. Se escucha a si mismo quien lo hace y alarga, su disertación hasta el escalofrío. Lluvia fina de adjetivos. Por fin el pregonero. Se recrudece la lluvia de adjetivos. La prosa rimada es expresión de una importante erudición que hace poesía. Algunas notas musicales. El canto enerva la piel de la sala. El momento va a ser álgido, culminante. El pregonero demuestra que nació poeta. Persuadidos, los espectadores se extasían. Ahora merece la pena estar. Se alarga la exposición. Comienza el inquieto movimiento de las butacas. Los que ya han sido mencionados muestran su ansiedad porque emerja el fin. Minutos de aplauso para el orador. El epílogo no puede desmerecer. La caricia de los palillos sobre la piel del tambor, abre camino a la verdadera oración -cantada- del día, “la saeta”. Las cuerdas vocales exhalan ayes de gloria. Cierra el ostentoso acto, la voz del que manda en la región. Frases adulatorias para todos, hay que ganar voluntades y las ocasiones para conseguirlo son contadas. Forma parte de su profesión, son lícitas en medio de la parafernalia existente. Momento de ingenio en su disertación. Que la efeméride discurra con el rigor y respeto que merece el recuerdo de aquella trágica semana y que la imagen del Nazareno encerrada, presa en su hornacina, desfile con suntuosidad por su itinerario, “¡que salga el preso a la calle!”. Se abandonó el teatro acompañado en la despedida con las notas del himno de la región. Debía de haber un “pregón de púlpito” y un “pregón de teatro” si queremos de corazón ser libre religiosamente y quizás habría más alborozo en ese Preso, que va a salir a la calle.