Repasar la memoria y la actualidad
No hay quien salve al inocente. No lo van a hacer sus discípulos, que al menos debían haber expuesto su vida por salvar la de su maestro, pero predominó, la traición y la pusilánime negación o abandono. Esperar que fuera la muchedumbre populista, es ser necio, ya que la “masa” siempre está acomodada en el carro del vencedor, el que ostenta el poder. Esperar juicios justos, es una utopía, ya que estos dependen de las leyes que imperan en cada época y además del hecho absolutamente real, que estas leyes se han llevado a cabo por parlamentos más o menos dictatoriales, que van desde sumos sacerdotes a reyes, emperadores, senado o pueblo, que ni han repasado libros de derecho, ni tienen capacidad para exponerse concienzudamente, si son dignos y aptos para enjuiciar las causas que se le presentan y solamente se muestran hábiles en mantener un alto grado de soberbia, un deseo irrefrenable de acumular riquezas, gula y lujuria como diana donde dirigir su acalorada saeta, cruenta respuesta al pánico de poder verse envueltos en reveses revolucionarios que le lleven a perder sus cargos. Ni el llamarse Cristo tuvo poder para reprimir tal jauría asesina. El lavado de manos que parece emulaba al minuto de silencio, buscaba una compensación que explicaba tristemente hasta dónde es capaz de llegar el cinismo humano. La cruz que nos llega ahora en esta Semana Santa, símbolo del demoledor y criminal castigo a un reo que les intimidaba, al reconocer que podría ser el Rey de los judíos, creyeron los mandamás de aquella época que era su triunfo, pero dos mil años han venido -y seguirán sucediéndose- a decir quien ha sido el vencedor. Creencia y conciencia, vencen sin comprar armamentos, la indecencia y la tiranía mediante cheque y comisión.
Es el alma, administradora del pensamiento cerebral, quien da luz a las acciones de los seres humanos, haciéndolas transparentes o turbias. Lo primero que tiene que asimilar seriamente el ser humano es que la perfección no existe como algo que puede conseguirse y palparse. Es una utopía, un horizonte que creemos poder llegar hasta él, pero cuanto más queremos acercarnos al mismo más se nos aleja. Perfecto es aquello que se ha concluido, que se ha acabado. En la perfección están contenidas todas las virtudes, todas las condiciones que indican que un hecho determinado es imposible de superar. Ello supone, por lo tanto, un límite y nuestro libre albedrío se opone a una existencia limitada, es decir, a un principio y un fin. La transparencia nos llevará inmediatamente a pensar que la perfección, el límite, es Dios y más allá de Él, no hay nada. La turbidez en las ideas busca salidas palpables, reales, para conseguir esa perfección y para ello se alía con la soberbia, las riquezas, la tiranía y la ignorancia, Acapara vicios y se apropia de voluntades, dicta leyes y con ellas consigue la claudicación y aceptación por la sociedad de sus principios carentes de valores reales, que se hacen en escaso tiempo fácilmente cambiantes, yéndose al otro lado del péndulo. Delitos de hoy, pueden ser leyes del mañana y viceversa. Quizás esto sea el mundo, la imperfección opresiva. Estamos marcados por una diversidad que nos enfrenta hasta límites trágicos y cruentos, y tenemos escrito en nuestro existir con tatuaje perenne, que la perfección nos llevaría a la monotonía y, con ella, la vida se nos mostraría insulsa al perderse el deseo de superación, que en realidad es un deseo de dominio.
No a la guerra es la moda pacifista, pero no es nada intrínseco de los mandatarios actuales. Creo que en varias ocasiones he escrito en esta columna de opinión, que las guerras eran crímenes que la locura humana permite y justifica. ¿Se ha encontrado alguna madre que esté conforme con que un hijo en sus mejores años de juventud le obliguen a ir a un frente de batalla? ¿Conocer el número de niños inocentes que perecen en bombardeos aéreos, solo se justifica con el “no a la guerra”? ¿Somos todos cómplices? Mejor no leer el refranero “cómplices y asesinos van por el mismo camino”. Son los intereses particulares de cada nación los que se oponen a un diálogo razonable, prudente y fructífero que al solucionar el problema impidiera que se produjera un solo fallecimiento por guerra. No es así. La turbidez de ideas es roca estéril, en la que solo hace huella la gota del resentimiento, la venganza o el odio y se utilizan los acontecimientos que ocurren para fines e intereses propios, buscando vencer o derrotar al opositor. Tantas alianzas, tantas instituciones para al final, como siempre, prevalecer el poderoso, el soberbio, el corrupto, la moneda o el mitinero de cualquier candidatura. El no a la guerra tiene su comienzo en el no a la crispación, que es algo que interesa al parecer que exista, el no al resentimiento de hechos pasados, al implantar una memoria histórica donde solo parece que sufrieron una sola de las partes que se mencionan. No a los debates insultantes, no a los decretos leyes, sin conocimiento profundo de la justicia y con el ánimo solo puesto en el daño, al contrario. Dejar de ser tan político y pensar entre los que gobiernan, en ser “hombres de Estado”, es decir, conseguir que todo progreso, lo sea por igual, para todos los ciudadanos de un país, solo así la colmena humana, dará la miel de una vida más llevadera y placentera, libre de zánganos y quizás no hubiera que emitir nunca el grito de “no a la guerra”.
Hace años y antes de la pandemia viral, dirigí un programa en nuestra radio local -la muy noble Radio La Isla- sobre eutanasia. Lo recuerdo porque parece que el problema pasa desapercibido, hasta que ocurre un hecho que promueve la discordia. En él intervinieron personas de gran prestigio en la ciudad. Hoy es ley y entristece a veces la relatividad de las mismas que hace que haya más puntos de vista que verdad jurídica y que sean los flecos lo que se imponga al resto de un lienzo de dimensiones muy amplias. El concepto de “muerte digna” es un metafórico piropo de la gente con sentimientos. La “muerte indigna” sería la que la violencia, el crimen y la malicia humana impone con demasiada frecuencia. En verdad lo digno sería que ningún ser querido tuviera que ausentarse y la muerte, lo único cierto que existe, como fracaso orgánico, lleva unida la decrepitud y el dolor.
Nos encanta ser laicos, nihilistas, la existencia humana carece de significado, tras morir la nada, por lo que la vida es el único tesoro consciente y consumible que hemos de gastar en tiempo que nadie determina con exactitud. La idea de un paraíso, de una gloria tras ella, es fe o utopía, según las creencias.
Las calles están algo cansadas de tanta agitación de “batas blancas”, pidiendo mejores condiciones de trabajo y posibilidades de investigación para conseguir una sanidad de crecimiento indefinido. Los Gobiernos nacionales y autonómicos presumen de que se está en los puestos donde compiten los campeones, pero no ha habido posibilidad, ni física, ni psíquica, con el auge que la Psicología y Psiquiatría han conseguido en decenios previos, para poder modificar el criterio de una joven de veinticinco años, a la que una consideración relativista o al menos, por lo expresado en medios de comunicación, discordante, le ha dado paso a la voluntaria pérdida de la vida a tan escasa edad. El criterio paterno, al igual que en la guerra, ha sido vencido. Los expertos han actuado con total honradez y profesionalidad ante la ley existente. Pero el asombro ha incidido con fuerza en este mundo de los espantos.