Los Santos Inocentes
La orden dada por Herodes I el Grande se ha cumplido. En Belén los pequeños con edades inferiores a los dos años, son degollados. Se asegura así el monarca el asesinato del que pudiera ser el futuro rey de Israel, según lo precisado por los Magos de Oriente. La inocencia sufre el capítulo más cruento de su historia, aunque no será el único. El martirio eleva a estos niños a la categoría de santos, aunque no tuvieran todavía la capacidad para ser puros y sagrados en todas las acciones diarias de la vida, pero sí eran criaturas “apartadas para Dios”.
Es muy posible y convendría no olvidarlo, que en ningún momento de la vida nos falte esa “luz de fantasía” que jamás se apaga en las cavidades cardiacas y que encuentra en la entramada red neuronal el camino hacia la consciente y compleja corteza cerebral. Sí, somos niños siempre, sin edad definida, no sabemos apartarnos de la inocencia y somos víctimas de verdugos que han ido cambiando su indumentaria, su máscara, a través de los siglos, solo y exclusivamente con el propósito de conseguir enriquecerse o favorecerse con la tragedia premeditada.
Cuando señalamos hechos acaecidos, lugares donde han ocurrido o personas culpables o responsables de ellos, nos sentimos totalmente tranquilizados y alegrados si el asunto se ha saldado con el descubrimiento de la víctima propiciatoria que fija para siempre, para la tradición y para la historia, un capítulo invariable y ejemplarizante ante las nuevas generaciones. Pero el ser humano es tan variable como el recorrido de la hoja seca que cae del eucalipto y como ella encuentra su mejor acomodo en el suelo de la vulgaridad, donde la curiosidad siempre es superior a la inteligencia y de donde emanan las opiniones más mediocres, que no son juzgadas mediante la razón, sino siguiendo una opinión pública que todos sabemos aman más los extremos que los medios, la hipérbole que las lítotes o atenuación, la intriga que obediencia.
Cuando llegue el día que cada ser humano sea consciente que el conocer y saber lo que es un río, un manantial o un arroyo, no da credencial para poder debatir sobre océanos, quizás sea posible el poder olvidar el veintiocho de diciembre porque sabemos lo que es ingenuidad, candidez, ausencia de malicia y veremos que la grandeza de la inocencia radica en que es un cuerpo envuelto completamente de amor.
Mientras esto ocurre -no se ve ni el túnel, ni el orificio de salida- ¿hay alguien que crea que Herodes ha sido el mayor genocida, infanticida o, dicho con más propiedad, el criminal más detestable de la historia? Desde que el homo sapiens que no es tan sapiente desde el punto de vista de las relaciones humanas, trazó la primera línea divisoria , que separaba propiedades diferentes, se encendieron las luces de la aprobación indebida y se apagaron a perpetuidad los focos de afecto, respeto y justicia, que dejaron de ser intrínsecos en la iluminación de las personas, de tal forma que la historia de la humanidad, es la historia de sus guerras en un porcentaje muy elevado, sobre todo en lo que se refiere a enseñanza, ideales, consignas, tendencias y situaciones de poder y dominio. Esas guerras, que como ya he aseverado en otras ocasiones, son crímenes que la locura humana permite y justifica, cercena la vida humana de tanto soldados caídos en campo de batalla y se llevan por delante la de tantos inocentes no ya menores de dos años, sino de cinco diez o quince, que ni saben, ni son responsables de estos conflictos que terminan con un vencedor y un vencido, por las armas no por la razón o la justicia o lo que es peor, acaban al cabo de los años en un tratado de paz que es un convenio de materiales intereses, mientras la vida perdida de estos citados inocentes no tiene reversibilidad posible. Ha habido tantos genocidas, que se hace incalculable la lista. Los que ya tenemos una larga colección de años, hemos vivido algunos de ellos que producen escalofríos al conocer el número de víctimas que se le atribuyen, diez, veinte, cincuenta, cien millones de personas asesinadas. ¿Cuántos niños?
La memoria histórica de las personas honradas no necesita leyes, sino que el recuerdo perenne de las tragedias vividas, no en el sentido de la venganza y el odio, sino en el de luchar con todas sus fuerzas las de la razón, no las cruentas, para que los hechos no se repitan. Pero la realidad es que se sigue ensalzando a los genocidas por los que pertenecen a la “misma cuerda” y se denigran a los que son contrarios. Se exaltan ataques, guerras y bombardeos y se silencian los que no dan rédito o puedan restar votos. Los inocentes de corta edad siempre son utilizados en bien de unos y en detrimento de otros. Los inocentes de mayor edad, son engañados y silenciados.
Hay otras muchas formas de hacer daño irreversible a los niños y también a los adultos. De estos últimos se está transgrediendo tanto el respeto que merecen y la inocencia infantil que les perdura, que prácticamente la han hecho sinónima de persona fácil de engañar, cuando no de mema o discapacitada en relación con la presumible capacidad de quien ostenta un cargo. La llamada “masa silenciosa”, aquellos que no quieren inmiscuirse en la vida diaria de su pueblo, o espabilan o serán con su silencio o su “mutis político” quien mantienen a los “herodes corruptos” que se multiplican a ritmo de conejas multíparas.
Hay un epílogo en el recuerdo de los Santos inocentes. Cuando me crucé por primera vez en la Facultad con el “Juramento hipocrático” prometí cumplir lo allí expuesto. Y había clara referencia a no llevar a cabo ninguna maniobra abortiva. También leí un día lo referente a la Autonomía y Derechos reproductivos de la mujer (titular del cuerpo gestante) y leí frases tan contundentes como la de que “obligar a continuar un embarazo a una mujer, es una limitación grave de la libertad corporal”. Pero el espermatozoide tiene bastante qué decir de lo que va ser fecundando, que sin su presencia es imposible (y su titular es el varón, que tiene responsabilidad judicial ante toda criatura que nace). La ley fue aprobada y muestra su legalidad, el cortar el hilo de la evolución hacia el alumbramiento, en un tiempo determinado, jamás convencerá a todos. La inocencia mientras tanto siente el escalofrío del miedo y no acierta a comprender cómo el tiempo puede ser, a pesar de no ser sensitivo, el juez que dictamina, si puede cortársele el aliento. No se trata de menores de dos años, sino de menores de nueve meses. Y no sabemos si estos entraban también en los cálculos del Rey Herodes, o no era este lo suficientemente progresista para estar al nivel legislativo que el hecho requiere. Se ruboriza la inocencia.