Se nos fue un ángel
Estamos viviendo una época en la que cada vez con mayor frecuencia e insistencia vemos cómo se alarga la distancia entre los seres humanos, cómo crecen sus divergencias de tal manera que está más cercano el hombre al animal e incluso el animal al animal, que las personas entre sí. El trato a las mascotas, que alcanza la ridiculez en bastantes ocasiones, es buen ejemplo de ello. Las causas no son simples y sí variadas. Quizás la más importante es que nos hemos olvidado -o nuestro interés y grado de adulación lo exigen - que hemos de estimar al ser humano por lo que verdaderamente es, es decir, por lo que es suyo y no modificable por conveniencia o provecho de otros situados en su derredor. Compramos el perfume por el valor del cristal que lo contiene y no por el aroma, que es su esencia. Es esta la causa por la que, desprovistos de propiedades y cargos, tanto nos decepcionan personas que creíamos excelsas. Es preciso por lo tanto juzgar a las personas y las cosas por sí mismas y no por los adornos, porque vivimos en un siglo en el que todo el mundo tiene bien creído que su derecho a opinar es inalienable, pero hace caso omiso a que se precisa una preparación y conocimiento previo.
Aprender sin pensar, sino solamente por lo dicho o escrito en medios de comunicación o redes, sigue siendo inútil, pero lo peligroso es pensar y querer debatir o imponer el criterio, sin haber aprendido previamente. Qué de aspectos y circunstancias, personales, de municipios o Estado, se solucionarían fácilmente con tal de que solo mandasen los que valen más que los mandados. Se acortarían las distancias y se irían deslustrando esas líneas que separan a dos Españas, como ahora y siempre, irreconciliables. Luces y sombras. Hay personas que tienen demasiadas sombras en altísimo porcentaje y su soberbia y narcisismo como dos altos y estrechos edificios se oponen a que la luz le llegue a su intimidad o suelo. Son aquellas que se oponen, niegan o destruyen todo aquello que no va de acuerdo con sus criterios y creen que se deben desvirtuar.
Es verdad que cada día crece más este número de personas y su caprichosa y dictatorial manera de querer someter a toda la comunidad. Pero la luz existe, vence a las nubes que la opacan y aparecen esos días azules en los que el ser humano se dignifica, piensa y sueña en alto, dejando en el celeste del aire un poema ilusionante: En el mar de la duda en que bogo/ni aún sé lo que creo/sin embargo estas ansias me dicen/que yo llevo algo/divino aquí dentro. (Becquer) Debió pasar miedo, verdadero pánico, aquel primer ser humano que se encontró en medio de una planicie con un enorme animal con dos impresionantes astas o cuernos en su cabeza. La mañana era calurosa y se había despojado de su piel/abrigo, que llevaba en la mano. La cercanía del berrendo, le hizo creer que el poner por delante de su cuerpo aquella “tela de abrigo” podía servirle de escudo salvador. Cuando el animal estaba a dos pasos de él, cerró sus ojos y extendió los brazos que soportaban aquella amplia piel y sintió, sin ver, cómo el animal pasaba por delante de su cuerpo, sin tocarle, aunque eso sí, llevándose su preciado abrigo.
Se había dado el primer lance de la historia y el hombre comprendió que aquel animal respondía con su embestida a aquello que tenía movimiento y respetaba lo sólido y firme. El lancear los toros se puso de moda y era gesta de valor en los caballeros de la época. Se toreaba a caballo. Pero alguien dijo “lo que hacen estos señores a caballo, soy capaz de hacerlo con los pies en tierra”. De esta forma, el hombre primero con gran despliegue físico lidiaba sin pararse en ningún momento ante la fiera. Un día se paró y el toro pasó respondiendo al movimiento de su capote. Otro día le citó. Finalmente fue capaz de mandar, es decir, indicarle al toro el camino que tenía que recorrer y hacerlo además con un temple exquisito. El toreo había alcanzado la edad adulta. Convertido en fiesta fue bautizado el hecho, con el nombre de “corridas de toros”. No tenía ni idea del toreo. Un día mi padre me invitó a uno de estos festejos. No pudo escoger mejor recinto, “la plaza de toros de Jerez de la Frontera”. Tres toreros. Los desconocía completamente.
El ambiente en el coso taurino era impresionante. Apretados al máximo. El dicho típico de “no cabía ni un alfiler” totalmente cierto. Los pasodobles que nunca había escuchado en vivo eran sublimes. Los dos primeros “espadas” me impresionaron por su enorme valor y acercamiento al astado y por sus desplantes ante el salvajismo animal, sin descomponer en ningún momento la figura. Arrancaron mi aplauso. Salió un tercer toro, que un espectador a mi lado, dijo era negro zaino, bragado, y que a mi pareció un dinosaurio con cuernos. ¡Vaya tamaño!. Con una enorme fiereza el animal se dirigió hacia el capote de este tercer torero con ánimo de arrebatarlo, pero los brazos de aquel hombre con pasmosa suavidad le obligaron a bajar la cabeza al astado y seguir a la tela sin conseguir palparla. Se repitió y cada vez con mayor laxitud, la misma escena que acabó con un ajustado lance que hizo al toro dibujar un semicírculo alrededor del cuerpo del torero. No fueron aplausos, sino un júbilo desmedido lo que ensordeció a la plaza. Luego con un trapo rojo colgado de un palillo de madera y un simulado estoque, aquel ser ¿humano? llamaba al toro, le hablaba, lo traía desde un polo derecho o izquierdo, lo pasaba por delante de su vientre y lo dirigía hacía el otro lado, en una larga trayectoria llevada a cabo con una parsimonia imposible de creer en una lucha entre un hombre y una fiera salvaje. Aquello sólo tenía una expresión “ole”.
Me volví hacía mi padre y le pregunté: Papá ¿tu estás viendo lo mismo que yo? Claro hijo, me respondió. ¿Y este que así torea que es un hombre o un ángel? No hijo, es el “ángel” de Rafael de Paula, el duende y el arte que solo el que está tocado por mano divina es capaz de expresar. Una fiesta que podría considerarse un enfrentamiento fiero, por las manos de este hombre se transforma en una secuencia continuada de imágenes de gran belleza y el arte contagia incluso al albero, que con su presencia deja de ser inerte. Salí de la plaza embriagado de emoción. Iba delante de mi padre y sin darme cuenta comencé a dar pases al toro de la ilusión, al que aviva nuestras conciencias para que lo divino nuestro aflore en el ruedo de la vida, haciéndonos más eficaces, libres, solidarios y ángeles del amor y el buen trato y que tengamos esa delicadeza, esa sublimación que ahora mismo estará - en el ruedo de la plaza portátil, preparada en el pórtico de la gloria - luciendo Rafael de Paula, ante las verdaderas divinidades que un día accedieron a tocarle con su mano, para hacerle uno de los suyos. Becquer no se equivocó fue poeta y profeta romántico. Rafael de Paula lo confirma.