José Chamorro López

Siempre hay un pero

El cálculo de probabilidades nos expone claramente que es una medida de certidumbre de que ocurra un evento
Lotería de Navidad.
Lotería de Navidad.

La verdad no tiene fantasía. Siendo un hecho totalmente cierto, sin embargo, es triste en ocasiones que la verdad solo sea la realidad de las cosas. El ser humano es totalmente distinto a todo lo demás creado, su evolución continuada lo confirma. No somos el vértice de la pirámide existencial. Vendrán o descubriremos, pasados siglos, miles o millones de años, otros seres que nos sobrepasaran y quedaremos como los “coches de época” bien conservados, pero inútiles para la vida ordinaria de estas nuevas generaciones que suponemos de enorme superioridad comparativa.

No será la inteligencia artificial la que nos denigre, enorme en su erudición, ausente de sentimientos. Preguntarle a ella sobre alegría o tristeza, es como decirle a un lagarto que te soporte el paraguas. Si no lo que ocurrirá, como en el cuadro de las lanzas, es que seremos derrotados por seres superiores y admitiremos con orgullo el reconocimiento que el vencedor nos dé como vencidos. Pero -siempre existe un, pero-  si estos seres existentes en las más recónditas esquinas del universo son perfectos, ya no habría nada superior a ellos, serían el fin, el vértice de la pirámide, sin hueco para la ilusión, la imaginación o la fantasía, solo verdad y realidad y su monotonía, número áureo del aburrimiento, viéndose desprovista del secreto y, por lo tanto, desnuda de encanto. Quizás nos llevaría a querer seguir viviendo en la sublimidad de lo imperfecto.

Levantarse con ilusión, entusiasmo imaginativo y fantasía, por muy utópica que sea, es posarse sobre el dorso de la vida unas alas que a cualquier águila le haría al menos sentir la emulación de poder poseerlas. Es despegarse de la tierra con la sola fuerza del “motor de la alegría”, pero hay que encontrar el mágico hueco donde poder volar. Diciembre es generoso. Tiene la bondad y la magia de un “hada madrina”. Su carroza que ofrece a todas las “cenicientas personas” que sueñan, es un bombo lleno de perlas de esperanzas bien numeradas. Estamos en la segunda decena del mes, la decena del sorteo, la lotería de Navidad que el vulgo, con el arte que le caracteriza, ha bautizado con el nombre de El Gordo, al relacionarlo con esos pícnicos siempre de rostro alegre y rubicundo.

Los décimos ya están comprados. Las participaciones en grupo, también. La narrativa personal, que precede a los sorteos, se pone en marcha. La conciencia le cuenta al alma sus deseos. La esperanza escucha atentamente. La ilusión satura su campo imaginativo. El carácter se enrosca. La vanidad se expande. Lo clásico vuelve a ser protagonista. El Cuento de la Lechera recobra actualidad.  Aquella mujer pensaba, ilusionadamente, conseguir un buen beneficio con la venta del cántaro de leche que soportaba sobre su cuerpo. Con el dinero conseguido iría aumentando su negocio hasta lograr tener un gran comercio de productos lácteos. Haría una gran fortuna familiar, pero las calles de aquel tiempo de venta ambulante, mal adoquinadas y con bastantes oquedades, le llevo a dar un traspiés tan desequilibrante que la fantasiosa lechera cayó al suelo y con ella el enorme cántaro que transportaba, que se dividió en múltiples trozos y el blanco líquido liberado acabó reptando todas las superficies de las aceras de piedra de pizarra. Tristeza y desolación. Se resquebrajaron los cimientos con los que la imaginación de aquella moza había forjado su edificio comercial. Pero -siempre hay un pero- la lechera encontró en el hueco sin fondo de la conciencia y la esperanza su bote salvador del naufragio diciéndose a sí misma  “comenzaré de nuevo, por una caída, por una pérdida no se va a desvanecer para siempre el mundo que hoy he pensado y al que le di posibilidad de ser real”.

El cálculo de probabilidades nos expone claramente que es una medida de certidumbre de que ocurra un evento. La probabilidad es la columna vertebral de la esperanza en los sorteos. La suerte, la consideramos como una casualidad, que da lugar a que el numero del sorteo y el que poseemos coincida, aunque la verdadera suerte es un concepto muy distinto que se da cuando la preparación y la ocasión coinciden. La suerte no es predecible. Probabilidad y suerte nos llevan hasta la administración de loterías. Desde que salimos de ella hasta el día del sorteo, se viven las más ilusionantes escenas de la vida. El escenario lo pinta la imaginación, el actor es el poseedor del número de la lotería. El guion lo redacta, con letra de cursiva fantasía, el pensamiento. El telón lo levanta la ensoñación, el querer hacer reales cosas que no lo son. La obra es deseo e ilusión desmedida hasta su epílogo. La felicidad que se vive nunca tuvo menor precio, ni menor esfuerzo y además el deseo de compartirla -repartir suerte- hace por las relaciones humanas más que ningún ideal o disposición política, y es motivo de acercamiento de familiares a veces alejados durante el resto del año.

El veintidós de diciembre se escribe el epílogo. Con letra de molde y tinte imborrable. La felicidad no brota de la razón, el cántaro sublime que la contiene es la imaginación. Pero -siempre hay un pero- la razón solo deja un hueco para que aquella -la felicidad- se desparrame, el orificio por donde emerge la realidad. La perla de la esperanza -la bola ganadora- que viene con nombre y apellidos bien numerados y solo copulará con las cifras que matrimonien con las suyas. La voz quebrada por la emoción de los jóvenes que ponen su canto al sorteo los une definitivamente.

Brotan chorros de vino espumoso de botellas sostenidas por las temblorosas manos de las jubilosas personas que han conseguido premio. El número de ellas es ínfimo en relación con los que participaron, pero indica que la probabilidad se cumple y es certera y fiel. El cántaro en ellos llegó integro a la meta. Pero -siempre existe un pero- la multitud que vio como en el cuento, dividido en trozos pequeños el papel su billete de lotería, no quebrara su entusiasmo y la alegría por la fiesta y en torno a chorros de vino espumoso, sino simplemente con una copa de vino español en su mano y rodeado de familiares, amigos, compañeros de empresa o grupos de cualquier naturaleza, brindarán por su felicidad, por su salud y por la continuidad de su vida. Y del sorteo seguirán pensando en que los próximos años algún premio venga a llenar su enorme cántaro de ilusiones. Diciembre es el mes de la luz para el Niño-Dios y de felicidad para todos aquellos que, además de tener la ilusión de los sorteos, llevan en sus alforjas en estas fechas, amor, amistad y solidaridad para al menos por unas semanas tener integro el cántaro de las relaciones humanas, que cuando se rompe hace reptar por el suelo nacional el contenido en resentimiento, odio y venganza que tanto nos caracteriza.