José Chamorro López

Somos seres humanos

La moda, que vive del cambio, no de la perpetuidad, no podía quedar aparte en esta vida de la iluminación
Alumbrado navideño.
Alumbrado navideño.

Negro es el color de la noche. Relacionada con el silencio constituyeron el binomio perfecto para conciliar un ilusionante sueño y un descanso reparador de energía. La oscuridad nocturna es reflexiva, pensante, confesora de conciencias y hueco donde encajan los avatares que la vida tiene durante su tiempo de luz.

El reino animal anterior al homo sapiens, nunca intentó variar la firme y única expresión de la noche.  Sí lo hizo el hijo pródigo desprendido de nuestro planeta, tras el choque con un enorme objeto. Una vez libre, Satélite le pusieron de nombre y Luna de apellido ilustre. Sola y pobre, la luna, sólo pudo recoger la luz que el sol le ofrecía y la acepto, con tal timidez que dejó escondida una parte suya, la cara oscura de la luna, su lado oculto que en realidad es un fenómeno de rotación sincrónica o acoplamiento de marea, pero que a la vista de los seres vivos de la tierra no se muestra visible. Generosa con quien le dio el ser, la luna reflejó su luz hacia nuestro planeta para platear las copas de los árboles, grietear los senderos montañosos y crecer como una llama lánguida en la superficie de los mares. Eran adornos para la presumida de negro traje oscuro, la noche, que así suavizaba el recelo que su negrura imponía.

El dolor crece y se intensifica en la madrugada. El llanto del pequeño se hace interminable. La oscuridad predispone al tropiezo. El ser humano se ve obligado a confiar más en su tacto que en su vista, en la oscuridad de la gruta que le daba cobijo. El descubrimiento del fuego le da la primera solución a tan invidente nocturnidad. Las antorchas, palos con resinas desarrolladas a partir de virutas de pino o trapos empapados de grasas, son el primer gran avance en la iluminación. Las hogueras son un buen aliado. Las velas elaboradas con sebos o cera y las lámparas de aceite con mechas empapadas con él, muestran el camino de la evolución para una visión cuando la luz solar está ausente. Llega el “acetileno” gas que se produce cuando el carburo cálcico reacciona con el agua.  A finales del siglo XIX y principio del XX la luz incandescente de gas brillante era dominante en la industria y la modernidad urbana y competía fuertemente con la que sería no solo una nueva energía, sino el summun de la evolución de la luz diáfana que sometería, desbordándola, la oscura tiranía que la noche venía imponiendo desde principios de la vida. La luz eléctrica pasó de ser costosa, lo que le relegó algo en principio, a ser una gran estructura con distribución universal y precio asequible a todas las clases sociales.

Quién lo iba a decir. Lo que empezó siendo una necesidad, comenzó además a ser motivo de belleza y, posteriormente, de lujo de hogares, calles, plazas, entidades, comercios y caminos. Por medio de ella, el arte se desplaza hacia la noche. Los deportes le siguen y finalmente no hay acontecimiento de importancia, donde la luz solar, no se vea delegada por la energía eléctrica. El descubrimiento de esta última marca un antes y un después en todas las relaciones que el ser humano toca.

La moda, que vive del cambio, no de la perpetuidad, no podía quedar aparte en esta vida de la iluminación. Nuestras portadas de las “ferias andaluzas” son un ejemplo parcial de ello. Pero de unos años acá, la batuta de la “orquesta luminosa” la manejan manos diferentes. La política que es la forma más aguda de intromisión en campos ajenos, muestra su condición de no dejar reducto alguno sin su presencia y además hacerlo con ánimo imperativo y de propiedad. Diciembre le allana el camino y el motivo se lo dan las fiestas hasta ahora llamadas “navideñas”, que el futuro puede cambiar de denominación y desde mes de noviembre por cuenta y riesgo de los que mandan se inician las fiestas que encuentran su mejor expresión en una superlativa iluminación. Y ya estamos como cuando hubo el modismo de los palacios de deportes, los aeropuertos o los tranvías, decenas de años antes desahuciados. Ya no hay ciudad que no quiera competir en la “guerra de las  bombillas”. Se trata de saber quién es el que posee mayor número de ellas y el colocarlas sobre asideros con formas o imágenes lo más irreal o en desacuerdo con lo que quiere celebrarse. Se aparca lo laico y se dejan sentir canciones y motivos que recuerdan la existencia de un Dios, cuya existencia ni siquiera las aulas fuera de estas efemérides, defienden su conocimiento. El dedo índice con el que tanto gusta a los gobernantes señalar a los que gobiernan, ya los labios o ya la frente, para el silencio, ahora se luce con gran regocijo, para apretar el interruptor o el botón que dará luz a las lámparas e impondrá el inicio de las fiestas.

La noche ha perdido frente al descubrimiento eléctrico, la batalla, la guerra, la dignidad y el secreto.  El progreso la ha vencido, cree que completamente, pero la realidad que es garante de la verdad nos muestra el hueco donde la oscuridad aún persiste. La conciencia que es un satélite de la condición humana, cada vez recibe un sector más ínfimo de luz de ese sol inmaterial y sublime que es alma de las personas. Crece, podríamos decir desde el principio de los tiempos de vida, el lado oscuro de la conciencia, ese lugar donde afloran, sin tener primavera, la envidia, el odio, el resentimiento, el insulto, la blasfemia y el deseo de exterminar todo aquello que no sea de su agrado o se contraponga a su pensamiento. Las luces con que tantos profetas han querido iluminar esa terrible oscuridad humana, se funden fácilmente ante la maligna negrura que se desliza con la misma suavidad e intensidad que el agua sobre las rocas. El apagón es la espada de Damocles de las relaciones humanas y sus protagonistas los sentidos.

Siglo XXI, el de la inteligencia artificial. Ya somos todos “más listos que el hambre”. Basta con tener un ordenador o móvil. Las profesiones se doblegan a la técnica. Las comunicaciones se hacen infinitas. Se domina, cielo, tierra, mar y el vacío “del más allá”. Pero a pesar de lo cercano de las fiestas navideñas, nuestro país que es lo que nos interesa, sigue sin luz, en la oscuridad de las malformaciones, las corruptelas, el irreversible odio, la necesidad vengativa y el deseo de poder, que por más que quieran iluminarlo con el vocablo de la democracia, encierra una oscuridad dictatorial que emerge cuando el conflicto no conviene debatirlo.

Hay luz suficiente para adornar calles, alamedas y plazas, pero no para dar claridad a estas dos Españas, que muestran su oscuro cinismo, para extasiarse con cientos de miles de bombillas navideñas, hablar de fraternización y no iluminar el negro hueco de su conciencia hasta ahora incapaz de deshacerse de sus incandescentes y perversos instintos. De verdad ¿somos seres humanos?