José Chamorro López

Vida de perro

Enero marcha hacía su segunda mitad. El gran Teatro Falla ha abierto sus puertas al carnaval. Las máscaras pueden adornar los rostros y seremos con ellas más feos y más monstruos, pero sin perder la gracia
Archivo - Perros
- Jane Barlow/PA Wire/dpa - Archivo
Archivo - Perros - Jane Barlow/PA Wire/dpa - Archivo

La ley de Protección Animal no la han hecho los animales, aunque su finalidad sea defenderlos. No saben estos seres vivientes ni lo que es una ley, ni quien la ha ideado, ni quienes le dan curso legal, obligando a su cumplimiento. Nunca intervendrán en su articulado, ni organizarán parlamentos para debatirla. Es decir, tendrán -tienen- una ley aplicable a su vida, sin tener conciencia de lo que es legalidad o jurisprudencia.

La mascota por antonomasia es el perro. Señalado siempre como mártir -llevar “una vida de perro” era sinónimo de la peor de las existencias- su vida actual ha dado el típico giro de 180 grados. Tiene asegurada su integridad física, su manutención, su asistencia sanitaria, sus clínicas para realzar su belleza,  su calendario preventivo, su vivir bajo techo y su dormir sobre espuma de polietileno o poliuretano (foam), pero siempre dependiendo de la cadena colgada al cuello, del bozal y de la rígida obediencia a que le somete su amo, no aprendiendo nunca nada extraño a lo que él le enseña y permite, es decir, comportándose como un “buen ciudadano”. Pasarán siglos y todo seguirá igual, los animales no modificarán sus características, aunque mejorarán progresivamente las leyes que le amparan. Y seguiremos diciendo que son inteligentísimos, aunque sigan sin capacidad para conocer estas leyes.

Hablamos de “vida embrionaria”, “vida fetal”, alumbramiento y vida externa al aposento uterino. Los seres humanos que originan estas vidas también precisan del aparato legislativo de quienes gobiernan, pero las leyes -o la ley- no siempre le va a su favor. Al igual que las mascotas, los gérmenes de nueva vida humana, durante sus primeros nueve meses, no saben lo que es una ley, ni quien ha ordenado su obligado cumplimiento y este tiempo se alarga durante unos años más. El escalofrío es de filo de cuchilla y la consecuencia de destrucción irreversible. Cada vez se exige que sea más alargado el tiempo en que una ley,  legaliza la cercenación de la vida emergente. El número de mascotas supera poco a poco al de recién nacidos. Ahora se podría llamar a la mala vida, a la vida llena de dificultades, sufrimientos y carencias que exponen incluso al renegar de la misma, llevar una “vida intrauterina”. Lo extraño es que los que llegan a adultos son los que sostienen estos desconcertantes e inexplicables modos de actuación ante animales y seres humanos, incongruentes para ser debatidos en aulas de enseñanza.

Millones de luces entran en combate. Ganará el que tenga mayor número de ellas o mejor mezclados sus colores. Hemos vivido las fiestas navideñas. Su nombre indica que se trata de efemérides en relación con el nacimiento de Mesías -Jesús-, es decir, con el cristianismo, su creencia y su Dios. De ahí que siempre existan rumores sobre cambio de nominación. Pero las fiestas se cierran con la enorme ilusión e inocencia de niñez y pubertad -y también de los adultos- de recibir regalos, tal como los Reyes Magos hicieron con el Niño/Dios. La multitud responde masivamente a esta fe. Cuando las luces se apagan comienza en el aire a oírse el sonido de trompetas y tambores. Los líquidos antioxidantes se encargan de dar brillo de plata a las pértigas, la cera no quiere otra morfología que la de cirios o velas, rectas o rizadas. El cartón se enamora de la forma cónica y se hace capirote, el incienso es el coloide del aire. Al fin las palmas son llaves al viento que abren y dan paso a un Domingo de Ramos que inicia una semana de pasión. Otra vez la multitud en la calle para ver un acontecimiento religioso del mismo Dios. Se luce la vanidad de los que cortejan la marcha de los pasos. Se extasían unos ante las imágenes de madera tallada y policromada y en las que el yeso, cola y pintura, por un lado, y el cristal, cabellos o telas, por otro, dan arte a la belleza inanimada de estas figuras, que la fe las hace reales y divinas. Otros viven con alegría solamente lo que se toma como fiesta vacacional. Pero todos quieren ver el desfile de los “pazos”. El cielo se acerca íntimamente a la tierra, de tal modo que la “levantá” de unos setenta centímetros de esas pesadas moles, han quedado para siempre rubricadas con la frase sentenciosa de “al cielo con ella”. Todo finaliza con la presencia en las calles del Jesús resucitado. Algo singular y único que llena de júbilo y esperanza a la masa enfervorizada. Pero un lunes después en el hall o vestíbulo de cualquier escuela, un grupo de padres protesta ante direcció, el que se le esté dando educación religiosa a su hijo, el cual no tiene aún capacidad para discernir qué tipo de creencia -o ninguna- querrá elegir. Ya lo hará en su mayoría de edad. También podría esperar a la mayoría de edad o razón para decidir si quiere estudiar o no, y se libraría de ir a la escuela durante su juventud. Y cuantas otras absurdas reflexiones. Estamos nuevamente ante otra incongruencia difícil de digerir, al ser plato condimentado con resentimientos.

España, que se acostó triste un día trece, se levantó en la mañana del 14 de abril de 1931 con la alegría de que había sido proclamada, con cierta reticencia en cuanto a su legitimidad y legalidad, la Segunda República. La alegría dura poco en la casa del pobre y los españoles eran pobres en “inteligencia democrática”, respeto al prójimo, libertad  y solidaridad. El vestido de la concordia roto hacía tiempo se había parcheado con la tela de la venganza y la envidia. Cinco años después, se originó un levantamiento militar contra el Gobierno constituido que terminó venciendo e implantando una dictadura del mismo género. Su jefe y el modo de ejercer el mando durante cuarenta años, tragedias incluidas, han sido una y otra vez utilizados en convocatorias electorales por los ideales que sufrieron aquella derrota, para alcanzar la mayor rentabilidad en el porcentaje de voto, siempre indicando que aquel periodo de  nuestra historia dio lugar a retraso cultural y técnico, represión y pérdida de libertad y justicia, en detrimento de la población obrera trabajadora. Es un argumento más de todos los que se esgrimen en los mítines electorales, dirán los que están a su favor. Los venezolanos vienen soportando un régimen dictatorial, injusto, represivo, con estadísticas últimas en lo referente a presos por causas solamente políticas, desapariciones, ejecuciones al parecer sin juicio previo, huida de millones de ciudadanos hacía otros países etc., que ahora, al haber sido capturado su jefe supremo, parece que pueden encontrar la puerta de la libertad. Esta dictadura ha sido tolerada, ensalzada en ocasiones y se le ha ofrecido todo tipo de amistad o ayuda de modo continuo y precisamente por los mismos que espolean, comparándolo con el mayor depredador humano, al régimen anterior, que lo único que merece en la actualidad es su total olvido y, sobre todo, evitar su reincidencia. Difícil poder correlacionar y mucho menos comprender estos tipos de pensamientos. Explicarlos razonadamente, imposible.

Enero marcha hacía su segunda mitad. El gran Teatro Falla ha abierto sus puertas al carnaval. Las máscaras pueden adornar los rostros y seremos con ellas más feos y más monstruos, pero sin perder la gracia. Sin ellas, sin las máscaras carnavalescas, somos a veces hienas que mostramos, sin piel de oveja, que no nos hemos desprendidos del espíritu carroñero, por más progresistas que queramos denominarnos. Quien pudiera llevar en estos tiempos una “vida de perro”.